El vacacionador
Ignoro cómo estará la situación política/mediática/cultural en el país por estos días. Me enteré nada más que la piraña golosa (no le da pa tiburón caribeño) se coronó vencedora en la competencia electoral, mientras viajaba yo en un camión atravesando el desierto. Y es que, tal como no puedo enterarme de lo que pasa, tampoco es que lo desee mucho, he de ser honesto. Ahorita estoy en Samaipata cocinando unas entrevistas a un grupo de parteras para esto de la ginecología con plantas que ayudo a investigar, y, también, claro, compartiendo y conociendo.
Digo no más que estoy en Samaipata para hacer algo de contexto, lo mismo podría estar en el Madidi ayudando a montar una comuna anarco-ecologista, en el África ardiente persiguiendo camaleones o haciendo turismo sexual en Centroamérica. Juergueando en cualquier Ibiza o contrayendo matrimonio con alguna Marilyn en Las Vegas (o en La Vega, se entiende). Y aunque como practicante de la autogestión esto para mí no alcanza a ser vacación como tal, sí que a mi alrededor todo mundo pareciera aferrarse a su pedacito de fiesta por estos días. Tiempos libres de verano, que le llaman.
Claro, todo por donde paso es fiesta. O pretensión de fiesta, o a veces que la pillo tarde y he de rastrearla en la cartografía improvisada de la itinerancia. Y no me refiero a la fiesta solo por decir el kilombo, la joda, etc., hablo de la fiesta cotidiana de la vida, de su celebración en plenitud. Porque en unas horas nada más fiesta de la Candelaria y en un ratico Oruro que se enciende todito, pero a mí me resulta tan solo la excusa: viajando, desde el crepúsculo al amanecer la libertad es una disciplina, un estado de ánimo, la mera voluntad de conseguir lo que te place. ¿O será que estoy muy romántico? Bueno, da para la poesía este camino de la vida.
La estación es verano, pero el verano también es solo la excusa. Sin fronteras horarias, no le debo pleitesías a ninguna rutina. Mi altura de miras, un poco emborrachada de libertad (si bien buscando salvarme todo el tiempo), es la de la lagartija errante. Hedonismo ontológico para esta vida sistematizada a lo esquemático. Tonta como está la vida cuando no haces muchas cuentas, el horizonte establecido se me aparece como una sucesión de ecuaciones desafortunadas e ingratas.
Veamos: de 7 días de la semana se trabajan legalmente 5, y en muchos casos 6. De 30 días al mes se laburan 25, y de 12 meses del año se camellan 11. ¡Once! Para mí esto es un mal negocio, un mal trato. ¿Podríamos intentar una relación un tantito más equitativa? En esto de seguir de aceite humano al sistema, tal vez podríamos negociar trabajar la mitad, 6 meses de trabajo, 6 meses de juerga. Resultaría más amable, creo yo. Aunque a lo mejor… solo por revancha: ¡Invirtamos completamente los números! ¡CINCO DÍAS DE JUGUETEAR Y DOS DÍAS DE ESCUELA! ¡45 MINUTOS DE RECREO Y 15 DE FORMARSE Y COPIAR DICTADOS!… ¡SESENTA Y CINCO AÑOS DE VACACIONES Y LO QUE QUEDE DE VIDA DE TRABAJO!
¿Sería sexi, no? Bueno, como dicen por ahí, es cosa de proponérselo. “La venganza más grande que tú puedes tener es tener éxito”. Yo, de vacacionador constante, brindo por la completa posesión de nuestras voluntades (¿qué tal hacer el amor por la mañana en lugar de hacer fila para tomar la micro camino al trabajo?) y por la imaginación que recrea senderos donde la vida se desenvuelve como enredadera.
Y aconsejo una vacacionada radical: Un país completo de aventuras y fiesta, despoblar las capitales y los pueblos, viajar. Y dejar solitos en sus tronos a los trabajólicos de la burocracia granjeril del Estado. Nosotr@s, ¡de vacaciones!
Por el cometa Ludo







Outsider comentó el 4 de Febrero, 2010 a las 8:14 amQue fome…
O sea, que buenas tus vagaciones.