La detención del expresidente Lula da Silva del pasado viernes dejó a Brasil profundamente conmocionado. Algunos expertos consideran que fue “ilegal” y la tildan de operación mediático-judicial articulada desde la derecha, en otro intento más de desestabilizar el país.

Para comprender los cambios políticos que el país ha vivido en los últimos años y lo que podría enfrentar Brasil en el año en que será el anfitrión de los Juegos Olímpicos 2016, El Ciudadano conversó con el Doctor en Ciencias Sociales y profesor de Ciencia Política de la Facultad de Derecho de la Universidad Estácio de Sá (Brasil), Fernando de la Cuadra.

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Tras los hechos ocurridos en los últimos días con el exmandatario Lula, ¿podemos hablar de una polarización política de los brasileños y brasileñas?

Sí, efectivamente. El país se encuentra bastante polarizado, con fases de menor o mayor intensidad en los enfrentamientos, con un alto grado de conflictividad en muchos casos, por ejemplo la que hubo durante la campaña para las elecciones de 2014, en la que fue reelecta Dilma Rousseff.

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Lo desconcertante de esta polarización para un observador de la política brasileña es que es bastante artificial. El proyecto que viene impulsando el PT y los partidos de la base aliada desde hace 13 años no es radicalmente diferente de las propuestas del Partido Social Democrático Brasileño (PSDB), liderado por Fernando Henrique Cardoso. Es decir, son políticas, planes y proyectos que se enmarcan dentro de un ciclo socialdemócrata imperfecto, en el cual se despliegan un conjunto de acciones en el plano asistencialista y de protección social que buscan crear mayores condiciones de igualdad y justicia social entre los brasileños.

No hay nada en el programa del PT de esencialmente revolucionario o anticapitalista. Sin duda los esfuerzos de inclusión del PT en estos 13 años de gobierno son más significativos y profundos que los del período anterior, pero nada que permita sostener que ellos representan una transformación sustantiva del patrón de desarrollo imperante en Brasil en los últimos 30 años, o sea, desde el fin de la dictadura cívico-militar.

Dilma Rousseff también ha sufrido un fuerte desgaste por el supuesto enjuiciamiento político que el diputado Eduardo Cunha impulsó por, según dijo, aumentar ilegalmente el gasto público. Ahora la presidenta tiene un porcentaje de aprobación muy bajo. ¿Serán necesarios nuevos liderazgos para que el PT pueda enfrentar exitosamente las elecciones de 2018?

Bueno, en primer lugar el pedido de impeachment fue solicitado por tres juristas y el papel de Eduardo Cunha, como presidente de la Cámara, fue solamente el de dar curso a dicha solicitud. Este pedido se encuentra en una etapa en la cual se debe conformar la Comisión que juzgue los méritos de la solicitud y aprobar o rechazar y archivar dicho pedido.

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Por otra parte, pienso que el PT no sólo necesita nuevos liderazgos sino que fundamentalmente necesita urgentemente reflexionar sobre la propuesta que le ofrece al país y a los sectores más desfavorecidos. Lamentablemente el PT, que fue fundado para hacer una política diferente, sustentada en una nueva ética y compromiso con lo popular, se fue desperfilando a lo largo del tiempo, sobre todo cuando asumió el gobierno. Ahí se dio inicio a un proceso de burocratización, lucha por el poder y descomposición de sus principios originales, lo cual fue profundizado por los casos de corrupción que comenzaron a surgir de forma frecuente. Eso significó una desmoralización severa de la militancia original y reiterados fraccionamientos y/o salidas de figuras emblemáticas del partido, como Heloisa Helena, Marina Silva, Chico Alencar, Leandro Konder, Marta Suplicy, entre otros.

Nuevos liderazgos son necesarios, pero insisto, ellos deben venir acompañados de una reingeniería partidaria y de una renovada propuesta que recupere algunos de los elementos ético-políticos que se encuentran en los orígenes del PT y que fueron quedando en el camino a manos de una pretensa política pragmática, de alianzas espurias y de la obtención de resultados por sobre los compromisos que se desprendían de sus bases programáticas.

Desde el oficialismo siempre se habló de una estrategia de la derecha para desestabilizar el gobierno. ¿Cuál es su mirada sobre eso?

La derecha se ha empeñado desde la derrota en las últimas elecciones en hostigar permanentemente al Gobierno, pero la disminución del apoyo popular a la figura de Lula no es solo producto de la campaña de desprestigio difundida por la oposición y vehiculada por la “prensa burguesa”. El problema es más profundo. Las relaciones sospechosas entre el PT, Lula y los empresarios son de larga data. Existen serios indicios de que las propiedades que compró el ex presidente Lula en Atibaia (dos parcelas de agrado) y en el balneario de Guarujá (un penthouse triplex) fueron en gran parte producto de propina recibida por empresas contratistas (OAS y Odebrecht) que se adjudicaron contratos millonarios durante su mandato.

Para el Ministerio Público Federal existen pruebas convincentes de que Lula recibió recursos significativos por parte de estas empresas para proceder a la compra de estos bienes. Fuera de eso, empresas de transportes, telefonía, comunicaciones, etc. han favorecido a Lula y su familia desde la época en que él ocupaba el cargo de presidente.

Si la situación se observa de manera maniqueista, en blanco y negro, cualquier crítica que se haga a Lula, por más sutil que sea, parece que proviene desde el lado de la reacción. Pero si observamos el panorama con cierta distancia y objetividad, lo cierto es que Lula ha incurrido en prácticas sospechosas, de falta de probidad y de otorgamiento de favores. Puede ser procesado por estos y otros delitos que probablemente surgirán en el futuro. Sin embargo, valga aclarar que este no es un problema exclusivo de Lula y del PT sino que representa una tragedia transversal a toda la clase política brasileña, con muy raras excepciones.

¿Será Brasil el próximo país de la región latinoamericana (después del parlamento venezolano, Argentina,) en girar hacia la derecha?

Es difícil saber, aunque no se puede descartar esta posibilidad. En un primer escenario podemos pensar que lo que sucedió en estos países que mencionas no va a ocurrir en Brasil. Ello se debe a que pese a todos los problemas, este país se transformó en los últimos años y en este proceso de cambio muchas personas salieron de la pobreza gracias a los programas de transferencia directa de renta por parte de los gobiernos del PT. Algunos calculan que son aproximadamente unos 30 millones de personas. Eso mantiene una base de apoyo electoral que puede estar expectante y silenciosa en estos momentos debido a la profunda crisis económica, pero que puede resurgir con fuerza en momentos de contienda electoral.

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Por otra parte, la campaña contra la administración del PT y su incapacidad de gobernar puede penetrar la mentalidad de los electores e inclinar la balanza a la hora de sufragar. Especialmente si la oposición es capaz de presentarse como una salida a la crisis y enarbolar las banderas del “cambio” después de 16 años continuados de hegemonía lulista. Para responder con mayor certeza esta pregunta, es necesario acompañar los acontecimientos por venir y el epílogo que pueda tener el gobierno de Dilma Rousseff. Todavía existe una gran incógnita sobre esta cuestión.

¿Qué rol puede jugar un evento como el que acogerá este año el país, los Juegos Olímpicos de 2016, para superar la imagen de desencanto que se instaló en el país suramericano?

Pienso que los Juegos pueden hacer muy poco. En gran parte porque la sensación de desencanto que se instaló en el país es demasiado profunda para que unos Juegos realizados en situación de crisis económica, desempleo, carestía galopante, inestabilidad laboral, corte de gastos sociales, violencia desatada, retroceso en muchas conquistas laborales, etc., puedan llegar a tener algún impacto positivo en la subjetividad de los brasileños. Al contrario, el riesgo es que aprovechando las cámaras y la difusión internacional de un evento de esta magnitud, los ciudadanos aprovechen para salir a protestar a las calles, tal como lo hicieron durante la Copa de las Confederaciones en junio de 2013.

En ese sentido, los juegos pueden desempeñar un papel contraproducente, es decir, que ante la belleza plástica de los atletas y sus logros olímpicos, las personas perciban este contraste como una agresión, con sus vidas cada vez más dominadas por la batalla diaria por la sobrevivencia y las promesas de un mundo mejor. Promesas que indudablemente se encuentran comprometidas por la propia crisis, que deberá continuar por lo menos un par de años. Lamentablemente pienso que el escenario no es el más apropiado para vitorear a los ídolos del deporte y sí, en cambio, para expresar la rabia y el malestar contenido por muchos años de frustración y miseria. Espero sinceramente estar equivocado en mis predicciones.

Meritxell Freixas

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