EDITORIAL

La renuncia del equipo económico como señal de cambio

La renuncia del equipo económico casi en bloque, evento sin precedentes durante toda la transición, hay que considerarlo, con todos los matices y comentarios ciertos y posibles, un quiebre en la hegemonía discursiva neoliberal. Pese a que la presidenta puso en reemplazo a economistas de similar escuela, levantó el velo que protegió como sagrada figura a la economía y las empresas por sobre los intereses de las personas. Hace mucho se rompió el vínculo virtuoso entre la economía y la sociedad.

La renuncia en bloque del equipo económico de Michelle Bachelet sellará este evento como un hito histórico para la actual institucionalidad neoliberal. Si hasta la salida el 2015 del ex ministro de Hacienda Alberto Arenas esta cartera se caracterizó por su continuidad y estabilidad, el actual gobierno se ha encargado de romper varias veces esta premisa. Ha sido una ruptura de la continuidad que debiéramos interpretar como un cambio mayor.

La nueva crisis que sufre el gobierno de Bachelet es la expresión de nuevos actores y relatos que inciden en el escenario sociopolítico. La salida anticipada y crispada de los economistas Rodrigo Valdés y Luis Felipe Céspedes, de las carteras de Hacienda y Economía, es también la expresión a dos discursos que se estrellan, aquel paradigma económico neoliberal que ha dominado la política durante las últimas tres a cuatro décadas, con otros que surgen desde los derechos humanos y las demandas de la ciudadanía. Una tensión que en Chile, y en el mundo, se ha manifestado en una crisis política y de gobernabilidad de grandes proporciones con populismos de variados signos. El Estado es presionado, por un lado,  por las empresas y su búsqueda de ganancias, y por otro, por las personas que defienden sus espacios y formas de vida.

Los renunciados funcionarios salen tras transparentar sus diferencias no sólo con la opinión de la jefa de gobierno, sino al haber cuestionado la misma institucionalidad. Céspedes y posteriormente Valdés, arrodillados ante el capital, deslizaron con claridad sus críticas a las normativas ambientales, y amplificaron al interior del gobierno las protestas empresariales a la decisión del Comité de Ministros que rechazó el proyecto minero y portuario Dominga por sus impactos negativos en el medio ambiente. Valdés y Céspedes introdujeron a modo de quinta columna al interior de sus carteras los intereses corporativos. Fueron un brazo de las mineras, privilegiaron las demandas de los inversionistas por encima del derecho de la población a vivir en un medioambiente libre de residuos y contaminación. Estos intereses intentaron convertirlos en políticas gubernamentales.

La salida de la dupla Valdés y Céspedes, a la que se agrega el subsecretario de Hacienda, Alejandro Micco, ha sido un acto inútil de soberbia. Inmolarse por el crecimiento económico, idea por cierto aplaudida y compartida por todas las elites económicas, sus representantes políticos, sus publicistas y periodistas afines, se estrella al final del día con el sentir ciudadano, cada vez más presionado por los nocivos efectos de un crecimiento económico indiscriminado, desigual y discriminador. Hace muchos años que la sociedad civil se ha dado cuenta que el crecimiento económico sólo favorece al gran capital.

Esta inmolación de todo el equipo económico en la puerta de Teatinos 120 tiene rasgos de rabieta, de opereta. Una acción hoy en día sólo apreciada por sus pares. (Tal vez a estas horas ya están circulando por la lujosa puerta giratoria que los llevará a los directorios de las grandes corporaciones que han defendido con tanta pasión). Su renuncia es extemporánea, remite al paradigma neoliberal de la transición hoy sólo levantado por fundamentalistas de última hora o populistas de mercado como un Macri o un Piñera.

Las consecuencias del crecimiento a todo evento, que ha multiplicado las riquezas de un grupo de compañías y accionistas, ha perjudicado a enormes territorios, sobreexplotado los mares, cambiado la composición de los bosques y concentrado en sus dueños la riqueza generada. Todo ello con el pretexto del crecimiento económico y la falaz mentira de la creación de empleos. Porque si observamos un poco la estructura salarial de Chile nos hallamos con una precariedad que mantiene a las grandes mayorías en rangos muy cercanos a la pobreza.

La renuncia del equipo económico es una opereta a dos bandas. Porque el segundo acto, con Bachelet de protagonista, vuelve todo a sus inicios. El equipo que estaba de suplente ha resultado ser el mismo que tuvo Ricardo Lagos durante su gobierno, recordado por la sociedad civil organizada por su cercanía y fusión con los intereses empresariales. Lagos, que llegó a La Moneda con el eslogan crecer con equidad, aplicó la máxima neoliberal de crecer a todo evento. No hay gran diferencia entre los salientes Valdés y Céspedes que en los entrantes Nicolás Eyzaguirre y Jorge Rodríguez Grossi.

Nos quedamos con el gesto de Bachelet como simple señal que interpreta los nuevos tiempos y el sentir ciudadano. Una base crítica al orden de mercado instalada con solidez en las organizaciones y en la sociedad en general. Pese a la voltereta presidencial, hemos entrado en una nueva fase.

El Ciudadano
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