Frente Amplio: La peligrosa opción de ganar

Pongamos por caso que las recientes denuncias que afectan al Partido Socialista, mudado de partido a una especie de oficina de inversiones, desfonden la candidatura del periodista Guillier. Y que la gente aburrida de sinvergüenzas travestidos en izquierdistas impolutos solo para las ocasiones, les dé la espalda.

 

Y ponga usted que los debates televisivos en los que no estaré el hombre de la Nueva Mayoría por el berrinche democratacristiano, sea de tal calado para la gente, que Beatriz Sánchez se posicione tal como nadie lo piensa hasta ahora.

 

Y que el Frente Amplio logre decir con todas sus letras su izquierdismo, se desembarace de los oportunistas que lo lastran y que finalmente logre una sintonía con el mundo social no solo en lo discursivo, sino que de verdad se acuerden que la gente debe contar y que una ruptura democrática es un shock que requiere envolver la decisión de millones movilizados.

 

Y que, más aún se concluya en un programa que se proponga en un horizonte racional, los cambios que el país requiere para desmontar la obra neoliberal.

 

Se abriría entonces un peligroso escenario: la posibilidad de ganar las presidenciales.

 

Más aún, si se considera que la periodista Sánchez es una persona tan extrañan para la política, que no tiene conflicto de intereses ni ha estado mezclada en barullos de dineros y negociados, excepción que podría desbalancear las cosas.

 

Y así, sin habérselo propuesto, no resulta absurdo pensar en una segunda vuelta entre Beatriz y Piñera.

 

Habrá en el Frente Amplio quienes estén analizando con la pavura asociada a lo desconocido esa posibilidad.

 

Tal como están las cosas en el irrespirable mundo de la política, una posibilidad por la  cual la gente castigue a los corruptos, hoy por hoy casi todo el espectro, podría propiciar un triunfo que debe tener alarmados tanto a los sostenedores del modelo, y sobre todo a los frenteamplistas  mismos.

 

¿Qué hacer si la choreza inicial de erigirse en el movimiento que le toque la oreja a los poderosos del duopolio se salga de madre y se torne en un vendaval de incalculables alcances?

 

Un proyecto que nació teniendo como norte la irrupción en la política formal que se expresa en el Congreso de Valparaíso, para solo alcanzar diez, quince, veinte diputados,  puede verse desbocado a límites de tal peligrosidad, como que pueda llegar a ganar una elección presidencial sin habérselo propuesto.

 

Y ese horizonte no está en el programa. Ni en la idea original del Frente Amplio. Ni en sus mejores sueños. Ni las peores pesadillas.

 

El objeto de la política es el poder. Y a nivel discursivo lo que propone el Frente Amplio es la superación de la cultura neoliberal que ha hecho mierda al país. Se trata en teoría de sumar a tantos tras una misma consigna, que en un  cierto horizonte se construyan las bases de otra convivencia, afincada en los derechos de las personas por sobre la sacrosanta propiedad privada que ya no respeta ningún ámbito humano en su desmedido afán por la ganancia.

 

Transformarse en un poder de tal magnitud, que sea posible pensar en otro país.

 

Pero para un proyecto así hay que armarse hasta los dientes. Armarse de ideas y de millones de personas dispuestas a dar esa pelea por esas ideas. La empresa no resiste esfuerzos menores si se trata de desmontar una cultura enquistaba hasta en la mitocondria de los chilenos todos.

 

Se trata pues de un asunto de millones movilizados enarbolando una mística que permita pasar por sobre las dificultades normales del pueblo asumiendo la conducción del país. Los poderosos no se rendirán sin dar batalla.

 

Y de guerras, sobre todo las sucias, esa gente sí que sabe.

 

El caso es que el Frente Amplio, más allá de las declaraciones, los principios y las propuestas programáticas no ha trabajado en esa perspectiva. Estas cosas no se hacen con veinte diputados.

 

Un vocero del Frente Amplio escribía que se corría el riesgo de que se les considerara como el brazo político de los movimientos sociales.

 

Pues, justamente esa debió ser la idea: transformarse en la expresión político electoral de los movimientos sociales, dispersos u organizados, fragmentados o unitarios, diversos u homogéneos, contradictorios o coherentes, desorientados o con la película  clara, aguerridos o tibiones.

 

Pero eso será para otra vez. Por ahora, habrá que conjurar esa maldita posibilidad de ganar.

 

 

 

 

Ricardo Candia Cares
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