Estimada Verónica:

 

Actuar descaradamente o con descaro, alude a un actuar tramposo que no se condice con lo que expresa o muestra la cara. El descarado es aquel que no se avergüenza ante un infame proceder. Es aquel que no se sonroja ante una acción agraviante realizada y que daña o perjudica a un Otro. Actuar con descaro es condición de los descarados y su acción injusta. De los que utilizan el rostro como mascara, como herramienta de la mentira, como trampa para la mirada del Otro. El descarado “es lo que no es”. Su rostro es opaco y no transparenta, menos delata, sus verdaderos deseos e intenciones. Para el descarado el rostro es una guarida tras la cual esconde una mezquina intención. El descarado acecha tras el rostro.

 

Si bien el Mal es eminentemente elusivo, una vez desplegado actúa de forma descarada. Cuando el Mal actúa, ciertamente lo hace de espaldas a la sociedad, pero de frente ante el que daña. El Mal requiere del abuso, como así, atestiguar la magnitud e intensidad de su acción según sea el caso. Para su actuar requiere cuantificar el dolor causado. No hay piedad alguna en los rostros del Mal, menos en sus acciones. El Mal es prescripción, palabra armada que emerge desde los discursos de poder en procura de “encarnarse” en herida, en daño.

 

La contracara del descarado, es la del que “encara”,  del que “da la cara”, enfrenta y no se oculta. No hay nada que indigne mas al “descarado” que el que lo “encara”. El que encara no es un valiente, es tan solo un rostro con nombre, con historia, con “derechos”. El “descaro del mal”, lo primero que hace, es ir por los derechos, por el rostro de esos derechos, en busca de herir, marcar, borrar la humanidad que en ellos habita.

 

Las operaciones sobre el rostro, tanto físicas como simbólicas, sean estas cosméticas o infames, persiguen siempre un mismo fin, cual es el de “decidir sobre lo que se muestra y ve”. Las operaciones sobre el rostro físico y simbólico del nosotros, suelen ser infames, cuando lo que se persigue es amedrentar y castigar a través de macular lo inmaculado, de manchar, de arrebatar –en este caso por el fuego-,  la humanidad de la cara.

 

El rostro es identidad, tanto particular como colectiva. El “rostro” humaniza instituciones y emblemas. Hablar del “rostro” de Chile, es aludir literal y simbólicamente a aquello que nos representa y nos convoca, como pueblo, como patria, como nación y sobretodo como republica. No hay un nosotros sin un rostro que nos represente. El rostro del nosotros “instituido” es lo que nos constituye como Res-publica. Símbolo del nosotros, en cuanto a colectividad que democráticamente resuelve su destino, es sin duda la casa de gobierno: “La Moneda”.

 

La Moneda en llamas hiere el rostro de Chile. Arde la patria, cuando la imagen toca la realidad (Didi-Huberman) y por la fuerza y no la razón, se quema la “cara democrática” del país. Arde el rostro de Chile, cuando por el fuego se purga lo que amenaza la propiedad de unos pocos. Arde el cuerpo de Chile, cuando el “enemigo interno” es inhumano, cuando es enfermedad, y hay que cauterizarlo. El “cáncer marxista” no merecen otra cosa que no sea el exterminio, para el pirómano de turno, educado en Chicago y Panamá. Sin duda, el “infierno light” de este ultimo medio siglo, se lo debemos a Washington, Chicago y Panamá.

 

La aérea quimioterapia  de los Hacker Hunter, son el certero y agresivo tratamiento al tumor que amenaza, según señala Hayek, Friedman, Hollywood & The White House, y por cierto, la canalla oligarca, sumisa y felatista nacional .

 

Trece años más tarde del golpe militar, “a fuego”, se marcan los rostros y cuerpos de dos jóvenes que protestaban en las calles contra la dictadura cívico-militar. Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas De Negri, fueron detenidos por una patrulla militar, en una de las tantas protestas contra la dictadura. Fueron apoyados contra un muro, de espaldas a los “valientes soldados”, quienes los rociaron con combustible. Fue un oficial del valiente y heroico ejercito de Chile, quien  con un encendedor prendió fuego  a los dos jóvenes, haciéndolos arder por largos minutos. Fueron estos mismos abnegados soldados, los que no los llevaron a centro asistencial alguno, sino que los abandonaron a las afueras de Santiago para arrojarlos a una zanja de regadío.

 

Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri, fueron quemados vivos por miembros de dos patrullas del ejercito de Chile, hecho acaecido el 2 de julio de 1986 -en plena dictadura del General Augusto Pinochet Ugarte-, caso caratulado  en la justicia como el “caso quemados”. La herida a fuego en los inmolados,  – causando la muerte de Rodrigo Rojas De Negri  y dejando a Carmen Gloria Quintana  con quemaduras, en más del 62% del cuerpo-, se desplazará de lo particular a lo social, de lo literal a lo simbólico, para improntarse en la memoria de Chile, a fuego también.

 

En el uso del fuego como herramienta de castigo inmediatamente nomina al vencido como “criatura malvada”, exenta de compasión y por ende, de cualquier derecho a considerar en su castigo. Quemar es desfigurar, es derretir los detalles de las formas que otorgan particularidad a los gestos de las manos, a la sonrisa en el rostro, es contraer tendones, hacer arder los cabellos, hacer hervir la piel, ampollarla, derretirla.

 

Quemar es invocar al infierno. Hacer arder, es purgar lo infame de la amenaza. La Moneda en llamas es sintomático y simbólico. Lo de Quintana y Rojas De Negri es literal y atroz. Tras el fuego yace la chispa, la brasa y la ceniza, que se expande lenta y sigilosamente a su alrededor. El daño cuando se hace arder algo, nunca es puntual, y quema también todo lo que esta a su alrededor.

 

No fue un exceso, fue un objetivo a alcanzar. Hacer arder La Moneda, fue hacer arder el gobierno de la Unidad Popular, sus enmiendas y reformas sobre la propiedad de bienes y servicios de la nación. Bombardear brutalmente La Moneda, fue destruir el Chile republicano, para convertirlo en un Chile neoliberal. Quemar a Quintana y Rojas De Negri fue detener la protesta y la insumisión en las calles, contra la tiranía cívico-militar de Washington, Chicago, Panamá  y la “cota mil”. Fue asolar la esperanza de un pueblo, por un mejor futuro más justo. En Chile bajo la dictadura del tirano, sobre todo ardió la justicia, penal, social y económica.

 

Recordada Verónica, quiero que sepas que lo ocurrido con tu hijo aun arde, como braza incandescente, en la memoria de muchos de tus compatriotas. Se equivoca el vocero del capital, cuando  banaliza la rabia de Chile, y no entiende que lo que hay detrás es dolor, mucho dolor. Tendrá que entender el “buen ciudadano”, que el resentimiento no viene de la envidia, si no que del daño, de la injusticia perpetrada por años, décadas y siglos, que “otorga a unos, cosas de otros” (país), legitimando en su proceder la violencia brutal y el latrocinio descarado.

 

Recordada Verónica, la huella de lo ocurrido en la dictadura, es “herida abierta” en el Chile neoliberal, tanto en el plano “afectivo”, “jurídico”, e “histórico”. Sumergida la mayor de las veces, la macula subyace, la cicatriz prevalece, bajo la farándula de circo pobre, bajo el banal espectáculo de brillos y lentejuelas. El daño,  en la memoria de Chile es elocuente y grotesco. Payasos de cuello blanco, crueles y perfumados, roban y mienten a diestra y siniestra, y no tiemblan para ir otra vez por tu hijo, por la historia. Terroristas dicen, [email protected] infelices sin arrugarse, que se quemaron solos, que las molotov. El mismo discurso de Augusto y Lucia en 1986. A la desgraciada en cuestión y a su corte, no les cae querella alguna, ni del estado, ni de las agrupaciones de derechos humanos. Nadie se ruboriza, nadie dice nada, nadie se escandaliza, salvo tu.

 

No vuelvas a Chile Verónica, seria morir nuevamente. Al final del día estimada, todo es espectáculo en el $hileanway. Ahí esta la infeliz diputada de la UDI en plena campaña, vivita y coleando como si aquí no hubiese pasado nada. La UDI –una vez más-, capitaneando la política nacional con dos candidatos a la presidencia, y todos, todos muy felices comiendo perdices, ya sea viendo “tele”, yendo religiosamente al mall, o viendo, como esquilmarse al vecino. Detrás de la gelidéz del “exitoso modelito modelado”, arde la memoria, hierve el dolor y “nadie da la cara”. En este “infierno light” no vivimos, “resistimos”, mientras nos “cocinan a fuego lento”, los mismos que quemaron el rostro y el cuerpo de Chile, de la Moneda, de Carmen Gloria y tu hijo Rodrigo.

 

Abrazos.

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