Leonor Silvestri: “Era difícil tener sexo en la Antigüedad”

Leonor Silvestri es menuda, morocha. Vive en San Telmo con tres gatos a los que adora y homenajea con su poética. Es una militante de género, anarcolibertaria, muy peleadora –se le nota en los ojos negros y feroces que no se quedan quietos– y dicta desde hace varios años talleres sobre “(Homo)sexualidades en el mundo antiguo. Del mito a la construcción de la realidad”.

Partiendo del clásico en la temática El banquete, de Platón, recorre la Ilíada –con la historia de Aquiles y Patroclos– los textos de Catulo, Safo, hasta concluir en el estudio de la Teogonía, de Hesíodo.

En su departamento, la poeta, periodista y ensayista dice: “Hoy no hay más visibilidad de la mujer. Que Cristina Fernández sea presidente no es un avance, yo soy libertaria y tengo problemas con el poder, lo ejerza quien lo ejerza. No hubo un avance con respecto a las sexualidades, sólo que como dijo Foucault se sofisticaron los mecanismos de control. Es más difícil de detectar, pero no hay menos represión”.

Silvestri formó parte de la Academia, de la cátedra de Literatura antigua, hasta que optó entre su trabajo como académica o como poeta y militante de género, por estos últimos. “Siempre me interesó intermediar entre los eruditos que producen los libros y quien lo hace circular, con el afuera, lo activo, la divulgación que sirve para tomar conciencia. Los talleres son una manera de mirar el mundo antiguo, tienen que ver con sacar la literatura que muere en el academicismo y ponerla en el hoy”, agrega Silvestri, quien además trabaja en una investigación sobre derechos y delitos sexuales, con Matilde de la Iglesia.

–¿Por qué habla de homosexualidades?

–Porque no creo que se pueda hablar de homosexualidad en el mundo antiguo, porque “homosexualidad” es un movimiento político y social que se inicia en el siglo XX en la revuelta de Stonewall. Pero, además, me cuesta hablar en esos términos refiriéndome a la idiosincrasia que tienen en el mundo antiguo las relaciones homoeróticas, me cuesta llamar homosexualidad a una relación entre un varón adulto y un niño de entre 12 y 18 años. Ese intercambio sexual no es homosexualidad. En la modernidad se considera pedofilia, un delito, y en la Antigüedad es una iniciación y está relacionado con la formación de ciudadanos para la polis, con el Estado, un sistema que tiene que ver con la padeia.

–Platón dice que el amor entre hombres es más elevado que el del hombre y la mujer.

–Los textos dicen que hay una Afrodita Urania y una Pandemos. La primera es la que tiene que ver con el cielo, son amores más elevados, entre dos personas del mismo sexo, libres y con una relación asimétrica, no son dos adultos de la misma edad, son un erómeno (el adolescente) y un erastés (el adulto). El activo es un guía, un adulto que enseña incluso en la restricción, en el poder decir que no, no en la entrega a cualquier persona adulta. Pero, cuidado, porque éste es el programa que le interesa a Platón para llevar adelante en la polis, es una prescripción, no una descripción. Me cuesta pensar que, si bien la práctica estaba extendida, nadie se enamoró nunca de una mujer.

–¿Qué ocurría con dos hombres en igualdad de condiciones?

–Era considerado una degeneración. Porque un adulto sigue siendo un erómeno. Eurípides mantuvo a un erómeno durante 30 años, pero siempre en asimetría. En principio un hombre adulto que le gustaba que lo penetraran analmente era considerado un degenerado. Provocaba el escarnio social. Un adulto tenía que tener control sobre sí y no permitir que penetraran su propio cuerpo. Otra cosa es el modelo educativo. Estamos hablando de hombres libres, porque el esclavo es una cosa. Había prostitutos y bailarines profesionales, pero eran considerados una degeneración.

–La mujer ocupa un lugar relegado en el mundo griego, obviamente.

–Atenas produce una paradoja. La mujer con más privilegios, la más libre es la que más excluida y segregada está. Se queda en su casa en el gineceo, no sale ni a hacer las compras. Después hay hetairas, que son prostitutas. Hasta las extranjeras tenían mejor lugar, una de las mujeres más poderosas de Atenas fue Aspasia de Mileto, la compañera de Pericles. Son sociedades misóginas y excluyentes. Por eso a mí me interesa una mirada estrábica.

–¿Cómo es esa mirada?

–Claro, mirar los textos de manera distinta. Ver lo que no nos quieren decir y traerlos al presente.

–¿La homosexualidad no era una práctica alternativa, entonces?

–Las prácticas homoeróticas estuvieron siempre presentes y en Grecia ser un guía no era una marca de contracultura sino de la alta cultura, lo cual no quita que sí hubiera degenerados que estaban del lado de lo contracultural. Es un error suponer que ahí está el germen de la homosexualidad que estalló en los años 60. Me niego a pensar en lo homosexual como un tipo común, puesto que la heterosexualidad es un orden político, la homosexualidad tiene el germen de la subversión, las relaciones entre erómenos y el maestro no son subversivas, son la entrada a la sociedad civil.

–¿Roma replica el modelo griego?

–No, se vuelve más restrictiva. Roma es conquistadora y centralizadora. La cuadrícula de la estratificación sexual es más estructurada. Pero hay ciertas prácticas sexuales más relajadas con mujeres libres en relación a la mujer ateniense. En Roma hay mujeres que no son femeninas, como las tribades. A la Antigüedad le cuesta mucho pensar la sexualidad entre dos mujeres, porque piensa que las pibas se aburren sin miembro, su nombre viene del verbo frotar, las tribades son transgénero que muchas veces no se reconocían y copian tanto la masculinidad hegemónica que tienen relaciones con esclavos, son muy masculinas.

–Según su visión, el mundo antiguo no era tan divertido como habitualmente se lo muestra.

–Era muy difícil tener sexo en la Antigüedad, es un mito aquello del bacanal y la orgía. Había una serie de reglas y protocolos difíciles de quebrar. Igual, creo con Foucault que hay un uso del poder que es activo y que con la represión se encuentra la resistencia y la divulgación clandestina acerca de cómo sortearla.

Por Hernán Brieza

Fuente: Diario Crítica

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