REPORTAJE

Tortura, asesinatos y violencia contra menores mapuche

Dos jóvenes, hoy mayores de edad, narran sus experiencias.

Bebés asfixiados por gases de bombas lacrimógenas; adolescentes heridos por disparos; pequeños encañonados con armas de fuego, otros golpeados con puños, pies y armas; jóvenes torturados, amenazados de muerte e insultados de forma degradante; chicos perseguidos y tratados inhumanamente durante la detención; más algunos que fueron secuestrados, son parte de los casos de violencia y tortura en contra de menores mapuche, cuyos derechos humanos han sido vulnerados, según registros desde 1990 a la fecha.

Estos menores, al menos una vez en su vida, han experimentado “dolores o sufrimientos cometidos por un agente del Estado u otra persona a su servicio, o que actúe bajo su instigación, o con su consentimiento o aquiescencia”. Esto si consideramos la definición de tortura consensuada en la ‘Comisión Valech’ y respaldada en la ‘Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes’ o en el Artículo 5  de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

A todos estos casos hay que agregar, por ejemplo, los asesinatos de Zenon Díaz Necul (17 años, en 2005), Alex Lemún Saavedra (17 años, en 2002) y José Huenante Huenante (16 años, en 2005) quienes perecieron por obra de particulares y agentes del Estado. Esto a pesar de que la justicia “ha ordenado [a los uniformados] que no tenían que actuar así”, tal como indicó la abogada Manuela Royo Letelier durante la presentación de un nuevo recurso de amparo el pasado 27 de junio en la Corte de Apelaciones de Temuco.

La acción judicial, en favor de menores mapuche que estudian en la Escuela G-816 de la Comunidad Autónoma de Temucuicui, fue interpuesta debido a que la mañana del 14 de junio miembros de Fuerzas Especiales y del GOPE de Carabineros realizaron un violento allanamiento en la escuela, lanzando bombas lacrimógenas, afectando con ello al mencionado establecimiento educacional y a una posta cercana.

“Los niños de la escuela al ver la gigantesca presencia de carabinero lloraban y gritaban de temor, mientras tanto carabineros lanzaban gases lacrimógenos que llegaban a la escuela, producto de estos se produjeron varios niños desmayados y con principio de asfixia, de la misma forma las personas que se encontraban en la posta de la comunidad”, detalla un comunicado difundido.

La razón del operativo de los agentes del Estado habría sido la búsqueda de Valeria Millanao Palacio, integrante de la comunidad, a quien la policía finalmente encontró en la oficina del administrador de la Municipalidad de Ercilla, en un hecho que ha sido denunciado como un “secuestro”. De acuerdo a lo informado, la mujer fue llevada a una bodega del recinto municipal, donde habría sido amenazada y obligada a entregar información sobre varios miembros, entre ellos el de su hermana, Karina, y de Vania Queipul Millanao. Ambas mujeres hoy se encuentran en la clandestinidad.

Impunidad uniformada

Abogada Manuela Royo

“Carabineros de Fuerzas Especiales se encuentran en una situación de desacato e incumplimiento porque la Corte ha ordenado que no tenían que actuar así. Sin embargo, nuevamente actúan de la misma forma”, denunció la abogada Royo ante los medios de comunicación apostados en las afueras de la Corte de Apelaciones de la Región de La Araucanía.

El 16 de noviembre de 2016, 5 jóvenes fueron abordados por uniformados al salir de la sede comunitaria de su territorio, tras acusarlos de presuntamente dañar un vehículo. Luego, Fabián Llanca estuvo  internado en la Unidad de Tratamientos Intensivos del Hospital de Temuco, en estado crítico debido a un derrame cerebral producto de los golpes recibidos.

En esa ocasión, tras ser dejados en libertad a la mañana siguiente y sin ningún tipo de formalización, el padre de 3 de los chicos fue enfático en advertir que de los otros golpeados, dos eran menores de edad: B. L (16 años) y D. N (14 años). “Ellos fueron torturados, ellos están súper mal psicológicamente y mentalmente. No duermen, andan adoloridos, no caminan bien, todos golpeados. Es muy malo verlos así, es como quebrantarse en la vida”, explicó José Mariano Llanca.

Sólo 231 días después, y aún menores de edad,  B. L. y A. L., junto con otros 3 jóvenes, fueron interceptados mientras se movilizaban desde la ciudad de Collipulli con dirección a Ercilla.  Los 5 fueron golpeados y detenidos hasta la madrugada. Posteriormente sólo formalizaron a uno de ellos, por supuesta amenaza y porte arma blanca.

Menos de una semana después, el pasado 11 de julio, nuevamente es detenido B. L. por agentes civiles de la Sección de Inteligencia de Carabineros (SIPOLCAR). Al dirigirse a la comisaría de Ercilla para averiguar  el estado del menor,  es detenido  Máximo Queipul. Los dos jóvenes mapuche fueron acusados de robar y quemar vehículos. Fueron dejados  en libertad el 13 de julio,  quedando con medidas cautelares de arresto domiciliario. B. L. quedó además bajo la supervisión del cuestionado Servicio Nacional de Menores (SENAME).

El 14 de julio es formalizado por receptación e incendio A. L., luego de ser detenido en Angol. Desde los 8 años ha sido perseguido y producto de un balazo sufrió la fractura de su brazo y uno de sus dedos. Su historia refleja la cacería llevado a cabo por el Estado de Chile contra los mapuche, en respuesta a la legítima demanda de tierras y lucha por la restitución territorial que ha llevado su lof.

Niños “como carne de cañón”

Una familia mapuche de una comunidad lafkenche, en  la comuna de Cañete, denunció  haber sido víctima de secuestro y tortura por parte de una unidad operativa a cargo del capitán Leonardo Osses y conformada por el teniente David Gaete, el capitán Carlos Espinoza, el teniente Nicolás Concha y el sargento segundo Amador Cuevas.

Los hechos acaecidos el 9 de mayo derivaron en un amparo preventivo presentado por la comunidad Ayin Mapu del Lov Huentelolén en la Corte de Apelaciones de Concepción – el cual fue rechazado- y una posterior querella criminal en contra de la SIPOLCAR. Pedro Lepicheo  fue arrollado y Viviana Llanquileo, su señora, fue reducida por los uniformados, quienes además de llevarse su vehículo, amenazaron que utilizarían a sus hijos “como carne de cañón si es que eran atacados”.

“Los chiquititos siguen con ese temor. La SIPOLCAR les quitó la tranquilidad que tenían. Lautaro no puede ver un Carabinero porque al tiro se siente amenazado. Les tiene temor y dice ‘Papá, los pacos te van a matar o me van a quitar mis juguetes’. Porque les llevaron los juguetes que estaban al interior del auto y la ropita que andaban trayendo. El hijo mayor se dio cuenta de todo y recuerda más cosas, tiene 3 años y 8 meses. D. L., tiene 2 años y 3 meses y también se acuerda bien pero como no sabe hablar explica con sus manitos dónde la dejaron, cómo la trataron. Igual se expresa”, relata Viviana, la madre de ambos.

Ella explica que desde aquel día, distintas camionetas se estacionan en las afueras de su casa,  de la de su cuñada o de su suegra. Amedrentan sólo con su presencia desde los vehículos. Cuando ella les sale a consultar por la razón de su visita, no contestan o huyen.

“Es complicado. Ellos son niños y los dejaron súper mal. Escuchan un ruido de vehículo y arrancan. Nos ha costado de hacerles entender que no siempre van a ser pacos. Como nuestro camino es interior, escuchan un ruido y mi hijo mayor corre, se encierra en la pieza y no quiere salir. Así quedó, así lo dejaron. Antes no era así, le encantaba ver las camionetas, le gustaba ver los autos, los contaba, decía de qué color eran. Ahora no, no cuenta nada, le tiene miedo a las camionetas.  Todo auto que ve son de la SIPOLCAR”, relata Viviana, al tiempo de informar que poco tiempo atrás, en la localidad de Curapaillaco, los mismos efectivos dispararon a un ciclista que iba con su hijo de dos años. Pero aquel caso no fue denunciado, por temor.

“Siempre ejercen violencia en las comunidades y ahora sobre todo con los niños. Antes agarraban con nuestros lamgenes pero eran adultos. Ahora se están pasando mucho, atacan a los niños, que no tienen culpa de nada, están creciendo, recién están conociendo a su alrededor. Estos tipos la están agarrando con los más chiquititos. Y en sus declaraciones dicen que nos trataron bien, sin insultos: ¡están mintiendo! Incluso dicen que tienen un video y yo digo, ojalá que lo muestren porque así se sabrá  cómo nos trataron. Pero yo sé que eso es imposible”, detalla.

“Vamos a volver, resistiendo y con más newen”

Dos mujeres de la Comunidad Autónoma de Temucuicui decidieron irse a la clandestinidad a principios de julio luego que los tribunales ordenaran su captura, tras vincularles la supuesta participación en el ataque a un móvil de TVN y los desórdenes en el tribunal de Collipulli cuando se decretó el cierre de la investigación -sin culpables- por el secuestro perpetrado contra el lonko Víctor Queipul en junio de 2016.

"Me he acercado a Sayen, la hija de Lorenza (Cayuhan, quien dio a luz engrillada en Concepción). Ella es nuestra inspiración, está presa siendo guagua (…) Ella no sabe ni siquiera hablar pero nosotros sí (…) tenemos que levantar la voz por ella”

Vania Queipul Millanao (23 años) es Werkén de la Comunidad e hija del lonko. En el 2010, con sólo 15 años, fue acusada de romper unos ventanales tras el cortejo fúnebre del joven mapuche Jaime Mendoza Collío, asesinado por Carabineros con un disparo en la espalda en 2009.  Ella detenida y luego fue absuelta del delito de desórdenes públicos. El único testigo presencial de la supuesta actuación de la joven fue el fiscal de Collipulli, César Schibar. El mismo juez que no quiso perseverar en la investigación por el secuestro de su padre.

Antes de irse a la clandestinidad, Vania recordó que en territorio mapuche la violencia se comienza a vivir desde el momento en que nacen, producto de los allanamientos y los procesos de recuperación de territorios que su comunidad ha venido ejerciendo. “Debido a eso la represión se ha venido más fuerte hacia acá. El daño psicológico que yo viví en ese entonces fue muy fuerte. A esa edad una pretende hacer otro tipo de cosas pero yo no quería ir a la ciudad, me detenían en cualquier parte si me veían. La gente no sabe las razones de mis detenciones, piensan otro tipo de cosas, entonces prefería quedarme en la casa, no salir más”, rememora con tristeza.

Añade: “La violencia desde niños nos va marcando. Siempre he dicho que el objetivo del wingka es bajar la lucha, acallarnos. Para ellos somos una amenaza, la gente como mis abuelos, mis tíos, van avanzando. Y si ven que si una joven se levanta, el objetivo  es callarla o bajarla de alguna manera porque más adelante somos nosotras las que vamos a llevar la lucha. Yo creo que, en ese sentido, están equivocados: reprimiéndonos, encarcelándonos, matándonos, lo único que  consiguen es darnos más fuerzas e incentivarnos a seguir luchando, seguir resistiendo y peleando por la vida”.

Reconoce que a los 15 años el hecho que fuera la PDI a buscarla al liceo le afectó psicológicamente. No quería estudiar, le daba vergüenza que las niñas del internado no supieran las reales causas de su detención. Pero también es crítica con la posición tomada por la directora del establecimiento: en vez de darle apoyo o contención, le decía a sus compañeras y amigas “no se junten con Vania porque es una mala influencia”. Por eso lloraba. “No delante de toda la gente pero en las noches lloraba por el daño que me hacían”.

Vania Queipul

Vania hace una pausa mientras evoca situaciones dentro de la corta vida llena de represión que le ha tocado. “Con Leonardo Quijón hablábamos cuando le pasó la situación que vivió en 2009, cuando carabineros le dispararon cerca de 200 perdigones en la pierna izquierda. Nos topamos en varios foros y seminarios,  íbamos a contar nuestra versión. Él  también ha vivido esto, relatábamos lo que nos pasaba. También con Luis Marileo, que ya no está con nosotros. Éramos personas muy cercanas. Desde niños empezamos a levantarnos, a luchar, a crear conciencia de lo que a nosotros nos pasaba. Hablábamos entre nosotros y nos decíamos ‘nos nos dejemos amedrentar. Luchemos, avancemos’. Y siempre lo hacíamos. Lamentablemente a él lo mataron. Y es por lo mismo, es la forma que ellos encuentran para callarnos. Ellos saben que nosotros somos el futuro de esta lucha”.

No obstante, agradece la oportunidad de hablar con gran cantidad de gente, de compartir con  muchas comunidades. Por ello, le han dicho que puede ser referente. “Me he acercado a Sayen, la hija de Lorenza (Cayuhan, quien dio a luz engrillada en Concepción). Ella es nuestra inspiración, está presa siendo guagua. Por ella hacemos lo que hacemos. Ella no sabe ni siquiera hablar pero nosotros sí (…) tenemos que levantar la voz por ella”

Nace un weichafe

Vania es pariente de Mijael Carbone Queipul, werkén de la Comunidad Autónoma de Temucuicui. Tenía 8 años tenía cuando se llevaron a sus abuelos desde la comunidad. Eran tiempos en que estaban reducidos a 250 hectáreas y sus tierras colindaban con Mininco. Ahí existían inmensas casas patronales, y desde allí tenían que recuperar leña. “A escondidas teníamos que entrar a sacar madera para poder calefaccionarnos o cocinar. Fuimos detenidos un montón de veces. Nos hacían prisioneros en las casonas. A mi papá se lo llevaban a Collipulli y volvía todo golpeado a la casa. Nos trataban como lo último, como cualquier cosa, menos como seres humanos. Era un trato degradante. Son imágenes que tengo guardadas en mi cabeza y en el corazón. Era un niño y fueron hechos que nos  marcaron, por eso recuerdo”.

“Todos nos criamos en ese clima, de vivir reducidos, estigmatizados, reprimidos. Ese era el ambiente. Me relacionaba con muchachos que queríamos lo mismo: ser un aporte a nuestra causa. Del 90 hasta el 2011 hubo muchos excesos, se sufrieron consecuencias similares pero con otros tipos de estrategia desde los uniformados. Hoy ha recrudecido la represión  policial. Aquí ya no se te habla, se te golpea directamente. Cuando hay cámaras o más presencia de personas, puede que se calmen un poco o aplican un protocolo. Pero si no hay nadie mirando, el tema es muy violento”, recuerda Mijael.

“Fuimos detenidos un montón de veces. Nos hacían prisioneros en las casonas (…) Nos trataban como lo último (…) menos como seres humanos. Era un trato degradante. Son imágenes que tengo guardadas en mi cabeza y en el corazón. Era un niño y fueron hechos que nos marcaron”

Carbone analiza que “antes, de una u otra forma, había un respeto hacia nuestras autoridades pero hoy ven como estrategia amedrentar, atacar y golpear a los líderes mapuches para que el movimiento baje su nivel de movilización. Están totalmente equivocados, pero lo hacen. Como comunidad estamos presentes en lo que están pasando nuestros niños. Los estamos visitando más porque nosotros hemos aprendido a cómo hacer frente a este tipo de situaciones. Motivamos a nuestros niños, estamos presentes viéndolos, hablándoles, para que ellos tengan la fortaleza que nosotros hemos ido construyendo”.

Sin embargo, afirma, lo que más cuesta es romper es con el circulo vicioso “de la violencia que trae más violencia”. Mijael, consciente de que la constante disputa con las empresas forestales es lo que más conflictos acarrea al territorio, explica que “las forestales se sienten amos y señores por el hecho que tienen el respaldo del Estado, los Gobiernos de turno y una institución armada a su disposición. Eso ha traído y va a seguir trayendo una situación bien compleja en los territorios, sobre todo por la presencia policial en las faenas forestales, la cual ha sido incrementada 3 veces de lo que estaba antes”.

Asimismo, advierte que los niños están con una madurez adelantada, misma situación que ellos vivieron. “Lo único que queríamos era crecer. Cuando uno es chico, quiere golpear al otro. Veo que los niños quieren crecer para responder. Hacerse fuertes rápido para no volver a ser atropellados (…) Esa impotencia que teníamos, la hemos ido transformando en ideas y hemos ido avanzando con esas condiciones, al alero de las ideas que traían nuestros viejos sobre la resistencia”.

*Reportaje publicado en la edición nº 214 de la revista El Ciudadano

Gabriel Muñoz Mazane
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