Mi 11 de Septiembre

Tenía 11 años cuando triunfó Salvador Allende; esa noche se pagaron muchas apuestas en mi barrio: había cortes de pelo al cero, botellas de whisky y grandes brindis para celebrar.

El 11 de septiembre de 1973 era día martes, yo cursaba primer año medio en el Liceo Número 2 de Santiago, Miguel Luis Amunátegui; era presidente de curso. El rector era un exiliado brasileño que en alguna ocasión nos habló de la Dictadura de los Gorilas de la cual había huido. Mi jornada era la de la tarde, por eso siendo las 9 am me desperté con un deambular de mi madre y mi tía que repetían que era el Golpe. Que Allende estaba en la Moneda.

Todo el barrio estaba convulsionado. Tomé desayuno mientras mi madre trataba de sintonizar nuestra radio a tubos.

Esa mañana del 11 septiembre del 73, corrían los vecinos a los almacenes a comprar mercaderías, velas, pan, pilas de linterna y la radio llamaba a los trabajadores a defender el Gobierno, mientras se escuchaban los bandos militares.

Un grupo de vecinos de militancia DC estaba en la calle con una gran bandera chilena, cuando de un momento a otro aparece un camión militar haciendo disparos al aire; todos corrieron a sus casas cerrando puertas, la calle quedó desierta.

La Radio Magallanes pasaba un llamado donde hablaba personalmente el Presidente Allende, no logro recordar la hora exacta, pero mi madre gritaba que iban a bombardear la Moneda y mi tía insultaba a los milicos golpistas. “¡Pobre Allende lo van a Matar!! ¡Desgraciados!!” Estábamos tomando desayuno y mi madre gritó “¡no se coman todo el pan! No sabemos si va haber más, hay que cuidarlo”. Ya mi madre tenía los ojos rojos y mi tía repetía “estos milicos asesinos”. Nunca la había visto tan indignada; mi madre tan triste y desesperada.

Mi padre había salido temprano al trabajo al otro lado de Santiago, Paradero 27 de la Gran Avenida; nuestra casa estaba en Alfredo Rosende con Recoleta, a unas 40 cuadras de la Moneda. Escuché el discurso de Allende en nuestra vieja radio de madera y tubos, de la cual había que tomar el cable de la antena y apretarlo con los dedos para sintonizar y escuchar. Escuché el último discurso de Allende.

Tengo grabada solo una frase que me interpeló directo, o al menos así lo sentí: “Que la semilla que hemos sembrado dará sus frutos”. Nunca pude precisar la frase exacta. Pero me decía nosotros. Yo soy esa semilla. Me interrogaba. Quienes serán esa semilla, mientras mi tía actriz y locutora gritaba “van a bombardear la radio Magallanes”.

Serían pasadas las 11:30 horas y los bandos anunciaban el bombardeo a La Moneda. ¡Mi madre lloraba y mi tía gritaba “¡¡¡Desgraciados!!! ¡¡¡Milicos asesinos!!!”. Cuando sentimos el tronar de los aviones que pasaban al norte rumbo al cerro Manquehue, con mi hermana Viviana nos subimos al techo de la casa que era de planchas de zinc, las que nos delataron. Los aviones dieron la vuelta en el cerro Manquehue y pasaban sobre nosotros rumbo a La Moneda.  Mi madre gritaba histérica que nos bajáramos, que nos iban a disparar y nos tendimos en las planchas que estaban muy heladas.  El día era nublado.

Pegué mi cara a la plancha de zinc y no nos movíamos, con el cuerpo en dirección a La Moneda vi pasar los 2 Hawker Hunter, se sintió un estruendo ensordecedor, surgiendo una gran columna de humo negro que seguía creciendo. Después del primer bombazo mi madre se subió por la escalera y nos gritaba que nos bajáramos. No lo hicimos. Pasó el segundo Hawker Hunter, lo mismo, tembló la casa completa, y los vidrios casi estallan con el rugido del avión, que dejó caer lo que más tarde conocería como un rocket, impactando en La Moneda y más humo negro. Vi alejarse hacia el sur a los aviones para no regresar. Bajamos del techo y mamá nos bajó a tirones y tomándonos de la ropa. Y sacó la escalera conminándonos a no subir más.

La radio seguía sonando fuerte con los bandos y narrando que La Moneda había sido bombardeada y que si había resistencia habría juicio sumario y fusilamiento contra los que dispararan contra las FFAA. Mi tía lloraba y mi madre también cuando escuchaban la petición de rendición.  Que se rinda. ¡¡Lo van a matar!!  ¡¡Lo van a matar si no se rinde!!.

Y Allende no se rindió. En algún momento anunciaron que Allende había muerto y se desató el llanto colectivo, todos lloraban. Mis vecinos, los Arancibia de padres Mapuche, Allendistas todos, lloraban y gritaban: “¡¡Lo mataron estos desgraciados!!”. Mi madre se golpeaba el pecho y pedía a Dios que lo protegiera “Escúchame Dios mío protégelo, protégelo”.

Era un caos, corrían y salían a la calle, gritaban en la esquina “¡asesinos!”. Había insultos para los vecinos DC que habían salido con bandera chilena a celebrar, luego habían huido a sus casas cuando dispararon desde el camión militar. Recuerdo pregunté si iría al liceo y mi tía señaló que habían decretado toque de queda y todos debían quedarse donde estaban, mi padre debió permanecer en su trabajo y regresó al día siguiente, esa tarde fue larga, llena de disparos, a cada minuto, lejanos y cercanos.

El ruido de las balas nunca lo había sentido, solo en las películas, las balas reales causaban terror y cada vez mi madre gritaba “aléjense de las ventanas” aunque sonaran lejano. En la tarde ya distinguías la distancia y el sector de donde se efectuaron los disparos. Toda esa tarde corrían los rumores de allanamiento en el campamento Ángela David, en la Chacabuco, y en otros sectores Allendistas. Mi tía comenzó a quemar libros y papeles en el patio, de a poco, dentro de un tambor para no se viera el humo. Los vecinos también quemaban papeles, comenzaba el terror de la tiranía.

Mi tío cavó un hoyo de 1 metro y escondió un revolver calibre 22, se quemaban muchos libros de la editorial Quimantú.  Eran los únicos que había en mí casa…

Alejandro Navarro
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