A los militares les está prohibido por la Constitución actuar en política. Pero en los hechos, cuando se les ocurre o conviene, entregan sus opiniones, tercian en la discusión y asumen posiciones políticas, sin que se les mueva una charretera. Los ministros del área, genuflexos y temblorosos, asegurarán que no es así las veces que sea necesario. La presidenta, también de la familia militar, hará como si nada y el mundo seguirá andando. Un mecanismo usado, como se ha visto tantas veces, es que los generales entreguen sus opiniones políticas, agresivas e insolentes, escondidos detrás de sus generales en retiro, como una manera de pasar como si nada. Jamás en lo que va de posdictadura los militares han dejado de meter sus opiniones, así sea que contraríen su propia Constitución. Y las autoridades políticas han dejado hacer, ya sea por miedo o por complacencia.

No ha habido ministro de Defensa que haya tenido la voluntad de imponer la disciplina de la que tanto hablan. Todos, a su turno, se han dejado caer en medio de la lisonja, cuando no de la simple y llana cooptación.

Luciendo condecoraciones y oropeles que nadie sabe a qué corresponden, el comandante en jefe del ejército no disimula sus críticas a la presidenta, acusando supuesta irracionalidad al momento en que la jefa de Estado, dizque Generalísima de las Fuerzas Armadas, anunció el cierre del Penal de Punta Peuco, en el que cumplen prisión un número insignificante de criminales de lesa humanidad.

A renglón seguido, el comandante en jefe ni corto ni perezoso, anuncia que sus tropas están dispuestas para tomarse las zonas en las que el Estado mantiene, sostiene y agrava su histórica pugna con el pueblo mapuche. ¿Querrá el general emular a las tropas que a mitad del siglo XIX diezmaron a la población natural del sur del territorio mediante el expediente falso y cínico de la “Pacificación”, la paz del genocidio? Y el silencio de las autoridades llamadas a reprender y castigar consecuentemente esos dichos de flagrante violación de las normas, brilla y rutila.

No hace mucho, nuevamente, los militares insisten en no saber qué pasó con los detenidos desaparecido de los cuáles jamás se ha sabido su destino, salvo que fueron asesinados por militares los que ocultaron hasta ahora sus restos, incluso en recintos a su cargo. El que quiera deberá recordar la Operación Retiro de Televisores ordenada por el tirano y que correspondía a la ocultación de los restos de aquellos seres humanos asesinados de la manera más cobarde.

¿Ningún mando sabe quiénes se ocuparon de esa ignominia?

Es fácil decir que no se sabe nada cuando hay oídos prestos a creer todo lo que se diga. Es fácil aunque vergonzoso, aunque sea tan contradictorio y tristemente extraño que haya familiares de detenidos y desaparecidos, personas heroicas que jamás han cejado en la lucha por verdad, justicia y reparación, que no sean lo suficientemente críticos con un gobierno que les ha volteado sistemáticamente la espalda.

Todos estos años no han sino constituido un inmenso pacto de silencio que no ha cubierto solamente los cuerpos mutilados de tantos compatriotas. El silencio también ha definido el actuar de aquellos que enarbolando alguna vez las consignas heroicas de los asesinados, torcieron sus convicciones y han terminado por abrazar todo aquello que alguna vez dijeron odiar. Y todo este lapso ignominioso ha disfrazado una cultura miserable con los tonos debidos al progreso y el desarrollo. Y que no ha sido sino una vida por la que se paga caro y en infinitas cuotas. Se vive solo con el derecho a optar al crédito que lo resuelve todo. Hasta el siguiente.

La ausencia de verdad, justicia y real reparación ha sido y siempre será un aliciente para los audaces que creen que las diferencias se resuelven por medio de bombardeos y torturas.

No pocos creen que se gestan las mejores condiciones para que los uniformados vuelvan a interferir en los procesos políticos. Esta vez amenazan a los mapuches. ¿Alguna vez apuntarán con su apresto a los que marchan en contra de las AFP? Y no es cosa de esperar a que maduren las condiciones para el efecto. Ya se ha visto que donde no hay suficientes razones, es solo cuestión de que exista buena imaginación.

Vivimos apuntados y vigilados, escuchados y grabados, seguidos y monitoreados por artilugios que violan todas las leyes con las que hacen gárgaras los políticos pusilánimes, cuando no cómplices, de un poder que ya sabemos cómo opera cuando siente amenazados sus intereses. Vivimos en peligro.

 

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