Los medios de comunicación han pasado a ser actores políticos activos y beligerantes. Desde hace un tiempo, aun cuando podemos citar excepciones como el golpista El Mercurio durante el gobierno de Salvador Allende, han pasado a ocupar un lugar en la trinchera ideológica. Aquella construcción histórica de la prensa “objetiva”, “neutral”, “informativa” o “institucional” ha dado paso en tiempos de redes sociales y otras comunicaciones digitales a una prensa partisana. Los casos abundan y no sólo en Venezuela.

En el caso chileno, que apunta a este mismo horizonte, hemos tenido una experiencia diferente que está a punto de terminarse.  Los gobiernos de la Concertación gobernaron durante veinte años observados día a día por los medios del duopolio. Mirada incómoda en un comienzo, que con el tiempo terminó siendo la propia. La Concertación se adaptó en pocos años a la visión del mundo de la prensa dominante.

El proceso tuvo al menos dos líneas. Por un carril, el desmantelamiento vía leyes del mercado de toda la prensa independiente, desde revistas a diarios, método indirecto y menos conflictivo que la abierta censura o mordaza. El modelo neoliberal también se adaptaba y muy bien a los medios de comunicación. Sin la expresión crítica de las organizaciones sociales, con la izquierda silenciada y arrinconada en aquellos años, el trabajo continuó en el duopolio. Los viejos medios conservadores y golpistas convertidos desde entonces en la voz de la transición. Nada era más natural y objetivo que un editorial o las páginas sociales de El Mercurio.

Los distintos gobiernos de la Concertación se adaptaron a la estructura binominal tanto en el ordenamiento político como en el mediático. La buena relación que gozaron esos gobiernos con el duopolio ha sido también la expresión de la inmejorable cercanía que tuvieron no sólo con sus pares de la otra cara del binominal sino del establishment económico, mediático y hasta militar. La historia de la Concertación no puede separarse de este íntimo acercamiento con el poder económico y todas sus extensiones.

Esta cercanía, que ha sido también fusión ideológica y cultural, mansedumbre ante las elites tradicionales y las de rápido ascenso, fue permanentemente aplaudida por aquellas mismas cúpulas. Una familiaridad binominal que de haber sido en sus inicios diariamente vigilada y evaluada por el duopolio, pasó a ser aplaudida y difundida. Con una prensa independiente arrinconada o desaparecida, la única voz del duopolio fue también la verdad política. La Concertación no dirigió sus acciones durante esos veinte años para la directa evaluación de su electorado, sino para ablandar al duopolio. Podemos afirmar sin grandes riesgos que esta coalición le tuvo más temor a El Mercurio que a sus electores. Así fue hasta el 2010.

Dejemos de lado el interregno del gobierno de Sebastián Piñera. La llegada de los reformistas de la Nueva Mayoría al gobierno el 2014 nos demuestra la primera afirmación: la máscara de “objetividad” se cae desde las primeras reformas de Michelle Bachelet. Los medios impresos, el duopolio, no le da tregua a Bachelet hasta levantar a Piñera como solución neoliberal. Un proceso que se estrella con los resultados de la primera vuelta, con la baja votación del empresario, la emergencia del Frente Amplio y el quiebre de los centros.

Ante la Segunda Vuelta, Alejandro Guillier sólo tiene espacio hacia el Frente Amplio y la izquierda tras el quiebre interno y la fragmentación de la Democracia Cristiana. La búsqueda de este elector se hace con el tiempo en contra, con la asimilación de las demandas sociales, como el CAE y las pensiones, hasta un aumento en el volumen del discurso. Guillier ha sacado la voz, un rugido que ha espantado a los empresarios, representantes de las elites y grupos de control. “Les meteremos la mano en el bolsillo a quienes concentran el ingreso, para que ayuden a hacer patria alguna vez, protegiendo a su juventud”, dijo Guillier en un acto en Concepción desatando la reacción del primer multimillonario chileno y el coro despavorido de las elites a través de sus medios.

Hace diez o cinco años atrás una declaración como esa hubiera sido impensable. No sólo por las políticas de los consensos, sino por la cultura de la transición que puso en el lugar más destacado de la institucionalidad y los valores chilenos su modelo económico. Hoy, tras los casos de colusión, la contaminación a destajo, las tasas de interés usureras, la compra de políticos por parte de las empresas, la depredación de los mares, los carteles en la salud, el lucro en la educación y un largo etcétera, la cultura empresarial neoliberal sólo suscita molestias. No logra reaccionar ante las demandas ciudadanas, ante la emergencia del Frente Amplio, ante el giro, alguien dirá populista, de Alejandro Guillier. La prensa afín está pasmada. Hasta este momento.

Un eventual, y muy posible, triunfo de Guillier este domingo 17 de diciembre sin duda que desatará los temores atávicos de la derecha a la ciudadanía. Pero ante la estrecha campaña, ante la ausencia de sondeos honestos y confiables, es probable que esta semana asistamos a un cambio radical en las estrategias de la derecha, que ve con horror no sólo como el gobierno se les va de las manos, sino, y lo que es mucho peor para sus intereses, el modelo de libre mercado. En este escenario, no nos resultaría extraño que asistamos esta semana a todo tipo eventos amplificados por la prensa corporativa. La teoría del cisne negro se refiere a aquellos sucesos inesperados de gran magnitud en la historia, y cuyos efectos juegan un papel más destacado que los eventos cotidianos. Un accidente, un atentado, la revelación de una verdad oculta, una declaración o acción política explosiva pueden alterar el curso de la historia. En especial en una semana en que viviremos bajo altas presiones.

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