Editorial: La desaparición de la DC

La crisis de la Democracia Cristiana es un efecto de la crisis de representación y el fin de aquel periodo que llamamos erradamente transición. La DC es también un órgano mantenido en formol, una pieza rara extinguida en el resto del mundo: su función de tapón ideológico, de partido artificial, hace tiempo que terminó. En estos días no sólo vive un tiempo extra, sino vive en cuenta regresiva.

La función y sentido político de la Democracia Cristiana chilena debió terminar en 1973 junto al golpe de Estado. Como partido instrumental, cual tapón ideológico para frenar el auge de las izquierdas y los movimientos sociales latinoamericanos, pero no sólo en Latinoamérica, su participación en la historia debió haber acabado junto al exterminio y persecución de la Izquierda chilena y a la instalación de la dictadura. El trabajo de contención designado a la DC por el Departamento de Estado, organizaciones internacionales y la misma CIA, había fracasado en este país tras la llegada al poder en 1970 de Salvador Allende. El resto de la historia es puro fascismo y guerra sucia.

El regreso de la Democracia Cristiana a la jefatura de los gobiernos chilenos durante la década de los noventa del siglo pasado es un tiempo adicional, un accesorio para la verdadera historia. El trabajo que en aquellos primeros años de la transición fue entregado a la DC a través de diversos pactos políticos internos y externos, lo realizaron posteriormente desde las socialdemocracias a los partidos comunistas y sus matices en todas partes del mundo. La década de los noventa representa el inicio de este proceso de vaciamiento ideológico, del auge de los posmodernismos, del lanzamiento del proceso de globalización y su condición neoliberal.

La DC desde entonces se queda sin un claro destino o domicilio político. Su función como obstáculo blando a las presiones y demandas de las organizaciones y partidos de izquierda la cumple bien y eficazmente el resto de la ex Concertación. No hay diferencias muy perceptibles entre la DC de entonces, el PPD y el mismo PS. Hoy los matices están todos ya fusionados.

La crisis que sufre hoy la DC es un efecto de su historia original y su desaparición en la historia real. Porque si ha subsistido desde el golpe de Estado y por un par de décadas de la transición, ha sido precisamente por los consensos y los equilibrios adquiridos entre todo el binominal, los viudos de Pinochet, los generales y, por cierto, y tal vez en un muy primer lugar, el poder económico, que también representa a todos los otros antes citados. La DC actual es una invención funcional de la transición, de aquellos pactos artificiales para la distribución entre las elites del poder.

El final de la transición, que está representado por múltiples actores, desde los sociales, los económicos en cuanto a la concentración de la propiedad y la riqueza, y los políticos, es también el final de aquellos falsos equilibrios. Es por ello que la actual crisis de la DC es una crisis anunciada que apunta a terminal. Un partido neoliberal más, partidario del statu quo y la institucionalidad de la dictadura, que busca la conservación de hábitos contrarios a las grandes corrientes sociales, no tiene proyección ni inspiración propia ni futura. La DC no es diferente a sectores del PPD, del PS, de Renovación Nacional o de la UDI.

La DC es hoy una pandilla más en el escenario político. Sin convicción y sin futuro. Por cierto, sin ética y sin más moral que aquellas pasiones conservadoras obsesionadas en cautelar la familia tradicional, el poder del patriarcado y restringir los derechos de la mujer. Que se acepte y se apoye en sus filas la presencia de un personaje machista y abusador como Ricardo Rincón es una expresión de un partido seco, vaciado, que sólo se mueve por intereses grupales e individuales.

Las balas de plata lanzadas por Carolina Goic hacia a Ricardo Rincón no tienen sentido ni destino en la política corrupta de hoy. Son tal vez sentidas acciones que se enfrentan con la realpolitik y las maquinarias partidarias, aceitadas éstas con los cálculos electorales. Ello, porque la historia de la DC está escrita con la inmoralidad y la traición.

Si revisamos la historia chilena de la segunda mitad del siglo pasado veremos que la Democracia Cristiana vive y respira de estas bajas y ocultas pasiones. Es así como incluso los años dorados de la DC están teñidos de estos colores, etapa que quedó constatada en el informe del senador estadounidense Frank Church, publicado entre 1975 y 1976 sobre las actividades de la CIA en Chile, que “financió actividades que cubrían un espectro amplio, desde la simple manipulación propagandística de la prensa hasta el financiamiento en gran escala de partidos políticos chilenos; desde sondeos de la opinión pública hasta intentos directos de fomentar un golpe de Estado”.

Con esta estrategia como escenario central, el proyecto reformista del PDC fue clave para los intereses estadounidenses, lo que está documentado en los tempranos vínculos entre el partido chileno y la CIA, los que se profundizan durante los años siguientes hasta consumarse aquel plan B que fue el golpe de estado. Con la izquierda en el poder, la DC expresa su verdadero carácter conservador y de clase, lo que la lleva a aliarse con los sectores tradicionalmente golpistas.

Aun cuando no está registrada la colaboración directa de la CIA en la salida neoliberal-binominal de la dictadura de Pinochet, hay numerosos antecedentes para afirmar que ésta fue también armada en los años ochenta en Estados Unidos. Si el PDC, con Patricio Aylwin a la cabeza fue crucial para impulsar el golpe de 1973, hacia finales de los ochenta el mismo Aylwin, representando al reformismo conservador, dirigió la transición neoliberal, que mantuvo el modelo y la constitución de Pinochet.

El Ciudadano
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