Foto: t13.cl

La decisión de la Junta Nacional de la Democracia Cristiana de concurrir a las elecciones presidenciales con una candidata propia ha levantado una polvareda política que, aún con el paso de los días y semanas, permanece en suspensión. Tras la determinación, que implica en los hechos una competencia con sus aliados históricos de la ex Concertación y Nueva Mayoría, se abre un espacio político inédito para las décadas de la post dictadura.

La Democracia Cristiana chilena, una singularidad, sin duda también una rareza, que persiste tras el fin de la Guerra Fría y los movimientos revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX, ha comenzado a sentir tardíamente pero también con claridad el deterioro de la historia. De partido de centro, diseñado para la contención de las izquierdas del siglo pasado mediante discursos reformistas, el tiempo y los cambios sociales lo ha dejado vaciado no sólo de contenidos, sino también de sentido y función política.

El aislacionismo de la Democracia Cristiana, expresado de forma evidente este fin de semana con la proclamación de Carolina Goic como candidata presidencial, es un síndrome adquirido desde inicios de la década. Una soledad que ha germinado junto a los lentos pero densos cambios en las estructuras sociales y económicas, que finalmente han comenzado a tener sus efectos políticos. Si durante la llamada transición la ex Concertación fue una útil y funcional plataforma para políticas neoliberales y globalizantes contrabandeadas cual reformismos, los cambios sociales registrados desde finales de la década pasada, con sus derivaciones políticas, terminaron con esta conveniente plataforma. Lo que surge más tarde bajo el nombre de Nueva Mayoría es el desfase de las políticas bajo el peso de los cambios sociales. Es el fin del cómodo espacio ocupado por las políticas neoliberales, como si éstas fueran el fin de la historia proclamada hacia finales del siglo pasado.

En este escenario, las socialdemocracias que administraron con relativa eficacia este modelo durante décadas, están en retirada, como puede observarse en los desastres electorales en España o Francia y la emergencia de referentes de izquierda con discursos -si no anticapitalistas- sí antineoliberales. Un fenómeno que se reproduce con rasgos muy similares en Chile, con una coalición y una gobernante con mínimos apoyos en los sondeos de opinión e inciertas posibilidades de continuar más allá del año entrante.

La soledad de la Democracia Cristiana aparece junto al fracaso de este espurio proyecto, que ha sido falsear el capitalismo más extremo como progresismos inclusivos con protección social. Este modelo, que le ha otorgado un poder no conocido al gran capital y a unos pocos grupos económicos, ha dejado en el camino a gran parte de la población, que culpa de su desgracia a los programas de mercado desregulado y, principalmente, a sus representantes políticos.

La decisión de la Junta Nacional de la DC, aun cuando responde a estrategias de corto plazo como una maniobra para recuperar una imagen opacada por sus socios en el conglomerado de centro izquierda, es un efecto de una ola mucho mayor que arrastrará a toda la coalición, tal como ha ocurrido en Europa o en Estados Unidos, con gobiernos entregados a abiertos populismos o a plataformas electorales liberales de última hora cuyo futuro es absolutamente incierto.

En este escenario, es muy poco probable que la Democracia Cristiana logre reinstalar un proyecto propio. Más posible es que sucumba, tal como hacia finales de la década de los sesenta del siglo pasado, a sus tensiones internas entre conservadores fundamentalistas y progresistas. En este proceso es también posible que se sucedan otros pactos y negociaciones, las que sólo contribuirán a su dispersión, desgaste o apoyos a los últimos neoliberales.

Podemos pensar en un futuro sin la DC. Pero también en un futuro sin la Nueva Mayoría o sus próximas denominaciones. La gran ola, el gran ciclo, ha puesto en evidencia las grandes contradicciones del capital, en tanto el juego político también se contrasta. En nuestro caso, una nueva vuelta de tuerca a la maquinaria neoliberal, tal como un desesperado Mauricio Macri en Argentina, o la emergencia de referentes anticapitalistas.

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