A propósito de la negativa de Beatriz Sánchez de asistir a programa de Canal 13

Consideraciones para el debate sobre los medios de comunicación desde la izquierda*

La perspectiva para asumir el debate político-comunicacional, debe partir por reconocer el campo comunicacional o de los medios de comunicación como ámbito de construcción y conquista de  autonomía política. Ello obliga a mirar la cuestión desde una doble perspectiva: de un lado, observar anteriores esfuerzos de articulación “por abajo” y rescatar sus respectivos aprendizajes para el presente. Del otro, entender a cabalidad la configuración de la actual situación de dominación, como estructura y como proceso.

*Artículo publicado originalmente en la revista Red Seca.

La decisión de la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, de no asistir a un programa televisivo del cual participa el ex ministro de la Dictadura Militar, Sergio Melnick, abrió un debate político y comunicacional en el que todo tipo de aproximaciones se hicieron valer. La empresa televisiva era Canal 13, cuyo actual grupo económico controlador es la familia Luksic.

El debate inicial fue ensordecedor.

Esto suele suceder en contextos electorales, en los que se produce tal hipertrofia del ámbito comunicacional, que dificulta mucho valorar en su correcta medida hechos y palabras. Por el contrario, termina primando “copar” los medios de comunicación habidos, vara de medida del éxito, junto a buenas evaluaciones en los sondeos de opinión, como predictores de un mayor poder electoral.

Sin embargo, corresponde poner en perspectiva aquello que Perry Anderson alertara como necesario para que la izquierda pudiera salir de la que es reconocida como su mayor crisis de incidencia desde que se propuso transformar radicalmente el mundo. Y esto es, reflexionar no sólo en términos de la conciencia sobre el programa y tareas que la izquierda se define, sino también sobre los fundamentos y condiciones de emergencia de esa izquierda, programa y tareas. Esto está hoy fuera del debate.

Debate público

A la decisión de la candidata del Frente Amplio, se levantaron dos tipos de crítica, cada una con dos valoraciones específicas.

Por un lado, el balance pragmático: se intentó correlacionar la decisión de Sánchez de no asistir al programa de debate, con un mayor o menor rendimiento electoral. Entonces, o bien habría apuntado a la decisión correcta, al hacer un “guiño a los propios”, es decir, hacer una crítica fácil a un blanco fácil, de modo que aquellos probables votantes concurran a las urnas el día de la votación. O bien, habría errado, pues perdió una oportunidad de acceder a un público no cautivo, para llevarse nuevos votantes a la urna, o amplificar y diversificar la audibilidad de su discurso.

Por otro lado, el balance de principios: quienes defendieron la decisión apuntaron, en síntesis, que efectivamente el panelista cuestionado constituye un personaje abyecto respecto de nuestro estándar democrático y representa en sí mismo un enclave autoritario, por lo que no corresponde dialogar con él. En cambio, el principismo vuelto crítica apunta que la candidata habría infligido un severo daño al espacio público, propio de una sociedad democrática, por vetar a alguien por quién es, y no enfrentar su opinión e ideas.

Ahora decantan un poco las cosas. El “no” de Sánchez tuvo efectos. Y desde la primacía inicial de las críticas ya planteadas, se produjo efectivamente un debate en torno a las responsabilidades civiles en la Dictadura cívico-militar. Como buen “no”, fue un gesto de autonomía. Obligó a izquierda y derecha a tomar posición respecto de los “cuervos civiles” de la Dictadura.

Para completar el cuadro habría que dibujar hacia qué norte camina este “no”. Y hay otro ámbito que queda totalmente a la sombra. Mirándolo desde la izquierda, corresponde ampliar el debate; de otro modo estaríamos asumiendo de contrabando una montaña de supuestos, ajenos. Para evitarlo cabe, al menos, reconocerlos y problematizarlos.

Elementos excluidos

Destaca, entonces, la suposición de un subsistema de medios de comunicación ante el cual se mantiene una relación de dependencia, que obliga considerarle en un plan de maximizar la difusión de un conjunto de mensajes -en el mejor de los casos, articulados en un discurso- a través de técnicas comunicacionales que los viabilizarían. Estos rasgos son propios de la idea de “socializar un relato en los medios de comunicación”.

Estas técnicas, que se proponen articular dicha difusión con rendimiento electoral, a su vez suponen dos cuestiones: primero, que el objetivo es reunir la mayor cantidad de votos y, en este sentido, el concepto de Democracia queda reducido a una expresión individualizada y procedimental de las masas. Segundo, que ya hay un sujeto constituido capaz de tomar estas decisiones, esto es, con su propia conciencia histórica. Sino, ¿quién las toma?, ¿quién define el mensaje? Pero al mismo tiempo, si consideramos -como es este el caso- que ese sujeto histórico no se ha constituido, administrar los medios producidos por otros sujetos históricos a la medida de otros intereses, también implica asumir los fines hacia los que éstos caminan.

Queda también en la zona opaca la pregunta por la constitución de dicho subsistema comunicacional. ¿Cuál es la genealogía de los actuales medios de comunicación? ¿Son solo negocios o habría algo más que extraer en términos empíricos y teóricos de dicho circuito? La hipótesis con la que se redacta esta columna -no es original- es que los medios más gravitantes forman parte consciente de una conformación política activa, por lo que cabe otro tipo de examen desde una izquierda que se proponga desafiar la dominación.

En este nivel, se puede consignar que el espacio público está histórica y objetivamente delimitado. Es un conjunto finito de medios de comunicación el que racionaliza discursivamente finitos intereses sociales y los despliega en el día a día; permitiendo a un conjunto finito de actores desplegar sus discursos dentro de tal circuito; en un conjunto finito, a su vez, de posiciones sobre esos discursos; y dentro de una finita agenda noticiosa.

El espacio público también está delimitado y posibilitado por poder económico. Y es el sujeto poderoso el que tiene poder económico y no al revés. Para existir, más que el rating, a los medios de comunicación les resulta especialmente gravitante el presupuesto, que se consigue a través de auspicios (avisaje) que viene de grupos empresariales o del Estado.

Los medios de comunicación son, en este sentido, no solo medios de difusión. Son una estación necesaria de constitución de intereses. La izquierda chilena debe asumir que su omisión en el campo de los medios de comunicación es, también, su incapacidad de constitución política y, por tanto, de emergencia política.

La perspectiva correcta para asumir este debate con mirada de largo plazo es, según mi parecer, hacerse la pregunta por cómo construir autonomía política y cómo el campo comunicacional o de los medios de comunicación, son parte de esa construcción y conquista de la misma. Ello obliga a mirar la cuestión desde una doble perspectiva. De un lado, observar anteriores esfuerzos de articulación “por abajo” y rescatar sus respectivos aprendizajes para el presente. Del otro, entender a cabalidad la configuración de la actual situación de dominación, como estructura y como proceso, atendiendo en especial el rol de determinados medios de comunicación y las conciencias que les articulan.

Experiencias a rescatar

Resulta necesario, por ejemplo, rescatar la figura de Luis Emilio Recabarren. El fundador del Partido Socialista Obrero, a quien se le reconoce la labor organizadora de la clase obrera chilena el primer cuarto del siglo XX, ladrillo fundamental sobre el cual pudo montarse el Frente Popular y, luego, la Unidad Popular; fundó sindicatos y periódicos por igual.

Recabarren desarrolló un modo teórico de entender los medios de comunicación en este ejercicio, a través del concepto de “prensa obrera” y desarrolló un original ejercicio periodístico de periodismo político. A su vez, les asignó el rol de educación, ilustración y elevación de conciencia de la clase obrera, pero anclada en proyecto construcción y articulación de una conciencia política y un partido.

Tempranamente comprendió que un medio no es un canal de difusión, como posteriormente lo entendió la izquierda, adscribiendo a un concepción burocrática que reduce la reflexión sobre los medios de comunicación a su “uso”.

Lenin también desarrolla un concepto similar en torno al periódico y su rol articulador de la clase obrera. A cien años de la Revolución Rusa, cabe mencionar la coincidencia a la hora de concebir una “prensa obrera”.

Otros episodio necesario de rescatar para el presente, es el caso de la revista Claridad, publicada desde la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile que -bajo influencia anarquista- articuló, tras de sí, una intelectualidad que construyó masa crítica para sostener la alianza social y política que abrieron paso a posteriores articulaciones en forma de frentes populares.

En los años 80’, mientras se gestaban las condiciones sociales y políticas que permitieron desafiar a la Dictadura, un actor relevante para articular el malestar social por el terror y las condiciones económicas; con el conocimiento específico de las debilidades del Régimen Militar; y la capacidad de interpelar políticamente a la Junta; fue la prensa independiente. Diversos medios de comunicación, en formato de “periódicos” o “revistas” desarrollaron el concepto y práctica de un “periodismo de trinchera”, valiosa y valiente en esos años de miedo. En rigor, se trata de una “prensa” de trinchera.

No es casual que el Pacto de la Transición haya debido formular un doble movimiento para hacer frente a la prensa independiente: debió imposibilitar la subsistencia de tales medios de comunicación, incluir dentro de otros medios a algunas de sus figuras. Y las que desafiaran la estrechez de dicho pacto, en la medida en que ello sucediera, sería excluida. ¿Qué pierde la posibilidad de un esfuerzo transformador en este sentido? La posibilidad de desarrollar autonomía política.

Mientras, el actor que se veía reforzado por las decisiones políticas del retorno a la democracia, era la prensa no independiente, cortesana y orgánicamente anclada en los actores fundamentales del Régimen Militar. Esta historia de compromiso financiero y política ha sido relatado innumerables veces.

Enzo Faletto, junto a la intelectual feminista Julieta Kirkwood y Rodrigo Baño, sociólogos chilenos del máximo renombre, realizaron un certero análisis sobre el proyecto de hegemonía desplegado por El Mercurio inmediatamente luego del Golpe de Estado. Allí describían algunos de los elementos que permiten afirmar que detrás del medio de comunicación residía buena parte de la conciencia política sobre la dirección hacia la cual empujar intelectual y moralmente al país.

En la introducción de dicho texto hay una buena síntesis sobre la trascendencia del rol desplegado hasta ese momento de parte del medio de comunicación: “Durante tres años se dijo ‘o cae El Mercurio o ce Allende’: cayó Allende”.

Se describe, por ejemplo, el objetivo de EM de articular distintos intereses sociales dentro de la burguesía, vinculada a sus distintas posiciones dentro de la estructura productiva para, de este modo, constituirle como “grupo”. Y los elementos materiales y discursivos en torno a los cuales la produjeron.

Luego, también resultaba totalmente necesario conseguir que las capas medias estuviesen intelectualmente más del lado de la Dictadura que de las capas subalternas en una serie de ámbitos, confundiendo sus intereses con los intereses de los sectores altos. Para ello, se detalla la estrategia material y discursiva deplegada por el periódico. La complejidad de esta operación es la que obliga a dedicarle mayor atención a los intelectuales.

Si a ello se suma lo que hoy ya es conocido, respecto del rol de Agustín Edwards articulando al sector militar golpista con el gobierno y empresariado norteamericano, paseando por el Rockafeller Center, asilado en la gerencia de Pepsi Cola y discutiendo con Henry Kissinger, se completa un poco la imagen.

Perspectiva: autonomía

A la izquierda de nuestro tiempo le toca partir de atrás para poder erguirse gravitante, convocante, saludable y con futuro. Romper la inercia que nos reduce a la marginalidad y la intrascendencia pasa necesariamente por ir rompiendo los supuestos que el neoliberalismo nos inculca. Uno de ellos, implica entender que la emergencia política de una izquierda capaz de desafiar al orden social, no será tal sin autonomía. Parte de esa autonomía es construir la capacidad de hablar.

Nos tocará, entonces, el desafío de levantar un medio de comunicación, expresivo de la gran alianza social y política que podría ser capaz de efectivamente superar el actual estancamiento histórico. Y tenemos oportunidades por delante. El debate está abierto.

Javier Paredes Godoy @jparedesgodoy
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