asesoratrumpEl ingreso de Donald Trump a la Casa Blanca el 20 de enero pasado hizo brotar desde un aparente silencio la manifestación más masiva en Estados Unidos desde los movidos años sesenta. Desde las protestas contra la guerra de Vietnam ningún grupo tan extenso copaba las calles de las principales ciudades de Estados Unidos. Si hace 50 años atrás las marchas las conformaban estudiantes y jóvenes en contra de la guerra, en enero fueron millones de mujeres que marcharon contra las declaraciones, gestos y comentarios discriminatorios de Trump durante su campaña. El arraigado machismo del actual presidente, expresado desde su vida privada a sus negocios, logró mover a las organizaciones de mujeres como nadie lo había hecho en décadas.

Ante esta demostración de fuerza y capacidad de movilización, ante la potencia discursiva de sus dirigentas, podríamos afirmar que el movimiento feminista por los derechos de las mujeres ha alcanzado una consolidación, en tanto también ha logrado avances y plenos logros en igualdad. Una observación tal vez demasiado amplia que se estrella en nuestras latitudes con sesgos tanto o mayores al pensamiento y actos del actual presidente de Estados Unidos.

Chile ha elegido dos veces a una mujer como presidenta. No cualquier política, sino a la vez una figura que presidió durante varios años la dirección de ONU Mujeres. Entre sus dos gobiernos, Michelle Bachelet ha logrado, sin duda con matices, colocar la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer en una sociedad machista como valores fundamentales. La tipificación de femicidio, la ley Zamudio contra la discriminación, la paridad de género, más como voluntad que norma, parecían parte de un proceso de respeto de derechos que iría en crecimiento y expansión.

Los hechos han demostrado que estos procesos están enfrentados a una serie de grandes obstáculos, los cuales, sin duda, vienen desde una cultura patriarcal instalada con profundas raíces desde la misma noche de los tiempos republicana. La visión del mundo desde el macho, que defiende sus privilegios como si fueran una dádiva divina, reacciona y expresa su defensa con violencia, sea ésta física o simbólica.

Una serie de hechos de violencia e incidentes amplificaron esta tensión durante el año pasado. A las aparentes conquistas de periodos anteriores, como las arriba citadas, presenciamos el 2016 la precipitación y la reacción de la cultura patriarcal por mantener sus privilegios tanto en la esfera pública como la privada. La consecuencia ha sido una violencia física extrema desde hombres hacia sus parejas mujeres. Estos incidentes cerraron el año pasado con 56 mujeres asesinadas a manos de sus esposos o convivientes, estadística incluso mayor a las de años precedentes. Detrás de estos crímenes se oculta una miseria humana cotidiana de violencia verbal y sometimiento en que la mujer siempre es la perdedora.

El año pasado, junto a superar a los anteriores en números de femicidios, también marcó nuevos índices en los niveles de violencia, como el crimen de Florencia, una niña de nueve años, o el caso de asesinato frustrado de Nabila, a quien le arrancaron sus ojos. Son ejemplos extremos en un extendido maltrato que adquiere diversas formas, desde el acoso callejero al laboral, desde la discriminación salarial al chantaje sexual. Distintas formas de discriminación que parecen, desde la mirada masculina, parte de una cultura concebida y entendida como algo natural.

Foto muñeca asexmaHacia finales del año pasado hubo un incidente que filtró el mundo privado masculino hacia las esferas públicas. El episodio oprobioso de la muñeca inflable de Asexma logró transparentar el mundo patriarcal. La reacción inmediata de millares de mujeres y organizaciones feministas, que lograron ruborizar de sus actos a las elites envueltas en el incidente, forzaron a los involucrados en el fallido acto público a pedir disculpas al país.

Más que un triunfo del movimiento feminista, podemos hablar de un ejemplo más en miles de gestos discriminatorios y vejatorios que se producen y reproducen cada día. Vale para conocer la experiencia y la profunda raigambre patriarcal y machista de las elites empresariales y políticas, pero no es un avance hacia relaciones de igualdad.

El movimiento feminista, que es una expresión de cambio de la profunda discriminación hacia las mujeres en un país que persiste en su cultura patriarcal, ha dado posiblemente el mayor y más importante impulso de cambio social de las últimas décadas. Pero una verdadera emancipación social pasa, en una primera instancia, por unas relaciones de igualdad, en todos los aspectos, desde económicos, políticos, sociales y culturales, entre los hombres y mujeres.

En una sociedad como la nuestra, en que prima y es hegemónica la cultura oligárquica clasista y racista, el machismo es parte de la misma esencia. Una construcción pesada que copa todas las estructuras y cuyo trabajo de remoción está en marcha. Esperamos que el 2016 sea recordado como un año de reflujo de las fuerzas conservadoras para la mantención de sus privilegios. Tras aquellas tragedias hay también un proceso de liberalización que nada podrá frenar.

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