El malogrado ex presidente Ricardo Lagos hizo declaraciones que concitaron otra vez aplausos en el sector empresarial y financiero. En un seminario organizado por la administradora de inversiones Moneda Asset y ante una audiencia conformada por el pequeño pero poderoso mundillo de las finanzas y las basas locales del capital global, Lagos lanzó una frase para el bronce: “Desde el punto de vista económico, en el caso de Chile la tarea número uno es crecer, todo lo demás es música”. A partir de esa declaración de principios, vino su propuesta, nada nueva por cierto, de retomar las inversiones en infraestructuras. No públicas, claro, sino vía concesiones.

Bastaron éstas y algunas otras frases para que numerosos intérpretes y voceros del núcleo duro del sector privado, como el rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, Andrés Benítez, brindaran elogios a las propuestas de Lagos.

Lagos llegó a la Presidencia de Chile junto con el inicio del siglo XXI. Lo hizo bajo una premisa de campaña: impulsar el crecimiento con equidad. Tras la década administrada por dos gobiernos democratacristianos que privilegiaron el crecimiento y la inversión sin filtros, selección ni discriminación, Lagos acuñaba aquel hábil eslogan: regresaba tras varias décadas a La Moneda el primer presidente socialista después de Salvador Allende.

Es durante el gobierno de Lagos que el Banco Mundial mide y difunde las primeras escandalosas cifras de la desigualdad en Chile, que colocan a su sociedad como la más inequitativa de la región y una de las peores del planeta. Es un registro alcanzado durante los tres primeros gobiernos de la transición a la democracia, una marca que se ha convertido en parte esencial de la institucionalidad, en un rasgo de la identidad de Chile.

Hoy, con 27 años de capitalismo a ultranza y unas instituciones lábiles creadas a la medida de las grandes corporaciones, las cifras de la distribución de la riqueza no sólo se han mantenido, sino que logran nuevas marcas. Chile es el país de la OCDE con los peores niveles de equidad, sólo superado por el estado fallido que es México tras décadas de políticas neoliberales y corrupción desatada.

 

UN PIB ENGAÑOSO

Chile ha logrado multiplicar su Producto Interno Bruto (PIB) desde 1990 a la fecha. Si entonces su producto sumaba escasos 33 mil millones dólares anuales, en 2013 marcó casi 280 mil millones. Un crecimiento acumulado del 748 por ciento que puso a la economía chilena entre los más atractivos indicadores para inversionistas durante varias décadas y lanzó al estrellato regional a no pocos grupos económicos criollos.

En los salones que frecuenta Lagos hablar de economía es hablar de macroeconomía y de grandes consorcios. Los cerca de 280 mil millones de dólares alcanzados por el PIB en 2013 equivalen a un producto per cápita de más de 23 mil dólares anuales, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Un ingreso individual que significa teóricamente que cada chileno o chilena debería recibir cada mes casi dos mil dólares (o 1,2 millones de pesos). Este es el resultado del crecimiento económico ininterrumpido durante varias décadas.

Pero la torta, como sabemos, está repartida de otro modo. El último informe de la OCDE sobre distribución del ingreso en los países miembros, ubica a Chile en el peor lugar según el coeficiente Gini. Con 0,45 (uno es inequidad total), Chile comparte el ominoso lugar con México. Se trata de dos economías entregadas al libre albedrío de las grandes corporaciones. Para comparar se puede citar a Alemania, con un índice Gini de 0,28, Austria 0,27, Portugal 0,33, España 0,34, Francia 0,29. Entre economías no europeas de la OCDE, Estados Unidos tiene un Gini de 0,39 y Japón 0,33, Israel 0,36 y Corea del Sur 0,30.

El principal ingreso de los chilenos es fruto de la venta de su fuerza laboral. Un estudio de la Fundación Sol concluye que en promedio, los chilenos perciben 461.951 pesos líquidos al mes por concepto de ingresos asociados a su ocupación principal. “Sin embargo -advierte el estudio-, al inspeccionar la mediana, esto es, el umbral máximo alcanzado por la mitad de los trabajadores, los datos de la Casen 2015 la ubican en sólo 300 mil pesos líquidos mensuales. Dicho de otro modo, la mitad de los trabajadores percibe menos de 300 mil pesos líquidos”.

Una diferencia abismal respecto a la engañosa cifra del PIB. Al segregar estos datos, nos acercamos aún más a la realidad salarial: el 53,2 por ciento de los trabajadores gana menos de 300 mil pesos; el 77,9 por ciento menos de 500 mil y sólo el 13,6 por ciento obtiene más de 700 mil pesos líquidos al mes.

 

DESIGUALDAD ESCABROSA

Las cifras aportadas por la Fundación Sol reflejan el enorme grado de desigualdad en los ingresos en nuestro país. Un fenómeno anormal e impropio expresado en los estudios de la OCDE. Entre los trabajadores asalariados del sector privado el 70 por ciento gana menos de 445 mil pesos y en el mundo de las grandes empresas (aquellas que tienen 200 o más trabajadores), sólo el 30 por ciento gana más de 556 mil. “Vale decir, a pesar de las variaciones según categoría y tamaño de empresa, el problema de los bajos salarios en Chile es una realidad transversal”, señala la Fundación Sol.

Al hablar de salarios relativamente mejores, sólo el 7% tiene ingresos superiores a un millón de pesos (aproximadamente 1.500 dólares). Es en este segmento en el que se vuelve a reproducir y amplificar la brutal desigualdad. Sólo el uno por ciento de los trabajadores (gerentes, directores de empresas, altos funcionarios públicos y empresarios) tiene sueldos superiores a tres millones de pesos, que pueden alcanzar hasta los 30 millones de pesos mensuales.

Otro informe de este mismo centro de estudios publicado en julio pasado derriba otro mito de las políticas neoliberales: la sostenida reducción de la pobreza a partir de 1990 desde los primeros gobiernos de la Concertación. La encuesta Casen de 2015 registró que sólo el 11,7 por ciento de la población ( poco más de dos millones de personas) vive bajo la línea de la pobreza, cifra que es la menor en Latinoamérica. Este indicador se ha levantado como un talismán por los oficiantes del modelo de libre mercado. No obstante, bajo una nueva metodología -cuya complejidad excede los límites de esta crónica-, los estudiosos de la Fundación Sol han llegan a la conclusión que la encuesta Casen tiene ciertos sesgos que la distorsionan a favor de la institucionalidad económica. Con la nueva medición se concluye que “la pobreza ascendería a 26,9 por ciento. Vale decir, si sólo se miden los resultados que produce el mercado y el ingreso disponible que tienen las familias, prácticamente tres de cada diez chilenos y chilenas no cuenta con los ingresos autónomos para superar la línea de la pobreza respectiva”.

 

SIETE MILLONES DE POBRES

Según el tipo de medición utilizado, las personas en situación de pobreza en Chile pueden fluctuar entre algo más de dos millones, según la estadística oficial, y 4,7 millones según la metodología de la Fundación Sol, que agrega: “Ahora bien, si se trabaja con líneas de pobreza más exigentes, las personas en situación de pobreza pueden fácilmente superar los siete millones (esto es un 41,6 por ciento de pobreza)”. Si se toman en cuenta los escuálidos salarios, es posible establecer una relación directa entre ingresos y pobreza.

Sobre esta realidad de precariedad, pobreza y desigualdad, opera otra: la extrema concentración de la riqueza. Un proceso en marcha que no da tregua. En coincidencia con las cifras antes anotadas sobre ingresos y pobreza, las Isapres (seguros de salud privados) registraron ganancias impúdicas para una economía aletargada y un creciente desempleo. En junio estas corporaciones de capitales locales y globales amasaron utilidades por más de 66 millones de dólares, con un alza del 101% respecto al mismo mes del año pasado.

Algo similar sucede en la banca. Al primer semestre del año, los bancos que operan en el país aumentaron sus ganancias en 16% respecto al mismo periodo del año pasado, acumulando un total de 1.870 millones de dólares. Este escenario de inequidad y concentración extrema de la riqueza ha pivotado un creciente malestar social con fuertes implicaciones en la estabilidad política. Es un factor que destroza los consensos de las elites en torno a la institucionalidad neoliberal y desarma el acotado espacio de las grandes coaliciones políticas. Chile se mueve ahora en la incertidumbre, fenómeno internalizado por inversionistas, fondos y agencias evaluadoras de riesgos.

Esas agencias internacionales vienen rebajando de forma sostenida las categorías de riesgo soberano de la economía chilena. Tal como hiciera hace unos meses S&P Global Ratings, ahora Fitch también rebajó el rating de Chile por “bajo crecimiento y mayor deuda”. Una argumentación que tiene, por cierto, un trasfondo político. Esta y otras agencias se hacen cargo para sus calificaciones del escenario sociopolítico. La incertidumbre y las presiones sociales no están ausentes en sus informes. Fitch apuntó que las tensiones en la coalición de gobierno “podrían representar un escenario nuevo y potencialmente más desafiante para la legislación”.

Lo que tenemos, en síntesis, es un nuevo escenario: bajo crecimiento y desempleo en alza, incertidumbre política y un movimiento social en reestructuración y francamente indignado. Los datos salariales, de inequidad y pobreza son el combustible de esta realidad. Estamos en vísperas de la chispa que puede hacer arder la pradera.

 

PAUL WALDER

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