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Miseria en la cultura: decepción y depresión

En 1930 Sigmund Freud escribió su famoso libro El malestar en la cultura y ya en la primera línea denunciaba: «en lugar de los valores de la vida, se prefiere el poder, el éxito y la riqueza, buscados por sí mismos». Hoy día estos factores han alcanzado tal magnitud que el malestar se ha transformado en miseria en la cultura. La COP-15 en Copenhague nos dio la demostración más cabal: para salvar el sistema del lucro y de los intereses económicos nacionales no se ha temido poner en peligro el futuro de la vida y del equilibrio del planeta sometido ya a un calentamiento que, si no es encarado rápidamente, podrá exterminar a millones de personas y liquidar gran parte de la biodiversidad.

La miseria en la cultura, o mejor, de la cultura, se revela por medio de dos síntomas verificables en todo el mundo: la decepción generalizada en la sociedad y una profunda depresión en las personas. Ambas tienen su razón de ser. Son consecuencia de la crisis de fe por la que está pasando el sistema mundial.

¿De qué fe se trata? Es la fe en el progreso ilimitado, en la omnipotencia de la tecnociencia, en el sistema económico-financiero, con su mercado, que actuarían como ejes estructuradores de la sociedad. La fe en estos dioses poseía sus credos, sus sumos sacerdotes, sus profetas, un ejército de acólitos y una masa inimaginable de fieles.

Hoy día esos fieles han entrado en una profunda decepción porque tales dioses se han revelado falsos. Ahora están agonizando o simplemente han muerto, y los G-20 tratan en vano de resucitar sus cadáveres. Los que profesan esta religión fetiche constatan ahora que el progreso ilimitado ha devastado peligrosamente la naturaleza y es la principal causa del calentamiento planetario. La tecnociencia que, por un lado, ha traído tantos beneficios, creó una máquina de muerte que sólo en el siglo XX mató a 200 millones de personas y es hoy capaz de exterminar a toda la especie humana; el sistema-económico-financiero y el mercado quebraron, y si no hubiera sido por el dinero de los contribuyentes, a través del Estado, habrían provocado una catástrofe social. La decepción está estampada en los rostros perplejos de los líderes políticos, que no saben ya en quién creer y qué nuevos dioses entronizar. Existe una especie de nihilismo dulce.

Ya Max Weber y Friedrich Nietszche habían previsto tales efectos al anunciar la secularización y la muerte de Dios. No que Dios haya muerto, pues un Dios que muere no es «Dios». Nietszche es claro: Dios no murió, nosotros lo matamos. Es decir, para la sociedad secularizada Dios no cuenta ya para la vida ni para la cohesión social. En su lugar entró el panteón de dioses que hemos mencionado antes. Como son ídolos, un día van a mostrar lo que producen: decepción y muerte.

La solución no estriba simplemente en volver a Dios o a la religión, sino en rescatar lo que significan: la conexión con el todo, la percepción de que la vida y no el lucro debe ocupar el centro, y la afirmación de valores compartidos que pueden proporcionar cohesión a la sociedad.

La decepción viene acompañada por la depresión. Ésta es un fruto tardío de la revolución de los jóvenes de los años 60 del siglo XX. Allí se trataba de impugnar una sociedad de represión, especialmente sexual, y llena de máscaras sociales. Se imponía una liberalización generalizada. Se experimentó de todo. El lema era «vivir sin tiempos muertos; gozar la vida sin trabas». Eso llevó a la supresión de cualquier intervalo entre el deseo y su realización. Todo tenía que ser inmediato y rápido.

De ahí resultó la quiebra de todos los tabúes, la pérdida de la justa medida y la completa permisividad. Surgió una nueva opresión: tener que ser moderno, rebelde, sexy y tener que desnudarse por dentro y por fuera. El mayor castigo es el envejecimiento. Se concibió la salud total, y se crearon modelos de belleza, basados en la delgadez hasta la anorexia. Se abolió la muerte, convertida en un espanto.

Tal proyecto posmoderno también fracasó, pues con la vida no se puede hacer cualquier cosa. Posee una sacralidad intrínseca, y límites. Si se rompen, se instaura la depresión. Decepción y frustración son recetas para la violencia sin objeto, para el consumo elevado de ansiolíticos y hasta para el suicidio, como ocurre en muchos países.

¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe. Solamente sabemos que tenemos que cambiar si queremos continuar. Pero ya se notan por todas partes brotes que representan los valores perennes de la condición humana: casamiento con amor, el sexo con afecto, el cuidado de la naturaleza, el gana-gana en vez del gana-pierde, la búsqueda del «bien vivir», base para la felicidad, que es hoy fruto de la sencillez voluntaria y de querer tener menos para ser más.

Esto es esperanzador. En esta dirección hay que progresar.

Por Leonardo Boff

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4 comentarios para “Miseria en la cultura: decepción y depresión”

  1. Camilo comentó el 25 de Enero, 2010 a las 3:47 pm

    Leonardo,
    al parecer mi punto de vista de la “realidad”, tampoco estaba tan erronea. Lamento indicarle que no e tenido la oportudidad de leer a algo de Sigmund Freud. Ahora me veo en la obligacion de leer “El malestar en la cultura”.

    sl2

    p.d. Es usted academico?

  2. julio comentó el 25 de Enero, 2010 a las 6:14 pm

    Muy interesante; coincido en la tesis de que lo que en parte clinicamente la medicina entiende por depresion no solo es un sintoma de una disfuncion neurobiologica sino una consecuencia de una alteracion de la relacion del individuo con su entorno . Por tanto de la relacion con la autoridad y sus valores que en el caso del libremercado se reducen a la minima expresion de “consumir todo hasta que se acabe” o “el hombre es un indigente cronico” (las necesidades son infinitas y hay que saciarlas); ahi el individuo desarrolla una imposibilidad de saciar sus estimulos. La ausencia de valores claros por lo tanto impide saber que es lo que realmente “debe” sactisfacer al/el sujeto. Esto sumado a la imposibilidad de satisfacer las “nececidades basicas” que en el libremercado para algunos no son costeables (salud, alimentacion, educacion, vivienda, participacion en democracia) genera la profunda sensacion de insatisfaccion -decepcion, que es la madre de depresion: el malestar de la cultura

  3. dutcho comentó el 26 de Enero, 2010 a las 2:49 am

    … leonardo dice: con la vida no se puede hacer cualquier cosa. Posee una sacralidad intrínseca, y límites. Si se rompen, se instaura la depresión. Decepción y frustración son recetas para la violencia sin objeto, para el consumo elevado de ansiolíticos y hasta para el suicidio, como ocurre en muchos países

    … dutcho dice: el centro del universo esta en el corazon de cada ser viviente y eso le da racionalidad a esa sacralidad intrinseca lo que a su vez hace razonable que estos animalitos llamados a si mismo ‘seres humanos’ vayamos por la vida inventando dioses, muy razonables por supuesto, pero, soy optimista en el sentido de optimizar no de dejarme dominar por mi dosis de estupidez congenita, cosa que no siempre se logra como uno quisiera para que al fin podamos ver la luz en las tinieblas y que se haga masa critica de una vez por toda sobre el concepto de sacralidad intrinseca que posee la vida

    dutcho oudaen
    dutcho@web.nl
    paginas de facebook

  4. Aristóteles Lillo comentó el 29 de Enero, 2010 a las 8:32 pm

    Toda relación es arbitraria, o no?

    Buenas relaciones en todo caso.

    Espero leer un próximo artículo vuestro.

    Atte.

    Dr. Aristóteles Lillo

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