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Me costaba respirar, quizás porque no estaba acostumbrado ni preparado para enfrentarme a los -7° celcius de temperatura que me recibieron, cuando llegué en medio de la madrugada hasta Uyuni en Bolivia. Nunca había estado ahí, pero sí mi novia que se ofreció para acompañarme en esta nueva aventura, sin embargo, ella siendo suiza estaba mucho mejor preparada que yo para soportar climas extremos de frío y nieve.

Por lo menos en eso pensaba cuando caminábamos por la pequeña ciudad esperando que saliese el sol, compartiendo con algunos de los turistas que llegaban en hordas para invadir el salar del pueblo y su tranquilidad, alterada irremediablemente con los primeros rayos de luz. Silencio roto  por la cantinela que repetían los lugareños cual si fuese un mantra: “Uyuni salt flats, Uyuni salt flats”.

Los gringos se montaban a las camionetas de los operadores turísticos y desaparecían en la nada para volver con esas fotos donde juegan con las proporciones y distancias en medio del desierto de sal más grande del planeta, el mismo que contiene las mayores reservas mundiales de litio del mundo. Pero ese no era nuestro destino, sino que debíamos llegar hasta Quetena.

No es fácil llegar hasta esta localidad boliviana enclavada sobre los 4 mil metros de altura en el sur del Departamento de Potosí, lugar donde se encuentran las Aguas del Silala, recurso hídrico actualmente en disputa legal con Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Sin embargo, como periodista de El Ciudadano, quise ver con mis propios ojos la naturaleza de los manantiales como les llaman en Bolivia, o del río, como le dicen en nuestro país ubicado en la frontera.

El primer problema es que no existe locomoción directa para acceder hasta Silala, ni mucho menos caminos explícitos por donde desplazarse, por lo que me vi en la obligación de arrendar una camioneta todo terreno que pudiese soportar horas y horas de camino, así como también tuve que contratar un guía, un campesino viejo de aspecto taciturno llamado Juan, antiguamente pastor de grandes rebaños de burros salvajes en los descampados fronterizos.

Salimos al amanecer del día siguiente y después de sortear la mala señalización de los caminos que conducen hasta otros destinos turísticos como las Lagunas de Colores, que ya no tienen casi nada de agua, o la roca llamada el Árbol de Piedra, logramos vislumbrar nuestro destino final. Apagamos el motor, y mientras mis acompañantes prefirieron desayunar, yo tomé una pequeña siesta con una sonrisa dibujada en el rostro.

Por Leo Robles Belmar

 

El puesto militar boliviano

En medio de la nada, con una terrible temperatura de cerca de -10° celcius apareció ante nosotros el puesto militar que los bolivianos instalaron cerca de la frontera con nuestro país. Si me preguntan sinceramente, no le desearía a nadie que viviese en esas condiciones, tan lejos de todo. Son militares y se supone que están acostumbrados, pero igual a uno se le parte el alma, no solo por el frío, sino por la incomunicación. Imagino que en el lado chileno debe ocurrir lo mismo con su puesto fronterizo de avanzada.

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Juan me contó que muchas noches en medio del frío altiplánico, no existía lugar más cómodo y temperado para dormir, que hacerlo abrazado a un burro o una llama. Personalmente preferiría a una llama si me viese en la obligación y claro, si pudiese elegir.

Apenas me dirigí hacia la zona de los humedales, se me aproximaron efectivos del ejército boliviano, soldaditos conscriptos. Les expliqué que era un periodista que andaba investigando sobre la naturaleza de las Aguas del Silala. Tuve que hablar con su superior y luego de comprobar mi identidad, finalmente me dejaron tranquilo.

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En su cuartel había un muñeco de trapo haciendo las veces de vigía y hasta tenían un perrito vestido con uniformes militares. Algunos vidrios estaban rotos y por los agujeros se colaba el viento inclemente, para qué hablar de las camas si eran simples colchonetas. Me indicaron donde se encontraban los bofedales, pidiéndome que por favor no interviniera de ninguna forma en el lugar y partí hasta el Silala.

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Sobre la naturaleza de las aguas

Parado sobre lo que se llama Bofedal Norte pude apreciar claramente que las Aguas del Silala son manantiales drenados artificialmente por Chile. Corresponden exactamente a cerca de un centenar de “ojos de agua” que brotan desde las profundidades de la tierra. Se pueden apreciar los trazados hechos por las empresas mineras de Atacama, los que dirigen cada pequeño manantial hasta un canal artificial de cemento que después se interna hasta perderse en suelo chileno.

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Este recurso hídrico que nuestro país canalizó, aunque más que Chile convendría decir que primero lo hizo Edwards y luego continuó Luksic, corresponde a aguas fósiles atrapadas bajo las montañas con una edad que se estima entre 4 y 14 mil años. Vale decir: es un recurso no renovable y desde albores del siglo XX está siendo ocupado por la empresa minera de nuestro país.

Primero para alimentar a los trenes de vapor del ferrocarril Antofagasta-Oruro que los Edwards ofrecieron a los bolivianos para sacar hasta el mar su producción enclaustrada después de la Guerra del Pacífico. En resumen, la solución era la siguiente: Los Edwards ponían un tren para sacar la plata y el estaño desde Potosí y Bolivia ponía el agua para la alimentación de las locomotoras.

El gobierno altiplánico aceptó a regañadientes la propuesta, porque no podía rechazarla. Estaba en una situación desesperada y los empresarios chilenos supieron sacar provecho de eso. Así son los negocios o las guerras podrán pensar muchos y las aguas de los Manantiales comenzaron a ser drenadas desde hace más de un siglo hasta la fecha sin ninguna clase de control, razón por la cual muchas partes del humedal ya se encuentran completamente secas.

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Quizás si alguien tiene la culpa del deterioro ambiental, no son otros más que los bolivianos, porque si bien los chilenos han drenado agua a destajo, nuestros vecinos nunca se preocuparon de supervisar la extracción, ni de siquiera colonizar la zona fronteriza, por lo que tanto Edwards como Luksic siguieron sacando agua aún después de que las locomotoras a vapor dejaran de existir a mediados de los años ´50 ya sin ninguna justificación más que la fuerza de las malas costumbres.

 

Robo sistemático

Duele constatar empíricamente que nuestros empresarios no respetaron el mismo acuerdo que propusieron utilizando a nuestro país para ello, pero luego de constatar la naturaleza de las Aguas del Silala, llego a la conclusión de que este recurso que se ha transformado en un asunto de Estado, solo beneficia a la mega minería y los bolsillos de unos pocos. En una ecuación donde ni siquiera los ciudadanos chilenos y bolivianos tienen arte ni parte.

Junto a mi novia y Juan el burrero seguimos recorriendo la frontera, debido a que debíamos encontrar a la hermana de nuestro guía para llevarle alimentación, unos trozos de carne y algo de beber. Era el precio que Juan le había puesto a su ayuda. Pero cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta que a medida que seguíamos recorriendo las zonas fronterizas, seguíamos encontrando cañerías diseñadas para llevar agua desde el lado boliviano al chileno.

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Algunas de estas cañerías nacían en el lecho completamente seco de lagunas muertas quizás hace decenas de años, probablemente sin que los mismos bolivianos tengan idea siquiera de que alguna vez nuestros empresarios tomaron esa agua siquiera.

Le pregunté a Juan si sabía alguna cosa respecto de aquellas cañerías y me dijo que desde que él tiene memoria, las empresas chilenas han enviado trabajadores, tanto para la instalación de tubos como para la mantención de los mismos, así como con los canales del Silala los cuales se limpiaban periódicamente para evitar que la vegetación que allí crece pudiese disminuir el flujo del caudal.

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Casi finalizando el día, encontramos a María, la hermana de Juan y ya podíamos despedirnos con nuestra misión cumplida, luego de verla devorar sus alimentos con felicidad. Nos relató que este año no tendrían cosechas de quínoa debido a la sequía y que sus llamitas se morían de sed cada día lo que le partía el alma. Ella le echaba la culpa a sus dioses dentro de su fatalismo esencial.

Nos alejamos con rumbo a Uyuni y en lo único en que podía pensar era como la mega minería arrasa de forma violenta con todo, pensaba en que las Aguas del Silala con su pureza excepcional, eran utilizadas principalmente para chancar cobre, envenenándolas. En como los empresarios transformaban un asunto que solo los beneficiaba a ellos en un problema país. Pero al ver que cada cierto tiempo aun aparecían guanacos que miraban altivos nuestra camioneta desde la lejanía, pensé en Juan y María cuando eran niños, y los imaginé correteando animales salvajes con el corazón tan puro como el de las bestias.

 

El cementerio de la historia

Caminando por Uyuni, padeciendo las polvaredas que el viento levanta desde el desierto, se comprende que la ciudad jamás debería de haber existido si no fuera por la línea de tren que levantaron los empresarios ingleses apoyados por el gobierno chileno. Nació como una estación de tren y las personas que se fueron a vivir hasta allá, ahora en su mayoría viven del turismo, por no decir de la caridad de los turistas extranjeros.

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Se nota que no hay agua, que los árboles no crecen y que la agricultura es limitada y escasa las pocas veces que uno puede ver un cultivo de cualquier cosa. Así que aprovechando mi estadía me dirigí al cementerio de trenes de la localidad, donde pude apreciar a las mismas locomotoras a vapor por las que pagaron con su agua los bolivianos, atoradas en medio de la arena, herrumbrosas por el paso del tiempo y el aire salino.

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Inmóviles como si fueran dinosaurios, restos fósiles de una época de gloria pasada, estaban gritando a todo pulmón la historia de la ciudad, solo había que poner atención y uno podía escuchar la gesta heroica de bolivianos, ingleses, chilenos y ciudadanos de otras nacionalidades imbuidos en el espíritu industrial de aquellos tiempos, colonizando uno de los lugares más extremos del planeta. Para luego escuchar el estruendo de la caída a la miseria de esta gesta.

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Este cementerio de trenes fue la metáfora perfecta para terminar de explicarme como los empresarios ocupan los recursos hasta secarlos o sacarles el máximo provecho, sin importarles todo lo que se armando, construyendo a su alrededor: ilusiones, sueños de una nueva vida. Para cuando ya no queda nada que profitar de la forma como ellos esperan, marcharse a otro lugar sin importarles en lo más mínimo lo que va quedando atrás viejo o contaminado.

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