La dictadura cívico militar que tuvo lugar en Argentina entre los años 1976 y 1983 todavía dejan marcas en la sociedad. Con el descubrimiento del horror de los crímenes cometidos, la sociedad guardó durante la década de los 90’s un incómodo silencio propiciado por el indulto firmado por el entonces presidente Carlos Ménem y es por eso que libros como Ni el flaco perdón de Dios (Planeta, 1997/2017) resultaron imprescindibles para colaborar con la memoria de un pueblo que seguía diciendo Nunca Más.

Ni el flaco perdón de Dios, hecho en conjunto por el poeta Juan Gelman y la psicóloga Mara La Madrid, se encargó de recuperar las historias de los hijos de desaparecidos, al mismo tiempo que añadió los testimonios de referentes en la lucha por la Memoria, Verdad y Justicia en Argentina, como lo son Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Sin embargo, el propósito de este libro -clave para entender el horror del final del siglo XX en el continente- fue dar voz a aquellos hijos que crecieron con padres desaparecidos por una dictadura genocida.

Luego del fallecimiento de Gelman en 2014, su compañera en este libro y en los últimos 45 años de su vida, visita Argentina para presentar la reedición de este libro fundamental en el proceso de Memoria Verdad y Justicia. Leé la entrevista para El Ciudadano, a continuación.

– Después de 20 años, siempre es especial volver a un libro y sobre todo en el caso de Ni el flaco perdón de Dios que es tan significativo para la historia de Argentina como para la tuya persona. ¿Cómo viviste ese proceso de reedición?

– Volver a este libro me agarró ya sin Juan, que murió en el 2014. No hubo una reescritura del libro, sino un agregado de epílogo y prólogo hecho por mí, que me daba un poco de miedo porque yo no soy ni escritora, ni periodista. Es más, ese prólogo lo escribí sin releer el libro, utilicé mis memorias. Ahora sí lo estoy releyendo.

– El libro fue publicado en un momento muy particular, donde todavía era efectivo el indulto firmado por Carlos Menem y hoy, 20 años después, esa perspectiva cambió. De hecho, recientemente las Abuelas de Plaza de Mayo dieron a conocer la restitución del nieto 122. ¿Qué recuerdos tenés de esa época?

– Ya existían Madres y Abuelas, los progenitores por decirlo de alguna manera. La irrupción de H.I.J.O.S fue realmente una voz nueva y la tomamos como eso, el surgimiento de una voz más. Nos parecía algo extraordinario, además las cosas que decían en la prensa eran muy interesantes. A eso le quisimos dar voz.

La irrupción de H.I.J.O.S fue realmente una voz nueva y la tomamos como eso, el surgimiento de una voz más. Nos parecía algo extraordinario, además las cosas que decían en la prensa eran muy interesantes. A eso le quisimos dar voz.

– ¿Cómo definirías a este libro?

– Ese libro yo lo calificaría como un “invento desesperado”, porque acababa de morir mi hija mayor de un cáncer fulminante y con Juan se nos ocurrió, después de leer en Página /12 sobre la formación de H.I.J.O.S, hacer este libro. En un reportaje habíamos leído que desde la organización buscaban “hacer el duelo de manera pública” de sus padres, que no quedara en la esfera de lo privado. Eso es lo que nos convocó, porque pensábamos lo mismo con Juan. Nosotros pusimos la única condición de que quien quisiera sumarse a ese libro, nos tenía que llamar para coordinar una cita. En el camino, Juan tuvo la idea de contextuar, por lo que entrevistamos a periodistas y referentes de los organismos de Derechos Humanos, como Hebe de Bonafini, Nora Cortiñas, Horacio Verbitsky. Pero como te decía antes, fue un invento porque no teníamos un plan previo.

– ¿En qué momento decidieron tanto Gelman como vos, correrse del libro y dejar que sean los testimonios en estado puro, sin sus preguntas?– Nada fue premeditado, ni teorizado. Este libro quería mostrar, no demostrar, no están ahí incluidas nuestras teorías y prejuicios. Esa fue una muy buenas decisión, con Juan nos queríamos mucho e hicimos tantas cosas en esos 45 años. Nuestras locuras y rarezas articulaban bien.

– ¿Cómo fue encarar este libro teniendo en cuenta tanto tu historia personal con la última dictadura cívico militar, como la del propio Gelman?

 Juan nunca se consideró una víctima, suele ser un invento del periodismo eso. Él pensaba que las únicas víctimas de su historia personal eran Marcelo y María Clauda. Ni a Macarena la consideró como una víctima, y yo estoy de acuerdo con su postura. Yo también tuve que salir al exilio en esa época, aunque efectivamente no me desaparecieron ningún familiar, pero sí compañeros militantes. Nunca estuve encuadrada en organizaciones ni conducciones, pero sí me tocó mucho esa historia. Sin embago, tanto Juan como yo encaramos ese libro en calidad de ciudadanos.

– ¿Tu profesión de psicólocoga no estuvo presente en el proceso de armado de Ni el flaco perdón de Dios?

– No, de ciudadana únicamente. Ni siquiera como ciudadana argentina, por más que mi pasaporte sea argentino. La ciudadanía quiere decir otra cosa: los valores asociados a la polis.

Ustedes agarraron al organismo en su formación. Hoy en día, hay muchos hijos de desaparecidos ocupando cargos políticos, como es el caso de Juan Cabandié, Victoria Donda u Horacio Pietragalla. ¿Ustedes veían ese futuro de dirigentes?

– ¿Y a quién le importa la dirigencia? (risas) A nosotros no nos importaba para nada eso. Juan era poeta y yo practico el psicoanálisis, que no tiene nada que ver con el poder y la dirigencia. Lo nuestro eran posiciones subjetivas, enunciaciones, posiciones. Eso es lo interesante del libro, su riqueza es mostrar posiciones enunciativas muy distintas que formaron ese momento. Es un libro que tiene que ser fechado, que se escribió en entre el 95′ y el 96′.

Recuerdo que cuando vinimos a presentarlo tuve una sensación bastante desagradable por el machismo y xenofobia argentina, porque muchos creían que yo era mexicana y me trataban como se suele tratar a los demás latinoamericanos desde la “Europa sudamericana”

– En relación a esa época y la fecha del libro, no había muchos espacios para poder contar esas historias. Este libro aportó testimonios claves en un momento clave, ¿creés que con la postura del gobierno de Mauricio Macri sobre la última dictadura cívico militar, este libro cobra aún más importancia?

– Lo dirán los lectores o los periodistas como vos. Efectivamente en ese momento imperaba la teoría de los dos demonios, pero tampoco lo hicimos para discutir eso, fue otra cosa: una combinatoria de duelos. No había una premeditación, por eso uso mucho la palabra invención, porque además el libro tuvo una especie de vida propia. Hasta si querés éramos unos chantas desorganizados (risas) que no teníamos plan previo y el libro se fue armando solo. Si hoy, 20 años después, alguien como vos u otra gente joven llega a la conclusión de su importancia en el gobierno de Macri, será algo que definirán los lectores.

– Para ir finalizando, ¿qué recuerdos te quedan del momento de armado de este libro?

– Todas las historias que figuran en Ni el flaco perdón de Dios me tocan mucho. Recuerdo que cuando vinimos a presentarlo tuve una sensación bastante desagradable por el machismo y xenofobia argentina, porque muchos creían que yo era mexicana y me trataban como se suele tratar a los demás latinoamericanos desde la “Europa sudamericana”. También me viene a la cabeza la importancia que tuvo este libro para Juan y para mí, fue atravesar duelos terribles a través del hacer y no del sufrir. Fueron noches largas de estar con Juan de hacer e inventar juntos, es algo que me vuelve de manera fuerte. Además que es algo que nos catapultó a encontrar a Macarena.

– ¿El libro pudo ayudar en la restitución de la identidad de Macarena?

– Al presentar el libro en Argentina, estuvo Juan en el candelero por un tiempo y él siempre decía que estaba buscando a una nieta o nieto. Alguien, de muy buena fe, se nos acercó a decirle que podía tener una pista y que era igual a la nuera de Juan. Eso nos llevó a ponernos en contacto con abogados, periodistas, buscar partidas de nacimiento. Eso nos llevó a nada, porque no era la nieta de Juan, pero sí nos motivó a emprender la búsqueda por nosotros mismos. Me acuerdo que una noche, sentados en nuestra casa en México, le dije: “Juan, ¿por qué no lo hacemos por cuenta propia? Investigar nosotros y hacer borrón y cuenta nueva”. Así empezamos de cero, pero un cero que no era tan cero.

-¿En qué sentido?

Ya sabíamos a dónde se habían llevado a María Claudia, y eso es un gran comienzo. Muchas familias no tienen ese dato clave, pero nosotros sí. Ahí empezamos a investigar desde México, así que sin Internet no la hubiéramos encontrado. Estuvimos tres años averiguando y casi a fines de 1999 tuvimos un dato que nos pasó una vecina de Montevideo. Como ya teníamos un gran mapa armado de fechas, lugares y datos, pudimos estar 99% seguros que esa chica podía ser la nieta de Juan. Ahí viajamos al Uruguay y logramos encontrarnos. Ella le preguntó a Juan: ¿Y qué seguridad tenés de que soy tu nieta?. Y ahí le respondimos que el 99%, que el 1% lo tenía que aportar ella con la prueba de sangre. Ella accedió de inmediato, y eso se lo debemos a su mamá de crianza, que fue la que desde el momento en que se enteró de nuestra búsqueda, le dice que ella no era su madre natural. Con eso nos demostró que sí la quería, que era su hija aunque no lo fuera.

Por Gustavo Yuste, desde Argentina
@gusyuste

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