El debate de televisión de Chile Vamos ha sido una representación del momento actual de la política. Una representación, una imagen que en cualquier otro contexto entraría en la categoría de ficción, dramatización o caricatura. La escena, conformada y canalizada por los medios de comunicación tradicionales, ha sido la puesta en escena perfecta para el sitial que ocupa la política: el espectáculo.

Estamos en la nulidad de la política, que es también su destrucción como la institución que hemos conocido. Aquel deterioro iniciado hace más de una década, estimulado hace un lustro, desde hace dos o tres años ingresó en un nuevo ritmo que lo impulsa a una velocidad sin posibilidades de retorno ni freno. La política, como sistema, como tablero y estructura, entró en la fase enloquecida de un error sistémico. La suma de yerros no da tregua y presiona a toda la clase y actividad política en una caída desordenada y estruendosa.

El espectáculo, levantado por el bloque de derecha, destaca por su amplificación y estridencia. En el grado nulo de las ideas, de las propuestas, acaso en el momento de la pura retórica, lo que sí queda es una mímesis vacía, una simulación torpe de la política, que finalmente se ha expresado en una grotesca pantomima circense.

No hay diferencias reales en Chile Vamos. Ni verdaderos matices. Sólo una línea continua que fusiona algunos nombres e intereses e integra redes de influencia. Piñera, Kast y Ossandon forman parte de la misma cofradía. Un fenómeno no exclusivo que se reproduce, en distintas intensidades, en la otra cara del duopolio. La fragmentación, los caminos propios, la renuncia a primarias en la Nueva Mayoría son síntomas del mismo mal.

El debate, paradigma y ejemplo del sistema político en su fase terminal, no es un hecho aislado, un traspié o un error. Es el montaje completo, levantado por los medios, para colocar a la política en el lugar del mercado. Porque en pocos meses más tendremos en las calles una nueva fiesta pagada por el gran capital para el consumo de las masas. Con la idea de la participación, de la inclusión social, del afecto político, se elevarán canciones, montajes fotográficos y se levantarán fantasías. En los hechos y en sus objetivos ninguna de ellas tiene diferencia alguna con la campaña de Navidad de una multitienda, la publicidad de un banco para promocionar sus créditos de consumo o de una compañía de celulares.

El espectáculo del debate de Chile Vamos no sólo trasparenta los objetivos de la televisión abierta y del momento que vive la política en unas de las caras del duopolio. El vacío de la política queda también expresado con evidencia al adaptarse y mutar en elemento afín y funcional al rating y al gran espectáculo. En este proceso, en esta fruición por los focos y las cámaras, el político, con toda su vacuidad e insignificancia, queda reducido a algo más cercano a un payaso o bufón.  La televisión abierta ha dado un nuevo paso en la transparencia de sus objetivos. Y también lo ha hecho el político tradicional. Ambos en una fusión bajo los objetivos del mercado.

Lo que observamos el lunes pasado es una expresión clara y contundente que confirma ante el rechazo ciudadano a la clase política. Consolida su percepción y refuerza el quiebre entre la sociedad civil, cada vez más organizada y reforzada, y sus espurios representantes, ligado éstos, a su vez, a todas las elites y esferas del concentrado poder. Dos realidades, si no enfrentadas aún, sí coexistentes en espacios separados y discontinuos.

Si hay un factor positivo en el debate ha sido esta constatación, que debiera inhibir aún más la participación y apoyo ciudadano a los políticos tradicionales. Es sin duda una oportunidad que los nuevos referentes políticos, como el Frente Amplio, debiera aprovechar.

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