Hacia finales de agosto, Nicolás Ibáñez, el ex dueño de Lider, adquirió a través de su fondo de inversión el diez por ciento de las operaciones en Chile de la lechera neozelandesa Manuka, uno de los mayores productores de leche, empresa con el ocho por ciento del mercado en pastoreo y con una producción de 150 millones de litros, volumen que prevé aumentarlos al doble de aquí a cinco de años.

Manuka posee más de 22 mil hectáreas, entre las que destaca la Hacienda Rupanco, que adquirió a un grupo de inversionistas del sector financiero en 2005. La firma tiene activos cercanos a US$ 300 millones, tiene 35 lecherías y 215 empleados.

El ingreso de Ibáñez en la lechera es una muestra de la fuerte atracción del capital a inversiones en la tierra, un proceso regresivo que instala, nuevamente, la propiedad del territorio rural en unos pocos grupos. De las antiguas oligarquías, hemos pasado, muchas veces de la mano de estas mismas familias mutadas hoy en oficiantes neoliberales, a un nuevo tipo de apropiación y explotación de los territorios.

Ibáñez, como bien sabemos, es un inversionista cuyo engorde lo ha conseguido desde otras áreas de la economía. Básicamente durante los últimos veinte años desde el retail a través de D&S y sus marcas Lider y Ekono, crecimiento acelerado con la gasolina financiera a través del crédito y la tarjeta Presto y una cartera de clientes de más de mil millones de dólares. El controlador de D&S vendió sus activos multimillonarios a la gigante global del retail Walmart y ahora busca ampliar sus activos en otras áreas a través de su fondo de inversión Drake, con posiciones inmobiliarias, en comida rápida (Papa John’s) y en otras ramas del retail con proyecciones internacionales. El ingreso en el campo es una señal y buen ejemplo de la atracción que siente el gran capital por inversiones que van desde la explotación en recursos naturales, el negocio forestal, a la agroindustria.

El proceso de inversiones en la tierra cobra especial fuerza en nuestras latitudes, con modelos económicos orientados a la extracción y explotación de recursos naturales. El gran capital sobrevuela territorios en busca de espacios ya sea para la explotación minera como para la plantación de extensas áreas de monocultivos. Un fenómeno económico que David Harvey ha conceptualizado como acumulación por desposesión, el que recae directamente en el despojo, por distintas vías, de territorios campesinos y de pueblos indígenas.

Este proceso de transferencia de recursos financieros desde el capital especulativo a los territorios lleva consigo, de forma paralela, una concentración del mercado de producción de alimentos, controlado mundialmente por unas pocas empresas. Un informe de Oxfam publicado el año pasado constata esta afirmación: unas diez empresas globales tienen el control de al menos el 40 por ciento de la producción y comercialización de alimentos en el mundo.  Nestlé, PepsiCo, Unilever, Mondelez, Coca-Cola, Mars, Danone, Associated British Foods (ABF), General Mills y Kellogg’s colocan en su mesa a gran parte de la población mundial, ejerciendo su poder en cadenas que integran desde la producción a la distribución. Qué y cuánto comemos, y a qué precios, está determinado por estas corporaciones.

La transferencia de tierras desde los pequeños propietarios hacia los dueños del capital vuelve a reproducir la máxima de Harvey, en cuanto el despojo no sólo se expresa en la pérdida de tierras por parte de los campesinos, sino también de sus medios de vida. El control de la producción y de los mercados por parte de transnacionales como Monsanto, Bunge, Syngenta expulsa de sus territorios o somete a la pobreza a millones de campesinos. En este proceso de concentración y apropiación, solo Monsanto, hoy controlada por Bayer, tuvo ingresos por ventas por 25 mil millones de dólares el 2015, en tanto sus utilidades alcanzaron los 2.300 millones después de impuestos. Syngenta, controlada hoy por una firma china, tuvo ventas el 2013 por más de once mil millones de dólares y utilidades por cerca de dos mil millones. El precio de las acciones de éstas y otras compañías del rubro ha multiplicado su valor al grado que especialistas han hablado de una burbuja de los precios agrícolas.

Land Matrix es un observatorio que sigue las transferencias globales de tierras desde principios del milenio. Desde entonces se han transferido a distintos inversionistas más de 49 millones de hectáreas de tierras para cultivos agrícolas, forestales, minería, concesiones de infraestructura y otros usos. Aun cuando los traspasos de tierras son un proceso global, la actividad cobra especial importancia en África y América Latina.

GRAIN es una organización global que sigue las transferencias de tierra para usos agrícolas. Un proceso denominado acaparamiento de tierras (land grabbing), que entre el 2006 y el 2015 ha traspasado a grandes inversionistas cerca de cuatro millones de hectáreas, las que comienzan por Brasil y Argentina en el agronegocio de la soja, convirtiendo en zonas industriales otrora áreas rurales.

Tras unos veinte años de este persistente proceso, que ha creado vastas extensiones del denominado “desierto verde” compuesto por este monocultivo transgénico, las consecuencias económicas, sociales y culturales son profundas. Entre algunos de estos nocivos efectos, denuncia GRAIN, millones de campesinos han sido desplazados fuera de toda la región y miles de pequeños productores debieron abandonar la producción de alimentos locales ante la imposibilidad de convivir con la soja transgénica. Cientos de campesinos fueron criminalizados, perseguidos y asesinados en su lucha por la tierra como fruto de la expansión del modelo sojero en los intentos de resistir su avance, en tanto la tierra se ha concentrado en cada vez menos manos. El caso de Paraguay es ejemplar: un 0,4 por ciento de los propietarios acaparan el 56 por ciento de la tierra.

No sólo relación Norte-Sur

Los registros de Land Matrix permiten observar los circuitos que traza el capital global. Salvo algunas pocas excepciones, no hay inversiones en los países del Norte, en tanto el destino de las grandes inversiones se concentra en África, con énfasis especial, y América Latina. En cuanto al origen de la inversión, aparece Estados Unidos en primer lugar, con 147 inversiones globales, seguido por el Reino Unido, con 128; China, con 127, y la India, con 116.

Las inversiones estadounidenses tienen un claro flujo. 80 de ellas se destinaron a proyectos agrícolas y forestales en América latina, y otros 49 a África. En la zona latinoamericana, destacan los 28 proyectos en Argentina, 16 en Brasil, nueve en Colombia, siete en Uruguay y cinco en Chile. En cuanto a China e India, las naciones con las mayores poblaciones mundiales, los flujos de sus inversiones se han orientado principalmente a los países africanos. Aun así, es posible detectar inversiones chinas e indias en nuestra región.

Land Matrix muestra siete grandes proyectos en Chile, actualmente en pleno desarrollo. En agricultura aparecen, desde el año 2000, Aceites Borges (España), con una compra de 800 hectáreas; Viña Miguel Torres (España), con 400, más dos inversiones de Douglas Tompkins que no superan las 500 hectáreas. En turismo hallamos una compra de más de cuatro mil hectáreas para el proyecto turístico The Clifft Preserve y el proyecto forestal de 2.800 hectáreas de Agrícola Brinzal.

Las forestales en Chile

En Chile el acaparamiento de tierras más evidente ha sido sobre los territorios de los pueblos originarios. A diferencia de lo expuesto en las tierras destinadas a usos agrícolas, en nuestro caso le agregamos el uso intensivo para la industria forestal.

La industria forestal se inscribe, así como la minería, la pesquería y la agricultura intensiva, en una estrategia económica y comercial, que diseñada e impulsada hace unos 40 años atrás no sólo no muestra señales de cambio, sino que exhibe una clara expansión. La estrategia, basada en la extracción y exportación de recursos naturales, ha ido de la mano con las políticas económicas y comerciales, las que han tenido como elemento clave la apertura arancelaria, el libre flujo de capitales y la suscripción de acuerdos de libre comercio. La instalación de estas industrias es el segmento, la fase productiva; en tanto la apertura arancelaria y de inversiones son el diseño económico y la estrategia comercial. Son dos caras de una misma moneda: un modelo productivo basado en la extracción y venta de materias primas y apertura y desregulación de mercados.

En el catastro forestal del Instituto Nacional de Estadísticas, no actualizado desde inicios de esta década, se hallan plantaciones de árboles por 6,6 millones de hectáreas a lo largo del país. De este total, más de la mitad están explotadas en las regiones del Bío Bío, con 1,3 millones; Araucanía, con 650 mil y Los Lagos, con 1,37 millones. El negocio forestal está firmemente anclado en esta zona mapuche y posee, como vemos, unos 3,6 millones de hectáreas, muchas de ellas reivindicadas como terrenos ancestrales.

El negocio forestal tuvo el 2016 exportaciones estimadas en más de 5.200 millones de dólares, concentrados básicamente en los grupos Matte y Angelini, cuyas corporaciones en este rubro, pese a la crisis mundial, no revisten pérdidas. La CMPC del grupo Matte, que es la cabeza de serie de las forestales de este consorcio, tuvo ingresos por 1.170 millones de dólares al primer semestre del año, y Celulosa Arauco, de Angelini, ingresos por más de 1.500 millones de dólares.

CMPC es uno de los principales favorecidos con DL 701

Subsidios para la consolidación de un negocio

El Estado chileno ha sido palanca e impulsor de los actuales monocultivos forestales y la concentración de la propiedad de la tierra. Los negocios de este sector tienen sus orígenes en la dictadura bajo el subsidio forestal o Decreto Ley 701. Una idea que se enmarcó como una forma de neocolonización de la zona mapuche al estimular la instalación de estos nuevos modos productivos empresariales.

El sector forestal, subsidiado por distintos gobiernos desde las últimas décadas del siglo pasado, emerge como un paradigma del proceso de acumulación por desposesión. Tras décadas bajo el amparo del Estado, se consolida en Chile como uno de los pilares del modelo neoliberal rentista, extractivo y exportador. Hoy, con los mercados chilenos copados, la estrategia de estas corporaciones ha sido la compra de tierras en otros países de la región.

El catastro de Land Matrix muestra 23 inversiones chilenas en otros países latinoamericanos, principalmente en Uruguay y Brasil. Celulosa Arauco ha comprado más de cien mil hectáreas en Brasil, en tanto CMPC está en dos proyectos en un área similar. En el caso de Uruguay, Arauco S.A. ha comprado miles de hectáreas para el desarrollo de diez proyectos forestales. Otras inversiones chilenas están en Colombia y Perú en el sector agrícola.

La expansión y neocolonización del capital, que a grandes rasgos tiene una polaridad norte-sur, al final del día pierde estas categorías. Si se observan más de cerca estas inversiones chilenas, en la mayoría de los casos son sociedades con capitales regionales o internacionales. Centaurus Holdings es un proyecto de Celulosa Arauco en conjunto con Klabin, la mayor papelera de Brasil. O En Uruguay, la empresa de Copec está asociada en el proyecto Montes de Plata, de más de 200 mil hectáreas, con la finlandesa Stora.

Artículo publicado en la edición nº 217 de la revista El Ciudadano.

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