TrumpCambio de escenario global, ingreso en un nuevo ciclo histórico de larga duración, alteración de los actuales paradigmas, fin de la globalización. Podríamos pensar también, y ya más de algún observador y analista lo ha esbozado, que hemos entrado en una etapa que ya no responde a lo conocido. Pero, incluso, podemos ir más lejos: si ya el mundo era un lugar inquietante, incierto y peligroso, lo que nos depara el futuro a partir de la noche del martes 8 de noviembre será mucho peor.

Todas estas miradas son, sin duda, preocupantes, especialmente por proceder desde importantes pensadores y académicos, quienes han comenzado a perfilar a partir del triunfo de Donald Trump cambios que, hasta el momento, no estaban en la agenda política económica mundial.

La próxima llegada a la Casa Blanca de Trump tampoco ha sido bien recibida por la clase política chilena, que apostaba de forma unánime por Hillary Clinton y la continuidad de las políticas globalizadoras. Aun cuando no está anunciada de manera formal, sin embargo sí está considerado en sus medidas más inmediatas, las políticas de creación de empleos de Trump incidirán en las relaciones económicas internacionales cuyos efectos pueden conducir al fin de la globalización tal como hasta el momento ha sido conducida. El fin del TPP es una clara señal del inicio de este repliegue, por lo cual es posible que se generen en el futuro guerras comerciales y se levanten barreras proteccionistas, dando inicio a una nueva etapa marcada por muy distintas relaciones económicas y políticas.

Sólo este punto, en muchas otras transformaciones posibles y que sólo aquí mencionaremos (desde la construcción del muro en la frontera con México, el discurso machista y racista, la deportación de inmigrantes ilegales, la suspensión de contribuciones financieras a la OTAN, el cambio de visión ante el calentamiento global o un eventual acercamiento a la Rusia de Putin) tendrá importantes incidencias en la política y la institucionalidad chilena, moldeada desde hace más de dos décadas detrás del discurso neoliberal extremo desarrollado desde los años 80 por Ronald Reagan y Margaret Thatcher e instalado por la dictadura.

Esta construcción, compartida a nivel de consenso sagrado por todas las elites que han gobernado Chile, se ve amenazada primero con el discurso de campaña del presidente electo de Estados Unidos y, con toda seguridad, con la aplicación a partir del próximo año de sus medidas. El andamiaje neoliberal sobre el cual se ha colgado no sólo la economía chilena sino toda la institucionalidad tiene buenas posibilidades de venirse abajo.

Trump ha canalizado y recolectado lo que hace más de una década Joseph Stiglitz llamó “el malestar de la globalización”, incomodidad que hoy en EE.UU. como en tantas otras latitudes, Chile incluido, ha devenido en una abierta indignación. Los globalizadores, como todo el establishment especulador y financiero, han creado un mundo de contrastes extremos, con niveles de riqueza y desigualdad no observados en la historia económica contemporánea. Desempleo, precarización de los trabajos, pérdidas de derechos, mercantilización de servicios básicos como salud y educación han perfilado una sociedad deteriorada controlada por unas elites políticas poderosas y corruptas.

Este es el contexto global, por cierto con una especial presencia y énfasis en Chile, que tenderá a derrumbarse a partir de las políticas del millonario estadounidense. Lo que venga, es altamente incierto y probablemente se inscriba en un escenario de fuertes pugnas por el control del poder político y económico. En este sentido, creemos que aquellas teorías que observan el inicio de un nuevo ciclo histórico de larga duración, como lo sostiene el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein, apuntan a su confirmación. Una transformación estructural en el modo de producción capitalista, cuya mutación, si bien será diferente, no necesariamente sería mejor para la humanidad. Una transformación en que la fuerza de las organizaciones sociales de base y territoriales será fundamental para que este cambio no derive en una nueva vuelta de tuerca en favor de las actuales o futuras elites.

Nuestro país se inscribe y será parte de este proceso. Quienes sin duda no serán parte son las elites chilenas y sus políticos, cooptados por los poderes fácticos y económicos y cuya naturaleza y esencia ha sido el modelo liberal que ha usufructuado de la globalización. Ese discurso y esas propuestas ya son parte de la historia. Los Lagos o los Piñera son parte de aquella lamentable historia de contrastes, oportunismos y desigualdades.

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