EDITORIAL

Aborto 3 causales: Nadie puede detener el paso de la historia

Los procesos históricos han estado marcados durante los últimos años por una aceleración en los cambios culturales. Una fuerza que viene desde abajo, desde el centro de una sociedad otrora no consultada, ha logrado ascender y doblegar a las elites conservadoras. Nuevos discursos sobre libertades individuales rompen viejas barreras, se hacen escuchar, se validan y se consolidan. El triunfo de la lucha por el aborto 3 causales es un gran ejemplo, pero no el único.

La aceleración de los procesos de cambios sociopolíticos y económicos ha impulsado, o convivido de forma simultánea, con transformaciones culturales pocas veces observadas en el transcurso de las largas últimas décadas. Una aceleración de la historia, tal como las vivió gran parte de la humanidad durante los años 50 y 60 del siglo pasado, que hoy tiene expresión en un nuevo rechazo al sistema político y económico. En un sentido similar a los grandes cambios políticos experimentados desde la segunda mitad del siglo pasado, desde la guerra de emancipación de Argelia, la Revolución Cubana o la guerra de Vietnam, y a sus efectos en no menores transformaciones culturales, como las manifestaciones antirracistas en Estados Unidos, las protestas de Mayo de 1968 en Francia, las corrientes pacifistas mundiales contra la invasión estadounidense en Vietnam al movimiento de liberación de la mujer de las ataduras impuestas por el patriarcado, hoy podemos observarnos en una escena con rasgos similares. Es un hecho, una evidencia palmaria, que hoy como entonces la historia nuevamente corre de forma acelerada.

La historia, comprendida como proceso de cambios sociales y políticos, corre a favor de la humanidad. Pese a grandes y bestiales reacciones, desde Auschwitz a la Operación Cóndor, desde Stalin a Pol Pot o al genocidio de Ruanda, los procesos sociales corren y correrán siempre empujando la historia hacia nuestra liberación. Un trance complejo, lleno de roces y choques violentos, de tensiones y corrosiones entre el poder y el conservadurismo, anclado en los privilegios de la tradición y el pasado, y la fuerza, necesariamente vital y desesperada, de los sometidos.

Hoy podemos ubicarnos nuevamente en una escena de tensiones gatilladas por la emergencia de enormes fuerzas culturales. En pocos años han emergido nuevos relatos que no sólo se han estrellado contra discursos tradicionales que se hunden en la noche de los tiempos, sino que han logrado desmantelar su supuesta naturalización y, por ciento, absurda racionalidad. Nuevos relatos públicos que sacan a la luz a grupos humanos sometidos por siglos y siglos e instalan nuevas conciencias colectivas.

Hablamos de amplios grupos humanos, como toda la comunidad LGTBI, las diferentes etnias, nacionalidades y culturas. Pero es principalmente la profundización y perfeccionamiento de los discursos del largo proceso de liberación femenina la transformación cultural de más densidad y hondura. La conquista de los derechos de las mujeres respecto a una cultura patriarcal y machista apoyada en las tradiciones y sus privilegios ha sido sin ninguna duda el cambio más importante en el Chile del siglo XXI. Es sobre este carril, y no otros inventados por el establishment y el poder económico, como es el mercado y el crecimiento, por el cual transcurre hoy nuestra historia.

En este escenario tensionado, incluso los pequeños avances logrados bajo un gobierno liderado por la ex directora de ONU Mujeres Michelle Bachelet, generan enormes reacciones, como el delirante espectáculo que hemos visto durante agosto frente a la sede del Tribunal Constitucional (TC), organismo que finalmente rechazó la petición por parte de la ultraderecha conservadora de la inconstitucionalidad del proyecto de aborto 3 causales.

La decisión del TC, pese a dar vía libre al proyecto gubernamental, no altera en nada su condición de bastión de las elites. Se trata de una instancia mucho más sólida que las líquidas y endebles ONG denominadas pro vida o los mismos parlamentarios de la ultraderecha amparados por poderes en una sombra alargada que llega, con toda seguridad, hasta las iglesias.  El TC, un enclave más de aquel engendro normativo de la dictadura cívico militar, es pese a todas las críticas y descargos, una pieza más de una institucionalidad aún mayor avalada por todos los grupos de poder. Lo mismo vale un TC que todo el aparataje legal que cuida a los corruptos rufianes parlamentarios, a los estafadores de cuello y corbata y a toda la gama de usureros. El TC es parte de la misma constitución que ampara las AFP, el sistema laboral, la salud y la educación que lucra.

La decisión del TC, aun cuando rechazó el extemporáneo y medieval requerimiento de Chile Vamos, no se valida ni justifica como entidad que vele por los derechos de la mujer o de las personas. Pese a todo, la presentación de los conservadores y fundamentalistas ha sido un gran apoyo a los movimientos sociales que empujan los derechos de las mujeres. Ni ellos ni el TC han podido imponerse como agentes reactivos ante el arrollador paso de la historia y la recuperación de los derechos civiles. El país en su conjunto ha sido espectador de los nuevos tiempos y de la mezquindad de estos grupos de poder.

El Ciudadano
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