Paul Walder

Nuestro horizonte histórico ha dado claras señales sobre el fin de un largo ciclo. Vivimos una etapa con evidentes muestras de término, un cierre tal vez iniciado hacia finales de la década pasada que comienza a ensamblarse con nuevos procesos. La decisión de la junta nacional de la Democracia Cristiana de presentarse a las elecciones presidenciales con una candidata propia, es la confirmación de la clausura de una larga etapa que tuvo sus inicios en las negociaciones entre la Concertación y los ministros de Pinochet, hacia el fin de la dictadura. En la gestación de ese largo ciclo hay elementos locales, aun cuando el gran torrente de este proceso fue sin duda global.

Interpretar esta amplia etapa con el comportamiento oscilante, pendular, interesado o errático de la DC es acotar la mirada. La Democracia Cristiana es sólo la señal a nivel superficial de una crisis sistémica nacional y global. Es la huida hacia delante -o más probablemente hacia la derecha-, de un partido que intenta sobrevivir al observar el hundimiento de un proyecto político compartido por 30 años. Aquel modelo, gestado en la década de los 80 del siglo pasado por Reagan y Thatcher y posteriormente absorbido por todas las socialdemocracias desde Tony Blair, Bill Clinton, Mitterrand, Felipe González a Ricardo Lagos, está terminado. Así ha sido en Estados Unidos, con los demócratas reemplazados por un populista con rasgos fascistas, y también en Francia y España. Un proyecto similar se estrelló con la historia en Brasil y Argentina y está en plena zozobra en Chile. Si la DC ha tomado los salvavidas, no pasará mucho tiempo para que el resto de la Nueva Mayoría adopte similares medidas.

Si durante la llamada transición la ex Concertación fue una útil y funcional plataforma para políticas neoliberales y globalizantes contrabandeadas como reformismo, los cambios sociales registrados desde finales de la década pasada, con sus derivaciones políticas, terminaron con esta conveniente plataforma. Lo que surge más tarde bajo el nombre de Nueva Mayoría (NM) ha sido el desfase, el ajuste de última hora, de los modelos de mercado bajo el peso insoportable de la crisis política, la corrupción generalizada y su repudio social. Hoy, a escasos cuatro años de la creación de la NM, asistimos al término del espacio ocupado por las falsas socialdemocracias neoliberales financiadas por los grupos económicos. Las débiles reformas sucumbieron finalmente bajo la lógica de los mercados desregulados y la compraventa de parlamentarios.

La Democracia Cristiana huye del fracaso y de los nocivos efectos políticos y sociales de este espurio proyecto, que ha sido disfrazar el capitalismo más extremo como progresismo inclusivo. Este modelo ha abierto una brecha social insondable entre gobernantes y ciudadanía, transparentando las contradicciones del capital a niveles no observados durante los últimos 50 años. Tras la caída de las socialdemocracias, de las falsas izquierdas globales y locales, de los progresismos de diversos matices, podemos ver que son los representantes más directos del capital los que han tomado el timón político. Una salida de emergencia de corta vida, como observamos en Brasil y Argentina, son programas neoliberales extremos aplicados a la fuerza a favor de las corporaciones y contra la población.

Asistimos al final de aquel espacio político indefinido e inexistente que es el inefable “centro político” como mecanismo de contención de tensiones y contradicciones. Es también el fin de los consensos de las elites, hoy ya inadmisibles por el peso de la corrupción, y de las falsas políticas de inclusión mediante un consumo también insostenible.

La política se ha fracturado por su endeblez y superficialidad. Es posible que a partir de ahora, como ya comenzamos a observar, los espacios de lucha política enfrenten a los verdaderos protagonistas.

 

 

PAUL WALDER

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