Académico Pedro Santander

“El Mercurio miente” sigue vivo a 50 años de su irrupción: “Nunca ha hecho un mea culpa sobre el infame rol que jugó en dictadura”

El 16 de agosto de 1967 los estudiantes de la Universidad Católica colgaron el emblemático lienzo afuera de casa central, en respuesta a las acusaciones de El Mercurio que buscaban desacreditar la movilización estudiantil que culminó en la Reforma Universitaria.

El 11 de agosto de 1967 comenzó la histórica toma en la casa central de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). El rechazo de los estudiantes a la continuidad del rector Alfredo Silva Santiago –el último cura en la rectoría– fue la chispa que detonó la movilización al interior de la casa de estudios confesional, en búsqueda de mayor democratización puertas adentro y de la apertura de un plantel fuertemente elitista hacia una efervescente sociedad chilena.

A El Mercurio le dolió ser testigo de la agitación política en la universidad de la clase alta y decidió destinar sus páginas para exponer una versión distorsionada de los hechos, en un intento por desacreditar la movilización estudiantil.

En su edición del 12 agosto, un día después de iniciada la ocupación de la casa central de la PUC, el diario de Agustín Edwards afirmó que «es patente la inspiración comunista de estos movimientos y hay prueba documental de ella».

La respuesta de los estudiantes marcaría un punto de inflexión sobre la forma cómo la sociedad chilena enfrenta las versiones del «decano». Era 16 de agosto y en el frontis de la casa central los jóvenes desplegaron una contundente réplica: «Chileno: El Mercurio miente», decía el lienzo, cuya frase es uno de los legados simbólicos más importantes del proceso que culminó en la Reforma Universitaria.

«”El Mercurio miente”, dicen algunos apresurados, por el hecho de que este diario haya descrito la visible inspiración comunista de las guerrillas universitarias», respondió el diario pilar del conservadurismo nacional.

Sin embargo, el subdirector de El Mercurio entre 1965 y 1978, Arturo Fontaine, reconoció que habían mentido sobre las acusaciones en contra del movimiento universitario de la PUC, en entrevista para el documental El Diario de Agustín (2008).

«Nosotros percibimos en eso una aparición de la izquierda en la universidad, oficialmente. “El Mercurio miente” viene porque se dijo que habían comunistas y en realidad no eran comunistas, sino que en ese momento, por lo menos nosotros los burgueses, no entendíamos la diferencia entre un comunista y un socialista. No era gente del partido comunista, pero era gente de izquierda», afirmó.

La prensa se puede impugnar

En conversación con El Ciudadano, el director del Observatorio de Comunicación y Medios de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), Pedro Santander, sostiene que el citado lienzo estudiantil constituyó «un ejercicio bien interesante de lectura crítica».

«Es una frase muy simbólica, en tanto por primera vez, de alguna manera, un sector social importante –en este caso estudiantes– a través de un texto, le dice a la ciudadanía chilena que la prensa se puede leer de otra manera, que no siempre dice la verdad», explica.

Pedro Santander

Para Santander, «hacerlo el año 67, en la Alameda, además tomando como soporte a la casa central de la UC, otra institución conservadora, fue algo muy sorpresivo. En ese momento se decía que “si la prensa lo dice, es cierto”, “si El Mercurio lo dice, es verdad”. Junto con ello el académico recuerda que «además no había tele, entonces era “la institución” que tenía una suerte de monopolio de vivir la verdad desde el periodismo».

El académico observa que «en el momento preciso se hizo la intervención discursiva precisa, en el contexto adecuado. Cuando eso ocurre, muchas veces definitivamente son frases que quedan para la posteridad».

“El Mercurio miente” sigue con vida

En julio de 2016 la Corte de Apelaciones ordenó a El Mercurio pagar $20 millones a un ex oficial de Carabineros, por vincular su salida de la institución con una supuesta participación en la banda de narcotraficantes conocida como «Los Carejarro».

«La demandada sabía que la información no tenía caracteres de veracidad», se lee en el contundente fallo del tribunal de alzada, fechado el 13 de julio del año pasado.

A fines del pasado mes de marzo, el fiscal nacional, Jorge Abbott, criticó duramente un editorial del diario de los Edwards por calificar como «malas prácticas» el financiamiento ilegal de la política.

«Lo que su medio valora como malas prácticas no son simples irregularidades, sino conductas derechamente constitutivas de delitos, conforme a la legislación penal vigente e investigadas como tales por el Ministerio Público», expresó Abbott por medio de una carta dirigida a El Mercurio.

«La pretendida minimización de estas conductas es en sí un problema. ¿O acaso su diario estaría dispuesto también a llamar una “mala práctica” a un robo por sorpresa, a un portonazo o a un robo violento? Intuyo que no, así como creo que tampoco tendría dudas en llamar delincuente a quien comete el delito. Por el contrario, la calificación de malas prácticas no hace sino restar gravedad a los hechos investigados y, de alguna manera, parece exculpar a quienes incurrían en ellas, infringiendo la ley», remató el fiscal nacional.

Pedro Santander expone que «en el mundo entero nos estamos enfrentando a toda una dinámica donde los medios de comunicación de referencia, los grandes medios, están siendo utilizados como instrumentos de desinformación y no de información».

Pero más allá de estos casos recientes, para el académico de la PUCV la vigencia de «El Mercurio miente» radica en su complicidad con la desinformación en dictadura, que incluye varias portadas que ingresaron al salón de la vergüenza del periodismo nacional.

Dos portadas de La Segunda, uno de los medios de la “familia mercurial”

«”El mercurio miente” sigue vivo en el hecho de que nunca ha pedido perdón, ni ha hecho un pequeño mea culpa sobre el nefasto, cruel e infame rol que jugó durante la dictadura, sobre todo en el tema de los detenidos desaparecidos», precisa.

«Mientras El Mercurio no haga algún mínimo mea culpa sobre eso –dudo que lo haga, en todo caso–, esa consigna seguirá viva por siempre», concluye Pedro Santander.

Felipe Menares Velásquez
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