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El amor cortés

En la Edad Media se creó el núcleo del repertorio sentimental de Occidente: gran parte de sus ritos y mitos han perdurado hasta nuestros días. Hoy la utopía posmoderna del amor es un collage de ideologías amorosas; ha surgido una fusión entre la mitología del amor cortés y el amor romántico por un lado, y el individualismo hedonista por otro. Clara Coria (2005) es de las autoras que defiende la idea de que en pleno inicio del siglo XXI es posible encontrar infinidad de vestigios de las épocas medievales «que solo aparentemente quedaron enterrados en las sombras de la historia pasada. Vestigios que muy pocos/as reconocen porque han sido meticulosamente aggiornados con una cosmética de dudosa calidad».

Un ejemplo de ello lo encontramos en el mito de la princesa rosa, que sin duda comenzó a gestarse en la época de los trovadores, pero que actualmente perpetúa la desigualdad de género al estar basado en un estereotipo de mujer débil y bella, apta para esperar y ser contemplada; y ritos como la boda católica, en el que aún persisten (incluso en la ceremonia civil), ritos como hincar la rodilla para pedir matrimonio, la pedida de mano al pater familias, el vestuario de princesa-virgen, los símbolos, las imágenes, las declaraciones, el protocolo, etc. A estos mitos medievales se suman los decimonónicos del romanticismo; pero hoy vamos a ahondar en el amor cortés, que surgió en Europa alrededor del siglo XII.

Los medievales denominaron a la pasión acedía o amor heroico, enfermedad que deja al hombre embobado: «tan alterado está el juicio de su razón, que continuamente imagina la forma de la mujer y abandona todas sus actividades, tanto que, si alguno le habla, apenas logra entender, y puesto que se sumerge en una incesante meditación, se define como angustia melancólica»  (Lilium Medicinale de Bernardo Gordonio, 1285).

La poesía amorosa medieval, tanto la lírica popular como la culta, está impregnada de valores cristianos, de los que surgen los romances de pareja, cuya trama es, según la historiadora Leah Otis-Cour (2000), extremadamente simple: el muchacho se encuentra con la chica, luego la pierde a causa de los obstáculos (principalmente la oposición de las familias) y finalmente la recupera, terminando todo con un final feliz.

La historiadora alemana distingue entre dos tipos básicos de romances: en los romances «idílicos» los amantes han sido criados juntos, mientras que en el otro tipo los amantes se conocen cuando son jóvenes adultos. Cronológicamente, el primero en aparecer fue el tipo «idílico»: Flore et Blancheflor, cuya primera versión data de la primera mitad del siglo XII, fue uno de los romances más populares de la toda la Edad Media.

Según Otis Cour, lo más característico de estos romances es que representan un concepto «canónicamente correcto» del amor y del matrimonio en la sociedad. Son verdaderos himnos a la monogamia, sin adulterio, sin sexo prematrimonial, sin divorcio:

“El matrimonio se constituye, de acuerdo con el derecho canónico, por el libre consentimiento de la pareja. Los amantes son invariablemente buenos cristianos, van a misa y practican la caridad. [...] El carácter igualitario y recíproco de la relación se revela en la manera en que tiene la pareja de abordar la unión conyugal. Sin el conocimiento de los padres, solos o en presencia de uno o dos amigos íntimos nada más, las parejas se prometen eterna fidelidad mutua. [...] No obstante, estas parejas que se han unido para siempre, no consuman su matrimonio hasta celebrar públicamente la boda; se amarán y se besarán pero no tendrán relaciones sexuales hasta que se haya celebrado el matrimonio públicamente”.

Además de ser canónicamente correctos, estos romances reflejan también una visión coherente de la sociedad secular. El matrimonio presentado normalmente es hipérgamo: ella es la hija de un rey o emperador, mientras su amado, que siempre es un noble, se encuentra en una posición inferior como hijo de un noble local, como por ejemplo en Jehan et Blonde o Paris et Vienne.

Los hombres se sentían atraídos por estas historias amorosas porque alimentaban sus esperanzas de ascender socialmente por amor; la atracción para las mujeres era que las heroínas no eran solo socialmente superiores a sus amados, sino también «extremadamente activas y emprendedoras, y a menudo toman la iniciativa en la declaración de amor». (Otis Cour, 2000)

La característica principal de estos matrimonios por amor es que los padres finalmente ceden a los deseos de los hijos, y se reconcilian con ellos. Ellos serán felices, tendrán muchos vástagos y gobernarán sus tierras con justicia: «La ideología expuesta en estas historias es la ideología de la justicia y la paz basada en el amor, amor social que surge del amor personal de la pareja gobernante» (Otis Cour).

Romances con tramas muy similares fueron muy populares en Bizancio en aquella época; posteriormente, en el siglo XIV se encontraron historias parecidas que acaban en boda feliz en Islandia. Esto demuestra el considerable impacto del género del romance sentimental sobre la literatura y la mentalidad medievales, según la historiadora: aunque la mayoría surgieron en Francia, fueron traducidos en diferentes versiones a todas las lenguas europeas. Solo de Flore et Blancheflor se conocen veinte versiones distintas entre los siglos XII y XVI. La bella Magelone llegó a ser tan popular en Alemania como en Francia, y Paris et Vienne fue traducida al latín, inglés, alemán y armenio.

La épica medieval denominó a este concepto fin`amor, cuya esencia, afirma Schnell, es el poder ennoblecedor del amor. Es aquí donde hallamos la conjunción por fin entre sentimientos individuales y el orden político, social y económico. Es un acople perfecto entre amor y matrimonio, aunque los amantes tuviesen que realizar una pequeña transgresión: casarse a solas con el cura para después legitimar su matrimonio públicamente.

«La idea de que el amor convierte al amante en una persona mejor, que el amor es la fuente de todas las virtudes es lo que verdaderamente caracteriza todas las manifestaciones del amor cortesano. [...] Lejos de ser subversivo, el ideal cortesano que se desarrolló en la literatura bajomedieval y se difundió en toda la sociedad bajomedieval, en todos los países y todas las clases sociales, buscó la integración de ese amor en la sociedad a través del matrimonio. Cuando un hombre amaba y lo hacía de acuerdo con el código de la época, respetando la reciprocidad y la fidelidad, era un ciudadano mejor, y si pertenecía a la clase alta, más idóneo para gobernar. La justicia y la paz de un país bien gobernado tenía su origen en el respeto mutuo y el matrimonio armonioso de sus gobernadores». Citado en Leah Otis Cour (2000).

Leah Otis Cour entiende que los romances medievales no eran un fiel reflejo de la manera de vivir de las gentes de aquella época, pero lo cierto es que los pleitos matrimoniales llevados ante los tribunales eclesiásticos muestran innumerables ejemplos de enamorados que se habían unido en secreto para evitar la oposición parental a veces instruidos y animados por sacerdotes, especialmente franciscanos.

Joachim Bumke por su parte ha calificado el amor cortesano de «utopía social», es decir, supone la creación de un sueño en torno a una sociedad idealizada que contrastaba con la ruda realidad de la vida cortesana. Este mito puso de moda poner a los hijos nombres de héroes y heroínas románticos ya en el siglo XII en el Lacio y afectó más tarde a todos los niveles de la sociedad, como el caso del niño inglés que recibió el nombre de Truelove en el siglo XIV, según nos cuenta Otis Cour, 2000.

Paralelamente al  fin`amor surge otra variante amorosa: la cortezia, el amor cortés. Cuando el adulterio entró a formar parte de la temática de estos romances, las historias empezaron a estar basadas en obstáculos, imposibilidades y prohibiciones: el amor será aquí subversivo del orden social, arrasador y transformador.

El mito de Tristán e Isolda será el ejemplo más paradigmático de cómo la pasión se asocia al sufrimiento, y cómo los obstáculos (las normas sociales, las disposiciones reales, las imposiciones católicas) exacerban el amor hasta convertirlo en algo sublime y trágico. Tristán e Isolda no se sienten atraídos el uno por el otro al conocerse; pero se enamoran por efecto de la magia de un filtro amoroso destinado al futuro marido de Isolda, el Rey y tío de Tristán. La fatalidad les empuja a cometer incesto, adulterio y de atentar contra el orden divino de la monarquía; el amor se presenta como un fenómeno incontrolable, tóxico, adictivo.

Tristán e Isolda no se aman el uno al otro tal y como son, sino que más bien se aman de forma distorsionada por ese efecto químico de consecuencias arrasadoras (Isolda no acude a casarse con el Rey y huye con el sobrino, Tristán). Sin embargo, pasado un tiempo de felicidad, la rutina y la monotonía les aburre profundamente, así que Isolda va a casarse con el Rey y Tristán se promete a otra mujer que se llama también Isolda, pero a la que no ama. Y así es como descubren que los dos se aman más en la ausencia que en la cercanía, porque la distancia exacerba su amor. Según De Rougemont, no pierden la oportunidad de separarse en cuanto pueden, para amarse locamente desde la imposibilidad. Incluso estando juntos, duermen a veces con la espada de Tristán entre ambos; ellos mismos ponen las barreras adecuadas para exacerbar el deseo.

Por esto, De Rougemont afirma que en estos romances trágicos comenzó la tradición novelesca basada en la pasión como sufrimiento. La poesía de los trovadores es la exaltación del amor desgraciado. «No hay en toda la lírica occitana y la lírica petrarquesca y dantesca más que un tema: el amor; y no el amor feliz, colmado o  satisfecho (ese espectáculo no puede engendrar nada); al contrario, el amor  perpetuamente insatisfecho y finalmente no hay más que dos personajes: el poeta que ochocientas, novecientas, mil veces repite su lamento y una bella que siempre dice que no. [...] Jamás la retórica fue más exaltante y ferviente. Lo que exalta es el amor fuera del matrimonio, pues el matrimonio significa solo la unión de dos cuerpos, mientras que Eros es más ideal que carnal; el amante se hace vasallo de la dama, pero su amor es puro y grandioso, de modo que se vive más en la distancia. Los hombres vivían amores imposibles que dejaban en sus corazones una quemadura inolvidable, un ardor verdaderamente devorador, una sed que solo la muerte podría extinguir: fue la misma “tortura de amor” lo que se pusieron a amar por sí misma».

Para algunos autores, el amor cortés ensalzó la figura de la mujer como la dama santa, y la dotó de una importancia social que no había tenido hasta entonces. Gilles Lipovetsky (1999), por ejemplo, opina que el código del amor pasión permitió al mismo tiempo a las mujeres beneficiarse de una imagen social más positiva (a una mujer ya no se la compra o intercambia, sino que hay que conquistarla enamorándola), y ganar márgenes de libertad y nuevos poderes en el intercambio galante. Esto, con el tiempo, evolucionará hasta lograr la libertad de la mujer en la elección del cónyuge: «Al menos durante la época del cortejo, la mujer adquiere el estatus de soberana del hombre; ya no es tomada ni ofrecida, sino que es ella quien elige darse, quien recibe los homenajes del amante, quien dirige el juego y concede, cuando quiere, sus favores, y el pretendiente solo puede tomar lo que la mujer decide ceder».

Anthony Giddens (1995) admite que la feminidad, en la época del amor cortés, se mitificó y se divinizó, y también acepta que de algún modo, la cultura amorosa feminizó a los hombres, porque, «la captura violenta de las mujeres, las maneras rápidas y poco complicadas de conducirse con ellas dieron paso, en las esferas superiores de la sociedad, a un código de comportamiento que prescribía la humildad y la reserva por parte de los hombres, la paciencia y la delicadeza con respecto a la dama, la veneración y la celebración poética de la amada».

Sin embargo, para Giddens, esta «desvilirización» de las maniobras de seducción masculinas no supuso el fin del pensamiento dicotómico que atribuye a los hombres el poder de la iniciativa, y a las mujeres el papel pasivo de la espera.

La seducción masculina en la época medieval se estructuró en torno a estos tres principios básicos: la declaración de amor, las lisonjas a la mujer, y la promesa de matrimonio. Las damas eran amadas así en abstracto, pues representaban la posibilidad de ascensión social y económica en tiempos de paz, y botines de guerra en tiempos revueltos, todo ello embadurnado con la idealización de la pasión y la ternura, mitificado como un tesoro inalcanzable. Por ello podemos decir que los amores corteses fueron amores utópicos: los trovadores y los caballeros estaban más enamorados del amor y de sus sentimientos, que de las personas en las que centraban su atención.

Además, esta relación de vasallaje en realidad impuso más distancia aún entre mujeres y hombres, porque jerarquizaba sus posiciones y definía sus roles de manera muy diferenciada. A los hombres se les otorgaba la capacidad para actuar, insistir, utilizar todo tipo de estrategias para seducir a damas resistentes que gustan de ser admiradas, aduladas y engatusadas con promesas de amor eterno y felicidad plena. Las promesas de matrimonio feliz funcionaban al ser engalanadas con la poesía y la música; porque tuvieron un éxito arrasador en su época y aún hoy seguimos soñando con finales felices.

El amor cortés en teoría ensalzó la feminidad: las mujeres eran colocadas en un pedestal como frágiles doncellas susceptibles de ser protegidas y mimadas por su enamorado. Son todas mujeres de suaves manos, piel blanca, rubia cabellera, que no tienen que labrar las tierras de sol a sol y cuya única función es esperar las adulaciones de jóvenes pretendientes, que agudizaron su ingenio para crear bellas composiciones con las que ablandar el corazón de la amada, rica heredera de tierras y recursos.

Una vez que las mujeres cedían, es decir, cuando los enamorados lograban desposarlas, eran bajadas de su pedestal para ser propiedad de sus esposos, de modo que dejaban de ser “superiores” y, paralelamente, susceptibles de ser deseadas. Al casarse las mujeres se sometían, por eso sin duda la etapa del cortejo era tan larga; para ellas se trataba de resistir y continuar siendo deseada; para ellos se trataba de asediar a una mujer del mismo modo que a una torre del castillo enemigo, sin desfallecer, utilizando el arte y las metáforas como estrategia seductora.

Pienso que los restos del amor cortés que subsisten en nuestra cultura amorosa no ayudan para la creación de parejas igualitarias sin jerarquías ni pedestales donde sea fácil el intercambio de roles. También creo que precisamente la idealización del amor cortés es lo que nos hace tan desgraciad@s cuando nos enamoramos; la realidad siempre se impone, y la mitificación del amor pasional como lugar de armonía y perfección solo conlleva, en nuestros días, una intensa frustración que avinagra los caracteres y amarga las relaciones más dulces.

Por eso, menos palabrería medieval, y más acercar las almas para llegar a quererse. Las promesas en torno al futuro son siempre vanas porque no podemos controlar lo que nos puede suceder, de modo que resulta absurdo creerse que el futuro va a ser igual o mejor que el presente, pero siempre controlado. Las palabras idealizan futuros, crean escenarios grandiosos que van más allá del aquí y del ahora; yo abogo por más aquí y más hora, más comunicación no verbal, más realidad en la unión con la otra persona, menos máscaras y adornos, ningún muro que escalar (muros de miedo, muros de intereses personales que chocan, muros de contención de emociones). Un amor menos cortés, y más cercano, en definitiva.

Por Coral Herrera Gómez

BIBLIOGRAFÍA

1) DE ROUGEMONT, DENIS: El amor y Occidente, Editorial Kairós, Barcelona, 1976 (8 ed.).

2) GIDDENS, ANTHONY: La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Cátedra, Madrid, 1995.

3) LIPOVETSKY, GILLES: La tercera mujer, Anagrama, Colección Argumentos, 1999.

4) OTHIS-COUR, LEAH: Historia de la pareja en la Edad Media. Placer y amor, Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 2000.

28 de diciembre de 2010

Origen del artículo: haikita.blogspot.com

Texto -de origen externo- incorporado a este sitio web por (no es el autor):

Cristián Andrés Sotomayor Demuth

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4 comentarios para “El amor cortés”

  1. Tweets that mention El amor cortés -- Topsy.com comentó el 6 de Enero, 2011 a las 6:04 am

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  2. Fernando Foitzick comentó el 6 de Enero, 2011 a las 1:20 pm

    Ya que tanto para decir el aquí y el ahora, colocaré un párrafo de alguien que también lo hizo para el presente. Igual disculpen los de El Ciudadano, pero es un poco extenso, pero bien lo vale.
    “EL AMOR CONSCIENTE”.
    “El móvil del amor consciente, en su estado evolucionado, es el deseo de que el objeto amado llegue a sus propias perfecciones innatas, sin preocuparse por las posibles consecuencias para el amante- Con tal que ella llegue a ser perfectamente ella misma, yo no importo- dice el amante consciente. “Iría al infierno para que ella pudiera ir al paraíso”. Y la paradoja de semejante amor consiste en que provoca otro igual en cambio. El amor consciente provoca el amor consciente. ¿Por qué es tan raro el fenómeno entre los hombres? La primera razón es que la gran mayoría de ellos sólo son niños que desean ser amados, y no amar. La segunda es que muy rara vez la perfección se contempla como el fin mismo del amor adulto, a pesar de que ninguna otra cosa puede elevarlo por encima de esos niveles pueriles o animales. La tercera consiste en que el hombre no sabe, aun cuando está lleno del deseo de amar, cuál es el bien del objeto que ama; y la cuarta, por fin, está en que el amor consciente nunca llega por azar. Debe ser objeto de una elección consciente y de una firme resolución de esforzarse. Del mismo modo que el Bushido y las otras órdenes de caballería no han aparecido accidentalmente, así un amor consciente no puede aparecer y desarrollarse por sí solo. Todas las noblezas fueron obras de arte y un amor consciente también debe ser una obra de arte. ¡Qué aquel que desee alistarse comience por hacer el aprendizaje! Y tal vez pueda un día llegar hasta la maestría. Que ante todo trabaje en purificar su deseo de ayudar, porque tendrá que abjurar de todo deseo personal, de todo prejuicio.
    “El amante contempla el rostro amado. ¿Qué clase de mujer és? Existe aquí un misterio, se presiente una pista de perfección, cuyo aroma naciente es adorable. ¿Cómo podrá realizarse esta posibilidad para la gloria de la bienamada? Debemos preguntarnos: ¿podré ser capaz? Si soy sincero, debo contestar, evidentemente, no. Un hombre que no sabe tratar adecuadamente a sus perros o sus caballos, una mujer que no sabe cultivar flores, ¿cómo sabrían enseñar a revelar las perfecciones adormecidas que encierra un alma? Serán necesarias una humildad y una tolerancia a toda prueba. Si yo no estoy seguro de aquello que puede ser lo mejor para ella, debo, por lo menos, dejar que siga libremente sus inclinaciones (a veces los golpes sirven para el que está dormido). Y mientras tanto estudiaré lo que es y lo que puede llegar a ser, aquello que necesita, lo que su alma llama sin saber con qué nombre llamarlo, muy lejos de poder hallar la cosa en sí. Aprender a prever para ella y desde hoy sus necesidades del mañana, sin pensar un solo instante en todo lo que esto podría representar como penalidades para mí. Ustedes verán, qué disciplina y cuánto dominio de sí mismo exige. ¡Intérnense en estos bosques encantados, ustedes que se atreven! Los dioses se aman los unos a los otros conscientemente. Y los amantes conscientes se convierten en dioses.
    “Sin pudor, los hombres se vanagloriarán de haber amado, de amar o su esperanza de amar. Como si el amor fuera suficiente para cubrir la multitud de sus males. Pero, como ya lo hemos visto, el amor, cuando no se trata del amor consciente, es decir deseoso a la vez de llegar a ser sabio y capaz de servir a su objeto, sólo depende de sus afinidades favorables o desfavorables. Tiene por base a la química. Y en los dos casos es igualmente inconsciente, es decir, sin vigilancia sobre sí mismo. Hallarse en tal estado de amor es, por lo tanto, muy peligroso para sí mismo, para el otro o para ambos. Pues entonces estamos atravesados por una energía cósmica que persigue sus propios fines, completamente indiferentes a los nuestros, y henos aquí cargados de esta fuerza. Es dinamita que transportamos sin preocuparnos por esa carga. ¿Debemos, entonces, asombrarnos por la cantidad de accidentes? Reconozcamos, pues, que sin conocimiento y sin poder, el amor es demoníaco. Sin el conocimiento, puede destruir su objeto. ¿Quién no ha oído a alguna “bienamada” decir de su “amante”: “Me enferma, me mata? Y sin el poder, el amante se convierte en el más desdichado de los seres, puesto que no puede hacer lo que desea y lo que sabe que debería hacer por su bien. Los hombres deberían rogar que se les evitara la experiencia del amor sin sabiduría y fuerza. O si no pueden dejar de amar, que rueguen a la sabiduría y a la fuerza que guíen su amor. Pues el amor no basta.
    “La quiero decía él. Es extraño que no me sienta mejor por ello, contestó ella”.
    “Hasta que no logren forjarse un poder y un saber a la altura de su amor, durante todo ese tiempo, hombres y mujeres, avergüéncense de confesar que están enamorados. Y si no pueden ocultarlo, amen humildemente, esforzándose por llegar a ser sabios y fuertes. ¿Aman ustedes? Hay que ser dignos de ese amor. Todos los verdaderos amantes son invulnerables a todo, salvo a su bienamada. Esto no ha sucedido porque lo han deseado, o porque se hayan esforzado en ese sentido, sino por esa sola razón de su amor total, es decir, verdadero. No existen más pruebas para sobrepasar: simplemente no se las experimenta. La invulnerabilidad es mágica. Y el caso es menos raro de lo que se cree comúnmente. No obstante, puede cometerse una “infidelidad” y se saca la conclusión de que la invulnerabilidad no existía. Pero la infidelidad no se debe necesariamente a una tentación, podía ser resultado- el caso es frecuente- de simple indiferencia. Ahora bien, no hay caída donde no hubo tentación. El estado de amor no siempre se experimenta con respecto a una sola persona. Ciertas personas tienen el don de poder elevar a otra hacia el nivel del amor, pero no es necesario que reciba este amor en su provecho. De este mismo modo los cataclismos producen combinaciones en los que no entran ellos mismos.
    “Verdad fundamental sobre el amor: es siempre creador. El amor ha creado el mundo, pero no todas las obras son magníficas. La finalidad del amor consciente es la de provocar el renacimiento o el amor espiritual. Aquel que sabe ver un poco más allá del macho y la hembra, no puede dejar de observar los cambios que se producen en el hombre o la mujer que aman, cualquiera que sea su edad. Es habitualmente inconsciente, pero no por eso menos símbolo del cambio mucho más maravilloso que ocurre cuando un(a) hombre o mujer ama conscientemente o ha tenido que reconocer que él o ella era conscientemente amado. La juventud en estos casos reviste un aire de eternidad, y en verdad brota entonces la fuente de Juvencia. La creación de semejante “hijo espiritual” en cada uno de los amantes es la función del amor consciente: se entiende que esto no tiene nada que ver con el casamiento y los hijos.
    “No somos uno, sino tres en uno. Tres personas completamente diferentes (intelectual, afectiva, instintiva), cada una con sus ideas con respecto a la manera como todo nuestro organismo debería comportarse, y que coexisten en nosotros al mismo tiempo, y, las más de las veces, se niegan a cooperar, a pesar de que ninguna de ellas deja de inmiscuirse en las otras. Piense entonces ahora que semejante “casa dividida contra ella misma” se enamora. ¿Cuál de los tres propietarios se ha enamorado? Porque sucede pocas veces que los tres lleguen a enamorarse a la vez de la misma persona.
    “Ustedes se imaginan que son continentes porque se abstienen de toda relación sexual. Pero la verdadera continencia no concierne sólo al sexo, se refiere a todos los sentidos, y sobre todo a los ojos…..Ya adulteró con ella en su corazón. Para la mayoría, la castidad de los sentidos es algo que todavía hay que conquistar. Antaño, en Bagdad, esta castidad se enseñaba a los niños. Cada sentido se entrenaba especialmente por medio de ejercicios, ejercicios cuidadosamente combinados para permitir a los discípulos discernir en seguida la fuente (intelectual, afectiva, instintiva o sexual) de todo lo que sentían. Esta educación proporcionaba a los jóvenes el poder de dirigir sus sentidos con el resultado de que la castidad se hacía, al menos, posible, ya que se hallaban capacitados para vigilar las percepciones sensoriales y no tomaban una cosa por otra. Al mismo tiempo, el erotismo podía convertirse en arte, y efectivamente, el arte de amar conoció en esa época un refinamiento del que ya no tenemos idea. El sufismo constituye una prueba de ello, y en el siglo XIX, aún se encontraban algunos ecos debilitados”.
    “El amor sin poder adivinatorio es rudimentario. Un amante debe poder adivinar o presentir los deseos de su bienamada mucho antes de que ella misma se dé cuenta. Debe conocerla mejor de cuanto se conoce ella misma, si quiere amarla más de cuanto se ama ella misma, de tal modo que pueda llegar a ser completamente lo que es sin sus propios esfuerzos conscientes. Los esfuerzos conscientes de ella serán para él cuando el amor es mutuo. Es así, como cada uno trabajará deliciosamente por la perfección del otro.
    “Pero este estado, no es alcanzable en los niveles naturales de la conciencia: no puede ser sino el fruto del arte del trabajo sobre sí mismo. Todos experimentan su nostalgia, aun los más cínicos. Pero la gran mayoría de los seres ponen en duda hasta su misma posibilidad. No obstante, un amor así es posible, con la condición de que ambos amantes estén dispuestos a aprender humildemente uno del otro. ¿Cómo comenzar? Que el amante, cuando va a ver a su bienamada, se pregunte: ¿qué podría llevarle, qué podría hacer o decir para proporcionarle una deliciosa sorpresa? Al comienzo no se tratará de algo que la sorprenda completamente, quiero decir que ella sabrá que tenía ese deseo y simplemente se sentirá encantada de que el amante haya sabido adivinarlo. Más tarde, la sorpresa podrá sorprenderla realmente y se asombrará. Constantes esfuerzos por pre-venir los deseos de la bienamada, antes de que afloren a la conciencia, serán el medio del amor consciente.
    “SABER CONTENER CON MANO FIRME Y DEJAR IR SUAVEMENTE, he aquí uno de los mayores secretos de la dicha en el amor. Por cada tragedia provocada por circunstancias exteriores (Romeo y Julieta), existen millares de dramas que fueron provocados por los mismos amantes. Como no saben ni el momento ni la forma de contener con mano firme, ignoran también los momentos en que conviene dejar ir suavemente y ejecutan igualmente mal esa segunda operación. Las quebradas del monte Meru (Venusberg) están llenas de cadáveres de amantes que no han sabido separarse. Uno de ellos quería la separación, pero el otro no la permitía…
    “En la mayoría de los casos, el comienzo ha sido malo. Los amantes se lanzaron hacia una unión sin pensar en los medios de salir de ella. Sucede a menudo que los cinco primeros minutos del primer encuentro deciden todo el porvenir de una relación. Pero el gran amor sabe a la vez darse y contenerse. En todo caso, hay que saber que, cuando uno de los dos desea la separación, el deber del amor del otro es dejarlo ir.
    “Los celos son la serpiente del paraíso, el infierno del cielo. La emoción más dulce se infecta entonces con el veneno más acre. Sin embargo, existe un remedio para los celos: es el amor consciente; pero este remedio es todavía más difícil de encontrar, de cuanto es duro soportar el mal. La cura de Barba Azul es difícil, consiste en una total reeducación del cuerpo y de los sentidos.
    He aquí lo que busco, un saber y un poder a la altura de mi amor amante y de ser amado(a) realmente. Aquel que realiza este viaje y se dirige hacia la aventura de la vida, es un ser con su cuerpo, con su corazón, con su deseo de gozar plenamente la vida terrestre. No se trata de mística en todo esto, como hubiera dicho Lawrence, quien se enfurecía cuando la gente lo trataba de místico. No hay más que la necesidad de alcanzar, por fin, una vida plena y libre, en seguida y no mañana, aquí mismo y no en otra parte.
    “Ayer he visto caer las hojas, tan suavemente, haciendo llover el oro contra el azul. Mira, es el otoño. ¿Cuál es su magia? Las hojas caen y, al descomponerse, alimentan a millares de pequeñas semillas hundidas en la tierra”. http://www.patriaparatodos.com Red de Educadores por una Democracia Participativa. Y apara evitar malos entendidos, un párrafo de El Poder del Dinero en Libros Esenciales. “Si suponemos al hombre como hombre y a su relación con el mundo como una relación humana, sólo se puede cambiar amor por amor, confianza por confianza, etc. Si se quiere gozar del arte hasta ser un hombre artísticamente educado; si se quiere ejercer influjo sobre otro hombre, hay que ser un hombre que actúe sobre los otros de modo realmente estimulante e incitante. Cada una de las relaciones con el hombre —y con la naturaleza— ha de ser una exteriorización determinada de la vida individual real que se corresponda con el objeto de la voluntad. Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia”.

  3. curita comentó el 7 de Enero, 2011 a las 10:13 am

    no lo he leido aún, pero es vital la investigación para comprendernos antropológicamente, SE AGRADECE

  4. Fernando Foitzick Aguilar comentó el 23 de Enero, 2011 a las 6:36 pm

    Si no van a publicar el comentario, al menos publíquenlo como colaboración extraña, así se evitarán tanta estupidez por su amor. El que escribe es soltero sin hijos y polígamo públicamente declarado. Y cagado de la risa como el común de cualquier chilenito. http://www.patriaparatodos.com La colaboración es para Ustedes que por los hechos conocidos tienen accidentes a cada rato, tanto que las vidas de muchos son un accidente.

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