La lucha campesina: derechos, equidad, soberanía alimentaria y respeto ambiental

Juan Fernández

Hoy en Latinoamérica la distribución de la tierra es la más desigual del mundo. Según un informe de Oxfam, el 1% de las fincas acapara más tierra que el 99% restante y el  coeficiente Gini para la tierra –que va de 0 a 1, donde 1 representa la máxima desigualdad- es de 0,79. De acuerdo a estimaciones de FIDA y FAO, la población que vive en áreas rurales corresponde a unas 120 millones de personas, de las cuales más de la mitad vive en situación de pobreza (más del doble que en zonas urbanas: 53% vs 26%). Según estudios de Rimisp, la población rural está en desventaja respecto de los habitantes de las ciudades en diversos indicadores (salud, educación, ingresos, género, etc.). Así como ha sido histórica su situación de rezago, también histórica ha sido su lucha por mejores condiciones de vida.

Los movimientos campesinos, muchas veces profundamente fundidos con los movimientos indígenas, han dejado varios hitos y símbolos significativos, desde la Revolución Mexicana a inicios del siglo XX hasta el impulso de procesos de reforma agraria en toda la región. El Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil ha jugado un rol protagónico en la búsqueda de transformaciones orientadas a la justicia social para los campesinos y la Vía Campesina ha sido portadora de la defensa de los derechos campesinos a nivel internacional. También, en cada país, con diverso grado de organización, trabajan colectivos que defienden la dignidad de la gente del campo.

Desde Rimisp nos ha tocado compartir espacios de diálogo con diversos representantes de organizaciones campesinas, buscando puntos de encuentro con tomadores de decisión en torno a políticas de desarrollo rural. En esos espacios he podido conocer y conversar con líderes de organizaciones nacionales y regionales de campesinos de México, Colombia y Centroamérica. Hoy, Día Internacional de la Lucha Campesina, resuenan en mi memoria palabras pronunciadas por ellos con emoción y que muestran dos caras de lo que ha sido su lucha. Uno me dijo: “Hemos luchado y hemos perdido a compañeros en el camino, y una y otra vez, perdemos con los gobiernos”; otro comentaba: “Los animales pueden tener seguros, pero a los campesinos nadie los asegura”; y otro me dijo: “Nuestro camino siempre será la protesta y la propuesta, para que las políticas nos consideren y respondan realmente a nuestras necesidades”. Sus palabras reflejan angustia, pero también convicción y esperanza en que el futuro será distinto.

Foto: grain.org

Hoy son muchos los organismos internacionales, organizaciones y personas concretas que conocen la urgencia con que se necesitan transformaciones para que haya mayor equidad e inclusión social en el campo. El mundo ha cambiado, la población rural vive cada vez más conectada con centros urbanos, acceden a servicios y tecnologías, y distribuyen su tiempo entre labores agrícolas y no-agrícolas, pero hay cosas que han cambiado poco: la desigualdad en el acceso a oportunidades de desarrollo; la falta de acceso a tierra, crédito y educación; los desplazados; la exclusión y discriminación; la estigmatización del campesino como atrasado y, recientemente, el impacto del cambio climático, que los golpea más que a ningún otro.

Hoy es un día para reivindicar la agricultura familiar campesina y el valor de quienes trabajan la tierra, quienes alimentan al mundo y viven aún conectados con los ciclos naturales del planeta; quienes junto con ser productores, son también sujetos sociales reproductores de un espacio cultural con identidad, con potencial único para la sostenibilidad ambiental y para la seguridad y soberanía alimentaria. Es un día para recordar también a los caídos en las luchas por unos derechos demasiadas veces postergados. Es hora de que su voz se escuche más alto y que haya respuestas construidas en conjunto con los Estados, que nunca más se les ignore y que de la tierra germine un nuevo futuro de justicia, equidad y derechos.

Juan Fernández L. Investigador Rimisp
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