La marcha de las putas

Gonzalo León · 23 November, 2011 12:11
Columnas

Un ex putero compartió con ellas en Buenos Aires… y vendrá la ola a Chile

Mujeres provocativas desfilaron desde el Obelisco hasta el Congreso argentino haciéndose oír, mostrando sus tetas y sus irreverencias y llamando a terminar con los abusos y la violencia sexista.

Hace unos años vi una discusión entre dos putas en un topless. Una le decía a la otra, a modo de insulto, “maraca”, porque se estaba acostando con los clientes sin cobrar. Hace más años, Enrique Symns en la desaparecida revista Cerdos y Peces escribió un artículo que se llamaba “Putas, putitas y putonas”, en el que hacía una categorización de las putas. Hasta hace siete años era putero, en eso pienso ahora cuando estoy en el Obelisco de Buenos Aires, esperando a que la Marcha de las Putas comience. Fui putero, digo en voz baja y recuerdo aquellas veces en que llamaba a un número telefónico y llegaba Manu o Vivi. Con ambas nunca usé condón, pese a que la Vivi me dijo una vez que, al parecer, tenía “algo ahí”. Pero de eso ya han pasado siete años y en esta marcha, en la que ahora hay cientos de hombres y mujeres, observo los letreros. En un comienzo me cuesta descifrarlos porque los cánticos me distraen. Ustedes saben, los hombres podemos hacer una sola cosa a la vez. “Alerta, alerta, alerta al que camina, la Marcha de las Putas en América Latina”, versa la letra de uno de ellos. Eso me hace recordar cómo nació esta marcha. Fue en Canadá, cuando un jefe de policía dijo que las mujeres debían dejar de vestirse como putas para evitar violaciones. De ahí la indignación de las organizaciones de mujeres que no toleraron lo intolerable, y en abril pasado convocaron la Slut Walk. Y aunque slut es “chica fácil” y no puta precisamente, en español se tradujo así. En Chile, para ser originales, se llamará la Marcha de las Maracas.

Casi una decena de cámaras de TV revolotean por el Obelisco, captando declaraciones de las mujeres vestidas como putas (provocadoramente) y de las organizadoras, según las malas lenguas, del Partido Humanista. Una de éstas es Pamela Querejeta, que luce un gafete que dice “Querrejeta, organizadora”, y parece una polilla: va de cámara en cámara, de foco en foco, mientras el resto de las mujeres espera, con inquietud, que la marcha empiece. Son casi las siete de la tarde y la convocatoria era para las seis.

La marcha empieza y los gritos se repiten.

–Hey, baboso, yo elijo a quién me cojo –gritan las putas y las no putas, mientras enfilamos por avenida Corrientes. Comienza a lloviznar. Algunas mujeres sacan sus paraguas y me hace recordar la Marcha de los Paraguas, realizada en Santiago hace un mes. Imagino un choque improbable entre estas dos marchas y, por qué no, un duelo: disparan ustedes o disparamos nosotras. Don Francisco de mediador. Pero no, eso sería muy frívolo. Por fortuna una chica de la marcha -creo que es una de las organizadoras porque va en la primera fila- me saca de mi frivolidad, exhibiendo dos billetes de a veinte pesos y, levantándolos hacia la llovizna, repite cual mantra:

–No es no, no es no, no es no. ¡No es no!

Unos taxistas al verla le tocan la bocina y luego, al leer los carteles, vuelven a tocarla… la bocina. Intento acercarme a las organizadoras y preguntarles, por ejemplo, por el gran lienzo que cierra la marcha y que dice “Las Piqueteras”. ¿Tendrás alguna relación con ellas o es una simple coincidencia? Pero las organizadoras no paran de conversar entre ellas, posar para las cámaras y decidir el grito que entonarán. Son, podríamos decirlo, infranqueables. Bueno, al menos algo saco en limpio de mi tratativa, cuando alguien me pasa un tríptico firmado por Las Piqueteras, “agrupación de mujeres en lucha”.

Me pongo a leer el tríptico y me detengo en un acápite en donde se acusa de violencia que el Estado permita la creación de una base de datos genéticos para la “identificación de aquellos violadores que reinciden habiendo cumplido condena”. Pienso que eso podría ser positivo para los mismos intereses de esta marcha; sin embargo, según el acápite, esto “es una medida para reforzar al mismo aparato represivo que deja sueltos a los violadores”.

Cuando pienso en las similitudes entre esta objeción de Las Piqueteras y las muchas otras objeciones del neoliberalismo para reducir el papel del Estado, una chica irrumpe en la marcha. No sé si ya estaba o qué, pero ella a torso desnudo es el centro de atención, enseñando sus múltiples tatuajes y sus piercings en los pezones. La chica sostiene un letrero que por un lado dice “Puta, torta, fea y abortera”, y por el otro “Yo aborté y volvería a hacerlo”.

Al llegar a Callao, ella será “la marcha” y le comentará a una amiga: “Tú sabés cómo se va a poner mamá cuando me vea”. Quiero hablar con ella, pero temo que puedan acusarme de baboso. Quizá por eso me alejo de ella y me fijo en los chicos de la marcha, que de a poco han comenzado a tener protagonismo.

Vamos llegando al Congreso, lugar donde finalizará la Marcha de las Putas. La llovizna cesó, pero un descenso en la temperatura la reemplazó. Por eso entiendo cuando la chica a torso desnudo se baja los pantalones de cuero y orina frente al Congreso. Una amiga que se había abierto su parka o campera, como le dicen acá, se saca los pantalones también, pero no orina. Las organizadoras, al parecer, no aprueban la acción, ya que Pamela Carreraja dice:

–Vamos a colocar los testimonios de las chicas que han sufrido abusos. Por favor, no desvirtúen esta marcha.

Pamela y las otras organizadoras se suben a la vereda, y desde ahí Pamela agrega:

–El objetivo de esta marcha era visibilizar la violencia hacia las mujeres, no otra cosa. Señores medios de comunicación, entiendan eso.

Siempre me dijeron que las marchas eran un ejemplo en Argentina y en especial en Buenos Aires, pero al parecer basta con que una chica y su amiga irrumpan en una para que las organizadoras no sepan cómo actuar. Tal vez por esto me acerco a la chica del torso desnudo, que ya sé que se llama Leonor Silvestri y su amiga.

–Me desnudé, porque me parece que tengo unas lindas tetas, ¿no te parece?

Cuando se entera que soy de Chile, me cuenta que pronto estará en nuestro país junto a otras performers chilenas, como Julia Antivilo.

–¿Eres anarquista?

–¡Te pareció, che…! –contesta irónica–. Y bueno, pero yo vine independiente, o sea con mis amigas. Somos de un colectivo llamado Rita Lazo, que es un anagrama de La Zorrita. Pero a todo esto, ¿cómo te llamás? ¿Tenés Facebook? Buscame.

Leonor es abordada por un productor independiente, tan independiente como ella, y le pregunta algo, y ella le devuelve la pregunta con un “¿te gustan mis tetas?”. Sin mirarla, pienso en sus tetas, en las tetas de todas las “putas” de esta marcha, en las de las putas que alguna vez me tiré y me siento culpable. Y quiero irme de aquí. Y bueno, me voy.

Por Gonzalo León

El Ciudadano Nº110, segunda quincena septiembre 2011

Gonzalo León
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