La Navidad de antes: vieja y siempre nueva
Vengo de hace tiempo, de los años 40 del siglo pasado, de un tiempo en que Papá Noel todavÃa no habÃa llegado en su trineo. En nuestras colonias italianas, alemanas y polacas, exploradoras de la región de Concórdia (Santa Catarina), conocida por ser la sede de la Sadia y de la Seara con sus excelentes productos de carne, sólo se conocÃa al Niño Jesús. Eran tiempos de fe ingenua y profunda que informaba todos los detalles de la vida. Para nosotros los niños, la Navidad era la culminación del año, preparada y anhelada. Por fÃn venÃa el niño Jesús con su mulita (musseta en veneto) a traernos regalos.
La región tenÃa pinares hasta donde se perdÃa la vista y era fácil encontrar un hermoso pino. Lo adornábamos con los materiales rudimentarios de aquella región todavÃa en construcción. Utilizábamos papel de colores, de celofán y pinturas que nosotros mismos hacÃamos en la escuela. La madre hacÃa pan de miel con distintas figuras, humanas y de bichitos, que colgábamos de las ramas del pino. En la punta siempre habÃa una estrella grande recubierta de papel amarillo. Debajo, alrededor del pino, montábamos el pesebre, hecho con figuritas de papel recortadas de una revista a la que mi padre, maestro de escuela, estaba suscrito. Ahà estaba el Buen José, MarÃa, toda recogida, los Reyes Magos, los pastores, las ovejitas, el buey y la mula, algunos perros, y los ángeles cantores, que colgábamos en las ramas más bajas. Y naturalmente, en el centro, el Niño Jesús, que, al verlo casi desnudo, lo imaginábamos titiritando de frÃo y nos llenábamos de compasión.
VivÃamos el tiempo glorioso del mito. El mito traduce mejor la verdad que la pura y simple descripción histórica. ¿Cómo hablar de un Dios que se hace niño, del misterio del ser humano, de su salvación, del bien y del mal, sino contando historias y proyectando mitos que revelan el sentido profundo del acontecimiento? Los relatos del nacimiento de Jesús que están en los evangelios, contienen elementos históricos, pero para enfatizar su significado religioso, vienen revestidos de lenguaje mitológico y simbólico. Para nosotros niños, todo eso eran verdades que asumÃamos con entusiamo.
Antes de introducirse el decimotercer salario, los profesores recibÃan una paga extra por Navidad. Mi padre gastaba todo ese dinero para comprar regalos a sus 11 hijos. Eran regalos que venÃan de lejos y todos instructivos: una baraja con los nombres de los músicos importantes, de pintores célebres, cuyos nombres nos costaba trabajo pronunciar, y nos reÃamos de las barbas que tenÃan, de su nariz o de cualquier otro detalle. Un regalo que tuvo mucho éxito: una caja con materiales para construir una casa o un castillo. Los más mayores empezábamos a participar de la modernidad: recibÃamos un jeep o un automóvil que se movÃan dándoles cuerda, o una rueda que al girar lanzaba chispas, y otras cosas por el estilo.
Para que no hubiese peleas, cada regalo tenÃa escrito debajo el nombre del hijo o de la hija. Y después comenzaban las negociaciones y los cambalaches. La prueba infalible de que el Niño Jesús habÃa pasado por casa era la desaparición de los manojos de hierba fresca. CorrÃamos a comprobarlo. Y asà era, la musseta se lo habÃa comido todo.
Hoy vivimos los tiempos de la razón y de la desmitificación. Pero esto vale solo para los adultos. Los niños, ahora con Papa Noel y ya no con el Niño Jesús, viven el mundo encantado de los sueños. El viejito bonachón trae regalos y da buenos consejos. Como tengo barba blanca, no hay niño o niña que pase por mi lado y no me llame Papá Noel. Yo les digo que no soy Papá Noel sino su hermano, que vengo a observar si los niños hacen todo como se debe y después se lo cuento todo a Papá Noel para que les traiga un buen regalo. Asà y todo, muchos dudan. Se acercan, me tocan la barba y dicen: No, usted es Papá Noel mismo. Soy una persona como cualquier otra, pero el mito me hace ser Papá Noel de verdad.

 Si nosotros adultos, hijos de la crÃtica y la desmitificación, ya no conseguimos encantarnos, permitamos que nuestros hijos e hijas se encanten y gocen del reino mágico de la fantasÃa. Su existencia estará llena de sentido y de alegrÃa. ¿Qué más queremos para Navidad sino esos dones preciosos que Jesús quiso también traer a este mundo?
Por Leonardo Boff
Publicado en servicioskoinonia.org







miguel comentó el 24 de Diciembre, 2011 a las 3:57 pmes un deleite para el alma leer los comentarios del maestro leonardo boff,es cierto,como adultos hemos perdido la capacidad de sorprendernos,con las cosas buenas y sencillas de la vida,volver a ver la navidad con los ojos de niño,es un regalo,al igual que tener a esos enanos rondando,saltando,gritando por toda la casa,llenando de alegria los espacios,eso es lo verdaderamente importante,detenerse un poco,aprovechar mejor el tiempo,con las personas que amamos y que en forma incondicional siempre estan con nosotros.por ultimo mucha paz,a cada uno de uds,salud pa todos sus seres queridos,y mucha luz.

Juan II comentó el 26 de Diciembre, 2011 a las 12:13 pmVivimos los tiempos del consumo y el viejo pascuero calza a la medida. Jesus y su nacimiento, ya ni aparecen en las tarjetas navideñas.
Los mercaderes del templo al final de la historia se tomaron el templo, a pesar de los arrebatos del Nazareno. Solo queda el ritual de la misa del gallo, pero el fantasma de Karadima y sus seguidores abiertos o encubiertos, aterran a los escasos feligreses.
Jesús murió en una cruz y al final es olvidado por el Reino del Mercado y los viejos pascueros se multiplican e inundan los medios invitando a la felicidad y la dicha de recibir regalos y mas regalos.
El becerro de oro reina en todos los corazones de hoy en dÃa y lo alabamos con sorprendente inconsciencia.