Quitarse la vida en México ha adoptado en los últimos años un patrón procedimental: el hecho de preservar el cuerpo inmaculado, lo que propicia que el ahorcamiento sea el método principal de suicidio en el país.

Buscándose la pulcritud en el acto, se están utilizando bolsas de plástico que cubren la cara del suicida hasta obtener la asfixia, explica a Efe la presidenta del Instituto Mexicano de Tanatología, Teresita Tinajero, quien asegura que “está habiendo una tendencia a no lastimar el cuerpo”.

Evitar la estridencia se vincula con la necesidad del ser humano de querer “mantenerse completo hasta el momento de su muerte”.

En los adolescentes esto se acentúa, ya que se encuentran con una identidad en construcción y hay mayor obsesión por la apariencia.

El suicidio suele ser un acto premeditado, pensado como si se tratase de una puesta en escena que se puede llegar a planificar “hasta un año antes”.

Dado el trastorno de su percepción, el suicida se pregunta: ¿cómo me van a encontrar?; ¿quién me va a encontrar?; ¿a quién quiero castigar por mi muerte?.

El suicidio y sus formas pueden entenderse remontándonos a la relación antropológica del ser humano con la muerte.

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En el caso de México, Tinajero explica el vínculo entre la cultura maya y la realidad actual del suicidio en el país.

La península de Yucatán, donde habitó la civilización maya, es el lugar con la tasa de suicidios más alta del país, y la mayoría “son por ahorcamiento”.

Los mayas consideraban que la muerte “era el quid de la existencia”, señala la tanatóloga, quien alude a la presencia de una deidad de apariencia femenina que guiaba a los nativos hasta el ahorcamiento.

Este método es uno de “los más accesibles en casa”, donde se producen el 74 % de los suicidios, señala Tinajero en vísperas de que se celebre el Día Internacional para la Prevención del Suicidio el 10 de septiembre.

En México se quitan la vida 6.426 personas al año, de acuerdo con datos de 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), que no refleja los suicidios que se registran en comunidades aisladas, donde es complicado “obtener cifras exactas”.

El 40,2 % de los suicidios en el país son cometidos por jóvenes de 15 a 29 años. De este porcentaje, el 81,7 % son hombres.

El hombre tiene mayor convicción a la hora de concluir el acto, mientras que “a la mujer suele vencerle el miedo”, apunta la experta.

En los casos en los que el acto no llega a perpetrarse, vuelve a observarse una razón antropológica, ya que el ser humano “tiene una tendencia natural a la supervivencia”.

“La mayoría de autores coincidimos en que del 65 al 70 % de los suicidas vivían algún tipo de depresión”, dice a Efe el director del Instituto Hispanoamericano de Suicidología, Alejandro Águila.

El suicida puede reconocerse a través de indicadores como la alteración del sueño, la ingesta desproporcionada o nula de comida y la desvinculación del individuo con su familia y entorno social.

Ellos presentan la llamada “visión en túnel”: solo son capaces de ver la realidad desde su perspectiva de sufrimiento, lo que les impide encontrar alternativas ante situaciones adversas.

“Por ello requieren ayuda”, explica Águila, ya que la depresión generalmente bloquea “las funciones cerebrales superiores que permiten encontrar soluciones”.

Sufren la inanición de su capacidad intelectual y resolutiva, así como de su memoria, atención y concentración.

La tecnología es también un factor influyente, ya que establece en los niños nuevas relaciones cognitivas. “Ya no hay contacto humano, hay un contacto con lo irreal. La parte afectiva está siendo mermada”, observa el terapeuta.

“Tengo pacientes que se quieren suicidar porque el novio o novia no les dio like (me gusta) en su publicación o les dejó mensajes vistos en Whatsapp”, cuenta.

Se pierde la capacidad de análisis objetiva de los hechos haciendo “una interpretación errónea” de lo que ven y leen.

“Lo que está ocurriendo con el menor al vincularse más virtualmente es que está sujeto a la interpretación desde su visión interna y no desde la realidad”, detalla.

Dentro de la problemática aparecen personas con graves problemas afectivos, con tendencia a la verborrea que no llegan a consumar el suicidio, pero sí amenazan con él a sus allegados. Son los llamados “chantajistas”.

Estos representan un peligro no tanto por ellos mismos, sino por las reacciones que provocan en la sociedad. “Sí hay chantajistas, pero también los chantajistas se suicidan”, aclara Águila.

Aunque el chantajista esté hablando de que se quiere morir como forma de chantaje, necesita una atención psicológica que a menudo suele ignorarse.

“Hay que dejar de pensar que únicamente es para llamar la atención porque no atender la situación pone en riesgo al paciente”, concluye.

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