OPINION POLITICA

¿Se considera Piñera perdedor y por eso se desespera y quiere patear el tablero?

Aconsejado por sus asesores comunicacionales Sebastián Piñera adoptó la línea del ataque frontal contra las instituciones del Estado, en este caso el Servel u organismo controlador de la limpieza eleccionaria. El candidato de las ultraderechas neoliberales y conservadoras, a quien hemos visto atolondrado últimamente, perdió la compostura y en lo que parece ser un manotazo de ahogado acusó que “en primera vuelta, muchos votos estaban marcados previamente por Guillier o Sánchez”. ¡Sandeces!

La táctica comunicacional adoptada por el comando de Piñera sorprendió a medio mundo porque no es acompañada de una medida legal ante el Servel u otro organismo jurisdiccional. Y al atacar así una actividad organizada por el Estado, para garantizar el ejercicio del poder en democracia es, o bien un signo de pérdida de control de sí mismo, o de desesperación ante la derrota inminente. Es muy posible que encuestas propias, hechas por el aparato de propaganda y gestión de campaña del magnate experto en movidas truchas (las hechas con acciones de Lan y sus inversiones en la pesquera peruana Exalmar, el caso Dominga, etc) muestren un estancamiento electoral de Piñera, y un avance determinante en las preferencias por Guillier.

Además, y pese a los “cantinfleos” del rector Carlos Peña en El Mercurio, para qué andamos con cosas, la actitud adoptada por el Frente Amplio de llamar a no votar de ninguna manera por Piñera, significa sin ambigüedades dejar el camino libre a cada consciencia individual de hacerlo por Guillier.

Y Alejandro Guillier en su campaña lo está haciendo bien. Mejor de lo que se esperaba. Sus discursos interpelan cada vez más a quienes quieren cambios estructurales y ven en Piñera la candidatura de la ultraderecha que representa la fronda de intereses pro mercado y neoliberal compuesta por la bolsa, las AFP, las Isapres, los clanes empresariales (SOFOFA, CPC), el dispositivo mediático radial y audiovisual (canal 13), impreso (La Segunda, El Mercurio y La Tercera) e ideológico (el CEP); la ultraderecha conservadora pinochetista con José Antonio Kast y su “familia militar”, etc. Esto es demasiado poder concentrado en pocas manos.

Y si a este poder económico, ideológico y mediático se le agrega todo el poder del Estado, sólo serán los intereses de la oligarquía los que tengan prioridad en los años venideros. Un bulldozer neoliberal. No hay que ser analista político para darse cuenta de que si esto es así no habrá Asamblea Constituyente, ni justicia contra la impunidad, pero sí más represión al pueblo mapuche; aumentaran la corrupción, las colusiones en el mercado, la evasión/elusión de impuestos en los paraísos fiscales, la criminalidad de cuello y corbata. No habrán tampoco cambios en la salud para ricos, de primera, y para los asalariados, de última; continuarán las pensiones miserables, la mala educación. En resumen, Chile no despegará nunca hacia la modernidad. Porque para hacerlo se necesitan cambios fundamentales que la derecha oligárquica y neoliberal alineada como un bloque detrás de Piñera no hará y que siempre saboteará. No es catastrofismo. Puesto que la derecha neoliberal sabe como hacerlo … despacito para que no se note mucho.

Y para que hayan cambios con Guillier, no seamos ingenuos tampoco, se necesitará mucha movilización popular y callejera, porque las fuerzas parlamentarias nuevas, por mucho que hablen fuerte y bonito, no bastarán. Y esperar cuatro años más, en política transformadora, no se dice ni se hace. Porque la política es ese arte de situarse en la historia, aprehender el presente ahora, y saber  proyectarse al futuro, con acción. Pero la palanca es actuar en el presente. El resto se sitúa en el limbo metafísico de las intenciones.

Alejandro Guillier se porta bien. Acaba de usar la metáfora de “meterle la mano en el bolsillo a los poderosos” para que éstos paguen más impuestos como en cualquier país desarrollado que se aprecie se hace; por deber ciudadano y democrático. La respuesta de Andrónico Luksic, una de las mayores fortunas del mundo, cuya familia donó un millonario “building” completo a Babson College (Universidad privada de elite en las afueras de Boston) diciendo que Guillier desata “la lucha de clases”, no se hizo esperar. Una respuesta que los retrata de cuerpo entero en estos momentos. Alineados detrás de Piñera.

Vendrán otras. No será la primera salida amedrentadora de un “conspicuo”. Ya hubo otra: la de Bernardo Larraín Matte en la revista Capital. Haciendo gala de la ignorancia supina de los empresarios chilenos al referirse al sistema económico canadiense, y sin referirse a su sistema social (benefactor), implantado hace al menos medio siglo.

La prepotencia y la desfachatez es la manera de reaccionar de una clase social muy dominante y controladora que no ha cesado, después de la dictadura y durante la transición, de acumular poder. Es la misma oligarquía neoliberal que impide el advenimiento de un Chile moderno al oponerse a políticas públicas desde el Estado que ya se hicieron hace más de 50 años en otros países (educación y salud pública gratuita, pensiones de vejez y sistemas de reparto para pensiones dignas, innovación tecnológica y ayuda del Estado a las start up). La oligarquía chilena teme hoy no aumentar aún más su poder y perder la posibilidad de reconquistar el control del gobierno y de una parte del aparato del Estado.

 

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