Gabriela Cabezón Cámara nació en Buenos Aires en 1968. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Su primera novela, La Virgen Cabeza (Eterna Cadencia, 2009) fue finalista del Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón y contó con una gran recepción por parte de la crítica y el público.

Foto: Magdalena Siedlecki

En esa dirección, pocas voces captaron un interés tan grande y fiel como la de Cabezón Cámara en la literatura trasandina y en varios países de la región. La reciente aparición de  Las aventuras de la China Iron (Random House, 2017) no hace más que reafirmar su estilo particular y su talento narrativo para tratar con temas que para muchos otros pueden plantear una gran dificultad a la hora de encararlos: la sexualidad, los oprimidos y el costado poco visible de la historia nacional.

Dudo que generaciones anteriores hayan podido ver la problemática de género, salvo excepciones como Copi o Perlongher, que eran cabezas corridas del lugar.

En este libro, logra entremezclar distintas problemáticas que envuelven el universo literario de Cabezón Cámara y que se puede resumir en la figura de los excluidos. Todas las personas que nunca salían en las fotos oficiales -salvo en las crónicas policiales de los diarios- tienen su redención en la literatura de esta autora, incluso en la difícil tarea de extender los límites de la fálica historia nacional de los distintos países latinoamericanos.

En esta entrevista con El Ciudadano, la reconocida autora argentina habla de su visión sobre la lucha feminista, la presencia de voces potentes de autoras y la influencia que autores chilenos como Pedro Lemebel y Roberto Bolaño tuvieron en su escritura.

– Las aventuras de la China Iron puede parecer a priori un plan ambicioso donde se mezcla la historia nacional, Martín Fierro y una historia de amor entre dos mujeres en el siglo XIX. ¿Cómo surgió el primer germen?
– Había leído mucha literatura gauchesca en un momento y me dí cuenta que no había ningún punto de vista de una mujer, por lo que me pareció interesante indagar por ese terreno. Después se fue dando todo más naturalmente, que también tiene que ver con mi forma de vida y mis opiniones políticas. Releer el Martín Fierro es releer un poco la historia de Argentina, porque José Hernández muestra ese personaje humillado hasta el hartazgo y después quebrado hasta pedir auxilio, donde no tiene nada de esa libertad anterior. Todo eso es en paralelo a la consolidación de la patria y la adquisición del modelo latifundista. Es todo muy triste en definitiva…

Foto: Magdalena Siedlecki

– En esa dirección, el libro evidencia la cantidad de sangre que se usó para fundar el concepto de patria, y ahí entran los gauchos, los pueblos originarios y también el rol de la mujer.
– Para hacer un desierto en la patria había que matar a un montón de gente, porque no había un desierto. Si bien mi propósito no fue ponerme a contar cuántos muertos costó este modelo de mi país, si vas a contar el momento de consolidación de esa forma, es muy difícil no contar algo de sus costos. Por más que no es el tema principal del libro, es imposible que no aparezca. No sé si habrá algún país que no se haya construido sobre un montón de sangre, pero este seguro que sí.

– ¿Ves que esas problemáticas están incluidas en la literatura argentina? ¿O todavía siguen haciendo algún tipo de ruido?
– La literatura ya no hace ningún tipo de ruido, sin importar lo que escribas. Podés hacer una novela donde Mauricio Macri haga cocinar a un bebé recién nacido y no pasa nada. Pero si hicieras una película o una serie con eso, te matan o te prenden fuego todo. Pero en la literatura no, porque ya no produce ningún ruido, lamentablemente. Con respecto a lo anterior, dudo que generaciones anteriores hayan podido ver la problemática de género, salvo excepciones como Copi o Perlongher, que eran cabezas corridas del lugar.

Lemebel en cierto modo es una condensación de Copi, Perlongher y él mismo, de loca santiaguina. En ese neobarroco, en esa furia, en lo colorido de su obra, en esa manera de no tranzar con una manera de escribir hegemónica, que es la norteamericana.

– Además de Perlongher y Copi, también solés nombrar a Pedro Lemebel entre autores que te sirven de influencia, ¿no?
– Sí, claro. Lemebel en cierto modo es una condensación de Copi, Perlongher y él mismo, de loca santiaguina. En ese neobarroco, en esa furia, en lo colorido de su obra, en esa manera de no tranzar con una manera de escribir hegemónica, que es la norteamericana. Todo lo que se traduce, lo que se vende, va por ese lado, pero Lemebel se resistía a eso heroícamente.

– ¿Pensás que ese tipo de autores abrieron un poco el terreno para que nuevas generaciones se sientan más cómodos a la hora de tratar temas marginales?
– Siempre hubo gente haciendo cosas muy interesantes, pero ellos abrieron un camino junto a Susana Thénon o algunos poemas de Alejandra Pizarnik. Todo eso rompió un molde y ayudó a pensar el mundo desde otra voz que no sea la del varón heteronormativo. Había sujetos hablando que estaban parados en otra parte. Acá en Latinoamérica pasó con el llamado boom latinoamericano, donde no figuraban ni mujeres ni escritores diversos.

– En relación a eso, últimamente se está hablando de una suerte de boom latinoamericano encabezado por autoras mujeres, ¿cómo ves ese fenómeno?
– Sí, lo veo en Selva Almada, Mariana Enríquez, Samanta Scheblin en Argentina por ejemplo. Hablar de un “boom” es inventar algo, siempre, e implica hacer un recorte más que arbitrario. Sin embargo, la visibilidad que tienen autoras mujeres, ocupando lugares privilegiados en entrega de premios es muy fuerte, no es algo muy común y que evidentemente no pasaba en los 60’s o 70’s, que hacía que muchas mujeres no fueran leídas.

– ¿Por qué creés que pasa eso?
– Es una mezcla de varias cosas: los lectores ya no discriminan por género, la crítica va en esa misma dirección y a las editoriales ya no les causa temor publicar a una mujer o no. En ese sentido el mundo literario avanzó bastante. Después, de todas formas, vas a revisar en canon literario, son casi todos hombres de determinada clase social. Vamos por buen camino igual, creo, por más que sigue existiendo una fuerte disparidad.

Hablar de un “boom” es inventar algo, siempre, e implica hacer un recorte más que arbitrario. Sin embargo, la visibilidad que tienen autoras mujeres, ocupando lugares privilegiados en entrega de premios es muy fuerte, no es algo muy común y que evidentemente no pasaba en los 60’s o 70’s, que hacía que muchas mujeres no fueran leídas.

– El momento político y social que se está viviendo en el país con respecto a la violencia de género, ¿influencia en la producción literaria?
– No lo sé eso. Ayuda a dar visibilidad contra las mujeres, las travestis y las trans, pero no sé si en la literatura incide en algo. Pienso y el texto más fuerte que leí sobre femicidios es el de Roberto Bolaño en 2666. Eso fue antes y Bolaño nunca se enteró de todo esto.

– ¿Qué es lo que te impactó particularmente de ese libro?
– De todos los procedimientos que él podía elegir, el de acumulación fue muy acertado. Y eso que es muy difícil, porque la acumulación es infinita, por lo que cómo decidís cuándo terminar. Eso produce un gran impacto cuando terminás el libro.

– ¿Cómo ves el movimiento feminista actual?
– Todas las reivindicaciones mías en la sociedad son más de izquierda, como el aborto legal y libre, con el cual hay una gran hipocresía porque mañana van a abortar mujeres por más que sea ilegal e, inclusive, aquellas que dicen estar en contra. Las dificultades que tienen las mujeres para, por ejemplo, conseguir una abogada ante un caso de abuso y violencia son muchos. Del movimiento feminista también destaco que todo se decida en asambleas, que no tenga líderes reconocibles. De todas formas, en Argentina se está dando un nuevo fenómeno de empobrecimiento y todo eso termia recayendo en la mujer, que absorbe más tareas y el maltrato de hombres que se sienten frustrados.

Pienso y el texto más fuerte que leí sobre femicidios es el de Roberto Bolaño en 2666. Eso fue antes y Bolaño nunca se enteró de todo esto.

– Tanto con este como en tus otros libros, sobre todo en La Virgen Cabeza, lo marginal en un sentido amplio (género, clases sociales, minorías) ocupan un lugar central. ¿Es la temática que más te provoca a escribir?
– Yo soy parte de esos márgenes, por lo que no veo el por qué hacer el esfuerzo de escribir como Vargas Llosa, en el sentido de tener que impostar algo que a mí no me interesa hacer. Prefiero moverme dentro de lo que a mí me resulta más vital y más vibrante, que es esa parte marginal que en definitiva, de una manera u otra, es la mayor parte de la población. Por ejemplo, si hablamos de las clases populares, es donde la lengua está más viva y cambia con mayor rapidez. Lo más vital del mundo está siempre en lo marginal.

– En Las aventuras de la China Iron se puede ver la evolución de la protagonista a nivel político en el sentido de su forma de ver las cosas, cómo se posiciona con lo que pasa. ¿Fue algo que controlaste o fue sucediendo solo?
– Fue sucediendo un poco, yo quería escribir una novela imperialista en tono de chiste, pero no me pareció hacer una novela entera con un chiste. Entonces seguí y el personaje va cambiando y se acerca más a la posibilidad de construir un mundo más feliz, más grato.

Hay que tenerse fe y paciencia. A todos nos parece horrible lo que escribimos al principio, por eso es importante salir del soliloquio. Después está lo obvio: leer mucho y escribir, aunque te parezca que todo está escrito o ya está hecho.

– Eso también sucede con el personaje de la inglesa, ¿no?
– Sí, le pasa a las dos, que se van entusiasmando con la cuestión psicotrópica del lugar donde viven y una concepción del trabajo mucho más humana, donde todos pueden trabajar menos y vivir más o menos bien. Es central la idea de una vida donde tenga lugar el juego y la libertad sexual.

– Por último, para alguien que quiere empezar a escribir, ¿qué consejo le podrías dar?
– Que se consiga amigos que también escriban, porque si no charlás con nadie sobre lo que escribís es muy difícil de sostener, pero si sabés que cada uno va a leer lo que escribe dentro de 15 días, ayuda a ponerte plazos y a ordenarte. También hay que tenerse fe y paciencia. A todos nos parece horrible lo que escribimos al principio, por eso es importante salir del soliloquio. Después está lo obvio: leer mucho y escribir, aunque te parezca que todo está escrito o ya está hecho.

Por Gustavo Yuste, desde Argentina
@gusyuste

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