Kike Ferrari (Enrique Ferrari) nació en Buenos Aires en 1972 es el seudónimo del escritor argentino Enrique Ferrari (Buenos Aires, 1972). Reconocido internacionalmente por ser escritor y trabajador del subterráneo -limpia las estaciones de la línea B de Buenos Aires-, su obra también tiene peso propio más allá del personaje construido por los medios y ha recibido premios adentro y fuera de la Argentina.

Ha publicado los siguientes libros: las novelas Operación Bukowski (2004) y Lo que no fue (2010), que fue galardonada con la primera mención en la 50º Edición del Premio Literario Casa de las Américas, en 2009; el volumen de cuentos Entonces sólo la noche (2008), por el que recibió el tercer puesto del Premio del Fondo Nacional de las Artes  de Argentina en 2008; y Postales rabiosas (2010), selección de artículos aparecidos en la revista Juguetes rabiosos entre 2005 y 2007. En esa misma dirección, en 2017 se publicó Un mundo negro (Evaristo), donde se recopilan sus trabajos periodísticos de la última década.

Su tercera novela, titulada Que de lejos parecen moscas, recibió en 2012 el Premio Memorial Silverio Cañada a la mejor ópera prima en la Semana Negra de Gijón, España, y le abrió las puertas para que su obra fuera editada en Francia, México e Italia, además de Argentina y actualmente fue reeditada por Alfaguara.

Kike Ferrari

Foto: La Primera Piedra

Con un estilo fresco y lúcido, el autor logra con Que de lejos parecen moscas hacer a un lado los lugares comunes que la novela policial puede traer consigo, para que en su lugar aparezca una narrativa fluida y directa. El mérito en ese sentido es doble, ya que al evitar los gags del género, se puede hacer endeble el relato, pero Ferrari sabe construir una historia que imanta al lector desde el principio gracias a las postales de un presente que son fácilmente reconocibles para el lector aunque los nombres de los protagonistas aparezcan cambiados.

— ¿Cómo manejás la relación entre literatura y política?
— Yo creo que tiene que ver con la individualidad del escritor. Se me ocurre que para Abelardo Castillo que la lógica del ajedrez fue imposible que no entre en su literatura. Entonces es muy difícil que la política no entre en lo que yo escribo, principalmente en los usos del lenguaje. Lo que sí sé es que esa unión no opera en la lógica de efectividad inmediata que buscaba la vieja literatura social. Los tiempos de la política y de la literatura son distintos, la construcción de la política es en base a los contenidos, mientras que la literatura estoy cada vez más convencido que tiene que ver con el uso de las formas. No únicamente, por supuesto. Si se piensa un poco, de todas formas, eso también se está trasladando a la política.

— ¿Pensás que la novela policial y el género negro ganaron más peso en los últimos años?
— Sí, aunque no soy un pensador muy lúcido de la coyuntura literaria. Yo no trabajo mucho el realismo, de joven sí seguía esa línea más cercana a Raymond Carver, ese “realismo sucio”, pero ahora no lo haría. Uno va al género negro o al policial para buscar herramientas que ayuden a contar la realidad en sus distintas formas. Por ejemplo, ahora estoy trabajando en una novela que va a ser una reversión de La máquina del tiempo, pero hay un momento que está basado en una crisis personal que tuve este año. Claro que después uno cambia detalles, roles, pero lo central está ahí. El género sirve para contar en miniatura las cosas que pasan. Quizás la ciencia ficción distópica puede no partir de la realidad, pero no en todos los casos.

Kike Ferrari

Foto: AFP

— En esa dirección. ¿cómo tomás que siempre se te asocie con ser un trabajador del subte?
 Sí, hay una cosa medio “proleta” (NdE: proletario). Es lo que me tocó y yo no le saqué el culo a la jeringa. Había varias posibilidades y estuvo bueno que me tocara alguna. Como siempre digo, entiendo al mundillo literario como la aldea de los pitufos: hay miles de enanitos azules por ahí, pero hay 10 o 15 que tienen una característica -curiosamente hay uno que su única característica es ser mujer…-. Mientras vos no estás en esas categorías, sos uno más que está por ahí, lo cual no está mal, el mundillo literario no tiene nada que ver con la literatura. Leo Oyola, por ejemplo, es el escritor suburbano, aunque hay muchos más. César Aira es el escritor snob hace años, por más que snob hay un montón (risas). Yo me siento parta de la clase trabajadora y ese lugar de escritor proletario me sirve para discutir ese asombro que genera que uno sea escritor y limpie basura del fondo de los tachos del subte. Ahora bien, la verdad que sí me rompe un poco los huevos que se me reconozca más por el mameluco que por otra cosa. Del otro lado, la cantidad de lectores reales que yo gané por eso, son muchos. Mi trabajo es el que tiene que responder.

— ¿Ayuda a romper el paradigma de ese escritor alejado de la sociedad?
 Sí, porque a los trabajadores, si nos toca algo de la cultura, solo es para consumirla, pero generalmente es nada. Un escritor parece que piensa en musas, en el arte y no en poder pagar el alquiler. Está muy bueno trastocar o cambiar el paradigma. La gran mayoría de los escritores que conozco están en mi misma situación.

— A la hora de escribir, ¿tenés alguna rutina?
 A mí me sirven las rutinas, del mismo modo que los géneros: sirven para ponerle fronteras a la locura. A veces puedo tener una rutina y a veces no, por mi trabajo y mi familia. Los inconvenientes cotidianos no siempre favorecen esas rutinas. Uno le va buscando las formas que el texto pide y también lo que tu vida te permite.

— Por último, ¿qué consejo le darías a alguien que da sus primeros pasos en la literatura o no encuentra el tiempo para escribirla?
— A alguien que no encuentra el tiempo para escribir no se le puede aconsejar mucho, porque quizás no está hecho para escribir y sí para ser pianista, fotógrafo o cineasta, porque ahí también estás contando historias. Si tenés ganas, en algún momento vas a tener tiempo de hacerlo. Si lo que pasa es que te cuesta la hoja en blanco o no te quedás conforme con lo que escribís, eso es lo que más pasa. La comodidad no es lo habitual en la literatura. El que viene a buscar comodidad en la literatura está equivocado o va a ser un papanata que no va a tener autocrítica. Yo casi siempre estoy molesto con los resultados que logro, pero trabajo un montón para esos pocos momentos en los que quedo conforme. En todo ese tiempo disfruto y aprendo mucho.

Por Gustavo Yuste, desde Argentina
@gusyuste
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