Macri o el fracaso del neoliberalismo tardío

El regreso del neoliberalismo a ultranza en Argentina se ha estrellado a poco andar con masivas protestas sociales, que este lunes y martes han paralizado la educación pública. Los recortes salariales, los despidos a destajo, el empleo informal y medidas macroeconómicas han puesto a Argentina en un proceso de regresión y pérdida de oportunidades y derechos. Con las políticas de Mauricio Macri, que lleva poco más de un año en la Casa Rosada, nos queda claro que el neoliberalismo no tiene nada que hacer en esta región.

7 March, 2017 11:03
#Editorial, #Portada

argentina-marcha-docente-600x370El neoliberalismo tardío en la versión extrema y recargada del argentino Mauricio Macri ha ingresado en un callejón sin salida. No podía ser de otra manera. Un modelo que ha demostrado su fracaso en todas las latitudes mediante contradicciones insalvables no tiene una segunda oportunidad.

Con poco más de un año en la Casa Rosada, los efectos de las viejas políticas dictadas por las grandes corporaciones hoy son una estrategia gubernamental que sólo respaldan los barones de las finanzas internacionales, fundamentalistas globalizadores y oficiantes tardíos del libre mercado. Un paradigma de finales del siglo pasado que convirtió a Latinoamérica en una de las regiones más desiguales del planeta y condujo en la misma Argentina a las revueltas del 2001, que dejaron 38 muertos y forzaron la huida de Fernando de la Rúa. Concluida la etapa de los Kirchner el 2015, la recepción del neoliberal Macri viene acompañada a poco andar con explosiones sociales en plena detonación.  Hoy ni los organismos financieros internacionales son capaces de romper una lanza por este modelo.

El plan neoliberal de Macri ha intentado cocinar todas las arrugadas recetas de los noventas con evidente fracaso. Reducción del aparato del Estado, recortes salariales, despidos a destajo de funcionarios públicos, privatizaciones. Un proceso que en sus primeros pasos ha aumentado los niveles de desempleo y la pobreza. Un año y pocos meses para poner al país no sólo en un proceso de regresión económica y social, sino de recortes de derechos y libertades.

El año pasado el PIB cayó más de un dos por ciento en Argentina, el desempleo subió del 6,8 al 8 por ciento, fueron despedidos centenares de miles de funcionarios públicos y muchos pasaron a la informalidad. En este escenario, el efecto ha sido la reacción ciudadana, que a través de sus organizaciones sociales y laborales han emprendido masivas movilizaciones. El lunes, estas organizaciones lograron paralizar el país. Según varias agencias de prensa, más de diez millones de estudiantes del sector público no pudieron iniciar su año escolar por justas protestas de maestros que claman por la mantención y fortalecimiento de la educación pública.

El triunfo el 2015 del candidato de la alianza derechista Cambiemos en Argentina, se presentó como una profecía autocumplida al confirmar los augurios sobre un fin del ciclo progresista en la región y el ingreso en una fase de repliegues y confusiones. Lejos de conducir a Argentina a una nueva fase de desarrollo, la ha vuelto a colocar, en un muy breve periodo, en las mayores contradicciones del capitalismo extremo, un modelo que hasta los estadounidenses han rechazado.

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El actual escenario confirma la profunda confusión de los ciudadanos, la ignorancia política y el auge de demagogos y oportunistas. Macri no fue electo por su proyecto económico ni ideológico, sino  por las limitaciones y obstáculos internos del anterior gobierno. Más que un triunfo de la derecha y el regreso a los modelos de libre mercado desregulado, fue el resultado de un voto de castigo, el marketing electoral y el desencanto ante un proceso de desarrollo que no hallaba su destino. Una fusión poco auspiciosa que nos regresa a períodos de gran confusión y nuevas tensiones. Los gobiernos neoliberales en Argentina y en otros países terminaron en una crisis de tal profundidad que marcaron época. Su retorno no es fruto de ideas ni propuestas ni nuevas ni recicladas sino de comunicación y retórica.

La región está, si no en una gran crisis, en una etapa muy compleja. Sin una dirección clara, con los progresismos bajo la lupa de investigaciones por corrupción, con gobiernos de facto, como es el caso de Michel Temer en Brasil, con el enigma de Donald Trump y sus políticas latinoamericanas, no hay certidumbres respecto al futuro, ni en el corto ni largo plazo. América latina navega un poco a la deriva en cuanto a sus destinos.

La falta de profundidad de las políticas neoliberales, más los programas de austeridad fiscal, nos están empujando a un periodo de circularidad, de demagogias y retóricas derechistas, tal como ocurrió con la debacle neoliberal hacia finales del siglo pasado, con gobiernos inestables y corruptos incapaces de terminar sus mandatos. El caso brasileño es posiblemente el más evidente, pero los mínimos niveles de apoyo a sus representantes políticos acompañados con una alta tasa de abstención electoral, todo propiciado por la falta de respuesta a las demandas sociales y a los profusos caso de corrupción, ponen al resto de los gobiernos en el mismo trance.

Se ha abierto un nuevo ciclo, aparentemente peor que el anterior, artificialmente inflado con más de una década de altos precios de los recursos naturales. Lo que presenciamos hoy es una nueva fase de fuertes demandas y tensiones sociales contra las corporaciones fusionadas con las diferentes expresiones de los poderes del Estado. En este nuevo contexto, que tiene dimensiones regionales, esta confrontación no podrá ser controlada con las políticas progresistas y menos aún con la reinstalación del modelo neoliberal.

Hay analistas que ya prevén varios años de bajos precios de las materias primas. De manera paralela, también auguran efectos económicos nocivos al interior de los países más la constante presión de las compañías y los grupos económicos para volver a hacer negocios en medio de la confusión. Un espacio revuelto que, a diferencia de una década o más años atrás, esta vez habrá una ciudadanía organizada y politizada. Será tiempo de nuevas y más profundas luchas.

El Ciudadano
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