La tenebrosa historia de la industria farmacéutica


18 August, 2009 06:08
#Portada, #Salud

La colusión de las tres grandes cadenas farmacéuticas en Chile para fijar los precios de los medicamentos, así como la desconfianza que ha generado el surgimiento de distintas enfermedades “a la medida” de los grandes laboratorios del mundo, cuyos accionistas, como Donald Rumsfeld, ministro de los presidentes Bush padre e hijo, resultan favorecidos de manera equivalente a lo sucedido con sus inversiones en la reconstrucción de Irak, luego de que fuera protagonista en el engaño mundial para invadir ese país, han abierto la puerta para que se develen entretelones desconocidos acerca de esta billonaria industria.

En la actualidad la expresión “farmacia” hace referencia al lugar donde se expenden medicamentos para el tratamiento de personas enfermas, pero en sus orígenes aludía a prácticas de “hechicería” o “espiritistas” tendientes a pactar con entidades para provocar daño o envenenamiento.

Hoy, las grandes corporaciones farmacéuticas constituyen un baluarte que pretende poner en evidencia el progreso de la medicina y de otras disciplinas científicas, especialmente la bioquímica. Pese a lo oneroso que significa paliar una enfermedad para la gran mayoría de las personas, siempre existe la justificación del alto costo que representan la investigación y la fabricación de estas pócimas modernas para beneficio de la humanidad.

NACE UNA INDUSTRIA MULTIMILLONARIA

Después de siglos de un desarrollo eminentemente local, durante la segunda mitad del siglo XIX, ciertas empresas comenzaron, usando derivados de sus productos químicos, a ofrecer en el mercado un nuevo tipo de medicamentos. La mayoría de los productos descubiertos eran los principios activos de distintas especies vegetales. Así nacieron substancias psicoactivas como la morfina, narcotina, estricnina, codeína, atropina, cafeína, cocaína, diacetilmorfina (heroína) y la mezcalina, entre otro centenar de drogas.

Su introducción en el mercado fue tan violenta que, cuando China se negó a aceptar el ingreso del opio en su país, recibió como respuesta dos guerras por parte de Inglaterra. Los británicos argumentaron que la negativa del país asiático era un “intolerable atentado contra la libertad de comercio”. Pero cuando China se vio carcomida por la enorme dependencia de sus habitantes al consumo de esta droga, ingleses y alemanes los inundaron con morfina y heroína para “curarlos” de la dependencia. ¡El remedio peor que la enfermedad!

El surgimiento de productos derivados de elementos químicos fue una verdadera revolución. En Alemania, Bayer y Hoechst hacen su estreno como farmacéuticas produciendo sus primeros medicamentos. En Suiza, Ciba-Geigy y Sandoz también surgen como tales a partir de la síntesis de productos químicos en el área de colorantes. Hoffmann-La Roche, al igual que Bayer, que se haría famosa por la comercialización de la aspirina® (derivado del alquitrán de carbón) y de la heroína, se consolidaría comenzando como fabricante de productos químicos orgánicos.

Pero es en Inglaterra donde los productos farmacéuticos comenzaron a ser patentados, con el consiguiente enriquecimiento de sus propietarios, en contradicción con la Ley sobre Propiedad Industrial de 1878, promulgada en París, que prohibía patentar los brebajes y medicamentos.

Y en el siglo XX el posicionamiento de esta industria empieza a generar fabulosos dividendos.

TRABAJO DE ESCLAVOS

Antes de la Segunda Guerra Mundial, las más importantes industrias farmacéuticas alemanas (Hoechst, Bayer, Schering, Merck y BASF) fueron propiedad o filiales de la más grande corporación industrial de Europa y la más colosal compañía química del planeta, la I. G. Farben.

Gerald Messadié, en su Historia del antisemitismo (Javier Vergara, 2001) señala que esta empresa estaba vinculada a la Standar Oil de New Jersey (en la actualidad denominada Exxon), propiedad de Rockefeller, quien fue asiduo colaborador de los nazi hasta 1945. La relación de la Standar Oil con la I. G. Farben de la Alemania nazi está marcada porque ambas fueron responsables de la apertura del campo de concentración de Auschwitz para la producción, con mano esclava, de caucho sintético y carbón.

En los juicios de Nuremberg, los ejecutivos de la I. G. Farben fueron juzgados y condenados por el uso de “mano esclava”. Sin embargo, Rockefeller siguió intocable en Estados Unidos.

Las compañías farmacéuticas que fueron parte de ese conglomerado, hoy poderosas trasnacionales, siguieron imperturbables con su industria. Las drogas producidas por estas empresas en 1960 superaban los setenta narcóticos. Antonio Escohotado, en su Historia elemental de las drogas (Anagrama, 1996) escribe: “Su historia será siempre la misma: primero se lanzan al mercado como drogas sin los inconvenientes observados en otras, luego resulta evidente su adictividad y –tras algunos años- quedan sujetos a restricción”.

Pero el carácter espurio del negocio de la salud es denunciado cada vez con más fuerza. Como en La mafia médica, de la doctora Ghislaine Lanctot, quien fue expulsada del colegio de médicos y retirada su licencia para ejercer, por develar algunos de estos entretelones.  O en el trabajo del periodista español Miguel Jara, quien en Traficantes de salud (Icaria, 2007) denuncia la invención de enfermedades, por parte de las trasnacionales farmacéuticas, para desarrollar nuevos mercados y así hacer de ciudadanos sanos personas enfermas; la manipulación a los médicos para promover ciertos medicamentos y el espionaje de los ciudadanos por medio de las recetas y otros mecanismos de control.

Se agrega el libro del profesor de la Universidad de París-VIII, Philippe Pignare, El gran secreto de la industria farmacéutica (Gedisa, 2005), quien después de trabajar 17 años en grandes laboratorios farmacéuticos relata la negativa concertada de 39 de estas trasnacionales para impedir en lugares como Sudáfrica el uso de medicamentos genéricos para atender a millones de niños y adultos enfermos de sida. Revela la presión hacia los legisladores con el lobby de un encargado permanente cada dos congresistas. Denuncia el predominio de los ensayos clínicos de moléculas ya descubiertas, más que la investigación de nuevos fármacos, para así renovar la patente de exclusividad por otros 20 años respecto a nuevos usos de antiguos productos.

Las irregularidades son interminables. Los efectos adversos no reconocidos de las vacunaciones (como el autismo provocado por el mercurio), la apropiación de material genético de plantas, animales y seres humanos -patrimonio de la humanidad que las culturas tradicionales han utilizado para sanar a sus poblaciones desde los albores de los pueblos- restringiendo su uso a las licencias que han patentado luego de un robo sin precedentes, son algunas de ellas. Se suma el fraude que representa defender los altos costos de los medicamentos debido a una supuesta investigación que ha sido legada durante siglos gratuitamente, o que son desarrolladas por organismos públicos y luego explotadas por estas trasnacionales en forma privada.

La medicación forzada desde la infancia, la prohibición de comprar en el extranjero medicamentos que están disponibles en muchos países (p. e. Chile) y el costo abusivo que deben pagar por ellos las naciones pobres en comparación con los países más poderosos son temas develados por Gary Gereffi en Industria farmacéutica y dependencia en el Tercer Mundo, FCI, 1986.

El intelectual francés Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica (tomo II, FCE, 2002), cita una obra escrita en 1785, el Diario de medicina, que señala: “Si se sospecha que un virus repercutido es la causa de la imbecilidad, no hay nada mejor que inocular la sarna y este medio aun podría intentarse en todos los imbéciles, cuando no se haya obtenido ningún provecho con lo que inicialmente se ha considerado más eficaz”.

Esta receta podría perfectamente haber sido prescrita por estos días.

por Raúl Encina Tapia

El Ciudadano

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