Los judíos tenemos la misión histórica de reivindicar al oprimido, al rezagado y al violentado


1 June 10:06
#Cartas Ciudadanas

Hermanas y hermanos Judíos:

El 5 de junio del presente año se recordará nuevamente alrededor de todo el mundo el aniversario número  cincuenta de la ocupación militar por parte del Estado de Israel en tierras pertenecientes a Palestina – Cisjordania y Gaza – , luego de la guerra del año 1967.  Para la ocasión, miles de movimientos, colectivos, federaciones, organizaciones, pueblos y estados a fines a la libertad y dignidad del pueblo palestino harán sentir su rechazo hacia dichos eventos al igual que su compromiso con una causa que hoy es clamor popular y político de gran parte de las naciones de nuestro planeta tierra.

Producto de sus particulares características humanitarias, religiosas y geopolíticas, la opresión que ha vivido el pueblo palestino desde el Nakba –catástrofe en árabe o establecimiento del ente sionista en tierras palestinas-, se ha transformado en estandarte mundial y viva imagen de la lucha de los pueblos por su autodeterminación. Desde tierras cercanas al conflicto, como lo son los países árabes, hasta rincones tan alejados y recónditos como nuestra patria, cada año que pasa sin solucionarse tan injusta realidad hacen que crezca, fortalezca y  se envigorice lo que se podría traducir como una inmensa masa de humanidad indignada con la violencia rutinaria con la cual niñas y niños, jóvenes, mujeres y hombres palestinos viven a diario, a toda hora y en cada instante.

La gran mayoría de los estados soberanos, cumpliendo como voceros de sus habitantes, desean la inmediata retirada de las fuerzas de ocupación israelí de los territorios ocupados y usurpados.  La horrorosa realidad que significa la existencia de otras personas que viven bajo el constante asedio de un ejército foráneo, que con ellos traen sus leyes teñidas de ilegitimidad y las implantan sin consulta previa, así como las inherentes injusticias producto de un sistema de colonización –por lo tanto, anti democrático- , es sofocante, angustiante y agotadora.  Por tanto, cabe preguntarse; ¿Se le puede pedir a todo un pueblo vivir otros setenta años más así?  ¿Es justo exigirles que continúen viviendo en dichas condiciones?

Por lo mismo, para quienes aún no han sido exiliados insensiblemente, quienes aún no han sido encarcelados vilmente y quienes aún no han sido asesinados brutalmente, aquellos palestinos que aún estoicamente siguen habitando su tierra, agradecen cada gesto de solidaridad con su lucha así como también cualquier demostración que visualice su sufrimiento constante y que no da tregua; ya que el aire que se respira, la comida que se come y el agua que se bebe en la tiranía, no sabe sino como una extensión del sufrimiento bajo el yugo de una fuerza que mantiene presa la voluntad de millones.

Los judíos del mundo entonces tienen un rol especialmente importante.  No solamente por la natural empatía que debiéramos sentir producto de nuestra condición de ser seres humanos, sino precisamente por los argumentos que el Estado de Israel y los militantes más fervorosos del sionismo internacional esgrimen.  Es que son ellos mismos los que dicen defender el derecho que todo judío en el mundo  y los descendientes de la tradición judía, tienen de “volver” a la Tierra Prometida, colonizar y hacer nuestra nuevamente Eretz Israel (la Tierra de Israel concebida y entendida según el relato bíblico).

Hoy incluso abogan y promocionan la llegada de judíos de cualquiera sea su origen geográfico a Judea y Samaria para construir un nuevo hogar, siendo estos la vanguardia en el restablecimiento de lo que fuera el reino de David.  El problema es que esas regiones bíblicas hoy corresponden a lo que debiera ser territorio donde se establecería y fundaría en un futuro- incierto-, el Estado libre y soberano palestino.

Los judíos decentes y probos debemos negarnos a tan farsante oferta.  No deseemos la tierra que a otros les pertenece.  No busquemos generarles más daño a familias que ya han perdido suficiente.  El gran Nobel de la Paz, activista, escritor y sobreviviente de los campos de exterminio nacional socialista Elie Wiesel, no en vano decía “For the dead and the living, we must bear witness” (Para los muertos y los vivos, debemos dar testimonio) que no apuntaba solamente a jamás olvidar lo que padecieron nuestros antepasados sino también luchar y dar fe de que actos tan barbáricos no le sucedan a otro hermano de la misma raza, la humana, más nunca.

Como judíos entonces debemos concluir que el pueblo judío luego de la Shoá no goza de la aparente inmunidad que las autoridades israelíes ventilan en cada oportunidad que se les presenta -para justificar actos de violencia como legitima autodefensa-, sino más bien la historia nos ha otorgado el complicado peso y obligación de ser quienes nos levantemos contra toda ideología que pretenda dividir a la humanidad.  Los judíos tenemos la misión histórica de reivindicar al oprimido, al rezagado y al violentado.  Para eso y por eso hemos sobrevivido.

No disputaremos la legitimidad de la existencia del Estado de Israel, como tampoco entraremos en debates infructuosos que de nada sirven para el objetivo principal: la más pronta liberación del pueblo palestino de la opresión por parte de la ocupación sionista, con ambición y naturaleza expansionista tanto de facto como de jure.  No somos ni seremos un movimiento que tenga como su razón de ser la destrucción del Estado de Israel.  Lo que planteamos es precisamente cuestionar y ser críticos de las condiciones bajo las cuales Israel ejerce su soberanía, que a nuestro parecer hoy – y hace ya muchas décadas – sobrepasan el argumento y los límites de la legítima defensa.

Reconocemos al Estado de Israel como una realidad.  Por lo tanto, como ente jurídico y habitado por hermanas y hermanos israelíes, deseamos de igual manera su buen vivir y su paz, sin temor de ser víctimas nuevamente por su condición mayoritaria de seguidores de la fe y tradición judía (no podemos tampoco olvidar a las minorías cristianas y musulmanas dentro de territorio israelí) del genocidio y la barbarie a los cuales fueron expuestos en el pasado.  La tranquilidad es nuestro más profundo deseo para todos los pueblos del mundo, pero esto no se le puede garantizar ni prometer a una sociedad que hoy cumple el rol de victimario.

No nos equivoquemos y no caigamos en confusiones: el llamado conflicto árabe–israelí, no es un conflicto con igualdad de condiciones y tampoco se le puede catalogar como una guerra.

Haciendo uso de la historia reciente de nuestro pueblo, es tan grave catalogar lo que sucede en Oriente Medio como una guerra o conflicto entre iguales, como lo sería afirmar que los judíos que se sublevaron en el gueto de Varsovia en los meses de abril y mayo de 1943 contra los monstruos nacional socialistas, constituyó un acto de guerra.

Pues bien, un acto de resistencia no constituye un acto de guerra.  Entonces, solo nos queda llamar las cosas por su nombre: usurpación, posterior ocupación y como consecuencia, segregación, autoritarismo, militarismo y reproducción incesante de la violencia.

La violencia es tierra fértil para métodos igual o más violentos.  Ciertos actos violentos  vistos con perspectiva histórica y humana no responden sino al natural instinto e impulso de la búsqueda de la felicidad.  Condenamos siempre y sin excepciones los actos que busquen causar daño y sufrimiento a personas en ambos bandos. Por esto, seamos honestos y reflexionemos con una mano en el corazón: ¿Cómo esperan que cese la violencia cuando se cometen diariamente tantas injusticias, con grados de demostración de inhumanidad que van desde la quema de olivos, demolición de casas, horas esperando para cruzar un control militar para ir al trabajo y luego de vuelta al hogar familiar, robo de los recursos hídricos, hasta la barbarie que son las distintas masacres perpetradas por el estado sionista en Gaza los años 2008-9, 2012 y 2014?

El mundialmente reconocido artista Banksy – solo conocido por su seudónimo  -decía en una entrevista: “If we wash our hands off the conflict between the Powerful and the Powerless, we side with the powerful – we don’t remain neutral” (Si nos lavamos de las manos el conflicto entre los poderosos y los débiles, nos alineamos con el poderoso – no nos mantenemos en una condición neutral).  Hay un Estado con todas las garantías que un Estado constituido tiene y goza, que utiliza su ejército en este conflicto para oprimir a una nación, aún sin Estado plenamente soberano y sin ejército que lo defienda.  Más claro echarle agua: existe un opresor y un oprimido, un violador y un violado, un victimario y una víctima.  Existe el Estado de Israel y el pueblo de Palestina.  Confundir los papeles de ambos es un error.

El año 2010 comencé este camino donde, desde lejos y con lo poco que puedo hacer con mi presencia, voz y militancia, intento aportar mi minúscula ayuda a la que será recordada sin lugar a duda como la gran causa humanitaria de los siglos XX y XXI.  Estar del lado correcto de la historia, no solamente discursivamente sino en la acción, es una sensación de extrema gratificación.  Llena el alma y la acerca a Dios, a la fuerza universal de la cual todos estamos hechos, sin importar credos, tez de piel o afiliación política.  Creo firmemente que buscar y luchar por la justicia es una experiencia más espiritual y por lo tanto más judía, que defender los intereses mezquinos de potencias mundiales y castas políticas israelíes, que hoy buscan la perpetuación del estatus quo que los beneficia a ellos y sus intereses, en detrimento de los palestinos viviendo bajo ocupación e incluso los ciudadanos árabes israelíes.

A cada judío, o bien individuos con legado, herencia o patrimonio que los hagan sentir como partes del pueblo judío, hoy la historia los pone en una encrucijada histórica, ya que aunque no sea un tercero quien se los cuestione, será su propia conciencia la que lo hará.  Y es que acaso ¿Podemos defender, desde nuestra posición de judíos, a quienes se les dio y se les sigue dando todos los beneficios del estatus quo, esta situación de disparidad entre fuerzas de ocupación y ocupados?

Cada uno de nosotros está involuntariamente en una posición excepcional para hacer cambios y hacer oír nuestra voz de indignación hacia las políticas de violencia, ocupación y apartheid de Israel, pudiendo generar como consecuencia un necesario apoyo para todos aquellos que producto de las mismas tienen vidas más miserables.

Sabiamente nos recordaba Rafael Correa, Presidente Constitucional del Ecuador (2007-17), en el año 2015: “No hay que pensar en cómo uno puede ser importante, sino más bien en como uno puede ser útil”.

El hecho de que dentro de la comunidad judía chilena y aún más importante, dentro de las familias judías de nuestro país, se genere un debate honesto, sincero y con firmeza de nuestra parte, es un paso para dejar de lado de una vez por todas el largo proceso de normalización a la barbarie por la cual está pasando toda la población palestina hoy día, normalización que se genera gracias a todo aquel que se escuda en el silencio, siendo un cómplice histórico a la justificación del Estado de Israel que dice hacer lo que hace en nombre de todos los judíos del mundo.

Entonces, frente a tamaña mentira, debemos gritarle a la comunidad internacional: ¡NO EN MI NOMBRE!  ¡NO EN EL NOMBRE DE LA RELIGIÓN JUDIA! ¡NO EN EL NOMBRE DE LA RICA CULTURA Y TRADICION DE TODO UN PUEBLO!  ¡NO EN EL NOMBRE DE QUIENES PADECIERON Y MURIERON EN EUROPA EN CONDICIONES HOMOLOGABLES A LO QUE HOY SUCEDE EN TIERRA PALESTINA LAPIDADA!

La sobrevivencia del pueblo judío, su fe, creencias y tradiciones, no pasan por la defensa irrestricta a las políticas y acciones criminales de un país que no nos puede ni podrá exigir lealtad toda vez que nuestros propios textos sagrados jamás hicieron mención a dicho compromiso u obligación.

Hoy vemos un Estado que es forajido, no cumple las resoluciones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas como tampoco del Corte Internacional de Justicia en La Haya.  Frente a esto, si bien gran parte de nuestra comunidad judía global se mantiene incólume, no todos los judíos respondemos a dicho conformismo monolítico y granítico, ya que hoy existe resistencia en Europa, los Estados Unidos y en gran parte de las comunidades latinoamericanas.  Aun así en Chile la disidencia es particularmente silenciosa, mientras tanto Israel continúa su política de usurpación de tierras palestinas mediante la construcción de asentamientos y muros, profundiza sus políticas de apartheid y sin remordimiento encarcela, tortura y asesina a jóvenes palestinos dando a entender que todo judío en el mundo es afín a esta estratagema.

La soberbia, hermanas y hermanos, no es una buena consejera.

Hermanas y hermanos judíos, o bien descendientes de la tradición judía, los convoco a estar a la altura de las circunstancias y los tiempos, a empoderarse del rol que hoy nos exige alzar la voz frente a los intereses que buscan mantener las cosas como están, a sabiendas de que ese camino conducirá a israelíes y a palestinos a años de confrontación, odio, infelicidad y finalmente a la desolación. 

De continuar las condiciones de hoy, un nuevo conflicto sangriento es inminente.  Por lo tanto, no podemos seguir esperando en las sombras de la irresponsabilidad y la apatía.  Constituyámonos como un movimiento en defensa de los derechos humanos tanto en Israel como en Palestina.  Hoy tu voz sí tiene un espacio, tanto en Chile como en los anales de la historia, de que acá hay judíos chilenos con conciencia de luchar por una justa causa.

Quien sea el judío que esté interesado en unirse a esta lucha (especialmente quienes hayan cumplido con las mitzvá de la Milá – circuncisión – y celebrado su Bar o Bat Mitzvá), es bienvenido a congregarse en un espacio en defensa de los desvalidos.  Los invito a enviar un correo a [email protected] para así comenzar a construir nuestra red, comunicarnos e informarnos.

Alan Aaron Rückert Zoellner
Fundador
JUDÍOS POR LA PAZ Y LA JUSTICIA

Santiago de Chile

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