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Sobre héroes y desaparecidos

Nuevamente una persona, esta vez un joven de menos de 20 años, desapareció sin dejar huellas. Estaba en una disco, con amigos, salió de ella y ¡se lo tragó  la noche, la incertidumbre, la terrible consternación del no saber! (así está ocurriendo hasta ahora, al momento de escribir estas líneas).

Años antes algo similar había sucedido con otro joven, en Concepción, Su cuerpo fue finalmente encontrado …mucho tiempo después, mucha desesperación después.

La familia Matute finalmente lo encontró, pudo enterrarlo y hacer el duelo, aunque todavía la justicia arrastra la tarea inconclusa de sindicar y castigar a los culpables.

En distintas circunstancias, la misma  angustia y pena recorrieron Chile cuando se perdió el rastro de la esposa del General Torres tras el reciente terremoto en Haití. Ella estuvo desaparecida por largos días hasta que bomberos chilenos rescataron su cuerpo bajo los escombros. El General Torres y su familia pudieron tener su duelo, enterrar el cuerpo de ella y, así, empezar a sanar. Francisco Vidal, Ministro de Defensa, no se quedó corto en elogios para el general que no abandonó sus deberes y responsabilidades al mismo tiempo que se buscaba a su esposa para arrancarla de la cruel lista de personas desaparecidas. Me sentí solidaria del dolor del general por la pérdida de su entrañable esposa y contenta por el alivio que significó hallar el cuerpo de ella.

Y me fue imposible no pensar, también, en los miles de otros chilenos – hombres y mujeres- que, seguramente sabedores ya que sus parientes están muertos, no han tenido la suerte del general y hasta ahora, mas de 30 años después de haber visto a sus padres, hermanos, esposas o hijas por última vez, aun desconocen en qué circunstancias fueron asesinados, y donde yacen sus cuerpos.

Ojalá pudieran ellos también obtener la dolorosa tranquilidad que tuvo la familia Matute y la del general Torres. Son familias enteras de héroes – al decir del Ministro Vidal- que han tenido que continuar viviendo y cumpliendo con sus deberes y responsabilidades pero que siguen sin lograr respuesta a su dolor.

Por Myriam Saá

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