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    Décadas de silencio tuvieron que pasar para conocer la hondura de esta poeta, pero en lugar de parecernos detenida en un momento de la historia, ha logrado montarse al tiempo; su resistencia ha sido siempre contemporánea.

    Por Cristóbal Gaete

    Fotografías: John Uberuaga

     

    En un café cercano a la Biblioteca Nacional escribe Elvira Hernández, la puedo ver un momento antes de entrar; atraviesa nuestro deseo de reducirla a su pasado, de imponerle un status de canon. Parece una anónima señora frágil redactando, pero resulta gigantesca al aislarse del ruido; está suspendida de las risas del café y la música ambiental. Impone, al seguir escribiendo, su incombustible contemporaneidad. Engañan la calma de su dicción y sus pasos tranquilos, en esos manuscritos la realidad se vuelve materia poética que revela matices que no conocíamos.

    Si las aves han volado en numerosos libros en la poesía joven chilena estos años, ella los aterriza a la realidad con “Pájaros desde mi ventana” (Alquimia Ediciones, 2018) para que recojan elementos de la contingencia tanto social como cultural. “Cuaderno de deportes” (Cuarto Propio, 2010), circula justo en el tiempo en que comienza la ola de publicaciones anecdóticas y épicas sobre el deporte chileno logrando estetizar este elemento destinado a convertirse en producto de consumo, incluso en el ámbito de las letras.

    Hoy Elvira Hernández, nombre artificial, significa una escritura reconocida por premios como el reciente Jorge Teillier de la Universidad de la Frontera, pero sus poemas tuvieron que hallar su espacio en los subterráneos de la política de los ochenta, en ediciones fragmentarias, lejos del confort que actualmente hemos alcanzado. La autora primero es editada fuera: “cuando llegué a Argentina no sabía qué me estaban pidiendo, porque en el fondo tú adquieres los hábitos del lugar donde vives, cuando manejaba afuera lo hacía como acá, la gente estaba espantada, estaba haciendo algo mal. Acá es sobrevivir, no manejar. Una argentina me dijo reacciona, te están pidiendo un manuscrito. Allá los editores cumplen la función de editores, van a los lugares, escuchan lo que les interesa, lo que no les interesa; acá no hay nada. Uno va a la editorial porque a lo mejor te van a publicar, como si fuera un favor”.

    En tu pasado hay muchos formatos de edición, uno de ellos es el mimeógrafo. ¿Podrías explicarnos cómo funcionaba?

    Uno partía haciendo una matriz en una hoja larga de un material especial plastificado. Le bajábamos la cinta de tinta a la máquina de escribir y la tecla que golpeaba al desnudo la hoja y picaba y dibujaba la letra. Luego se llevaba a una máquina que tenía una palanca que hacía pasar adosada la página para que se imprimiera con tinta. Con eso se hacían revistas manuales que se corcheteaban, se podían hacer en cualquier papel. Recuerdo que no solo se usaban hojas blancas, sino también papel bruto, craft, que era muy de esa época.

    ¿Cuánto era el tiraje?

    No eran tirajes muy grandes, el stencil no resistía mucho, se reventaba y quedaba una mancha. No era tan fácil. Tampoco estábamos preocupados de hacer muchas, porque no se podía almacenar, se hacía lo que se podía y se repartía.

    ¿Eran decenas, llegaban a la centena?

    Sí, puede ser.

    ¿Cómo era la circulación de esos ejemplares?

    Mano a mano. Siempre se iban pasando de a poco, pasabas una y te decían dame cuatro.

    ¿Esas ediciones las hacías sola?

    No, yo colaboré con otros que tenían más habilidad para hacerlo. Era una cosa eventual, a veces yo llegaba y estaban haciendo algo.

    Todas esas dificultades le debían dar una carga al hacer muy distinto.

    Claro, porque todas esas publicaciones eran semiclandestinas. Podían ser muy inocentes, pero era el hecho de que imprimieras algo lo peligroso, la dictadura estaba a la caza de las imprentas. Si tú andabas con una inocente impresión de mimeógrafo, ellos querían saber dónde estaba. El mimeógrafo era guardado como un tesoro.

    ¿Ese ánimo persecutorio era solo por fines políticos o tenía alguna otra intención de corte comercial?

    Buscaban a la gente que hacía las declaraciones. Los centros de alumnos tenían mimeógrafos.

    Lo interesante es que no sólo prestaba servicio a la política.

    Se imprimió mucho en ese tiempo. Quizá lo que más posibilitaba que hubiese algo era ese medio, porque los libros empezaron a circular después.

    ¿Se conservó una cantidad importante de ese material o simplemente desapareció?

    No. Alexis Figueroa con alguien más hizo una exposición de todo ese material que circuló, si mal no recuerdo, en la Biblioteca Nacional. Había poemas que solo querían decir algo y que no tenían más duración que la del día. Muchos poemas de esa índole y de esas características existieron, porque daban una respuesta. Creo que esa es una cuestión que existe desde siempre en la poesía, piensa en la lira popular. Existe un material que no tiene mucha visibilidad, pero que en condiciones como esas tiene más relieve, se hace más necesario.

    Se podría decir que a esa poesía le caben los adjetivos de política y pública que han utilizado para tu escritura

    Los que escriben con más tiempo también le dan otra perspectiva, el caldo de cultivo está en ese momento. Todos son parte de ese período, lo que pasa es que la crítica solo se fija en lo que aparece, no se da tiempo para ir a buscar. La exploración en profundidad mayormente no se hace, se toma lo que ha logrado avanzar en el tiempo y esta suele ser una producción elitista.

    ¿Por qué crees que la crítica no profundiza?  

    Acá no profundiza porque vivimos en el descampado. ¿Cuántos suplementos tenemos en circunstancias en que la circulación se reactiva con las editoriales independientes? Salen libros, pero, ¿quién los recoge aparte del lector? De pronto la crítica necesita llegar hasta un punto. Existen reseñas, pero resulta que las reseñas deberían estar a la orden del día, todo libro debería tener una, es lo mínimo que se pide. La crítica debería llegar hasta ese punto y recogerlo, pero como no lo tiene entonces parte por una reseña y luego con el artículo. Nos manejamos teniendo que romper muchos moldes, sin tener ciertas formas básicas para poder llegar a desarrollar un trabajo crítico. Piensa tú que lo único que hay son las presentaciones, que luego se adaptan.

    Además siempre tienen un ademán celebratorio, es complicado leerlas en serio.

    Las presentaciones se escribe en complicidad con el autor, con un apoyo incondicional con el libro. Es un elemento, pero no es una pesquisa crítica.

    “Meditaciones físicas por un hombre que se fue” son unas postales, ¿qué tenían al reverso?

    El número, para darles orden. A mí me interesó el Arte Correo en algún momento, hice un sobrecito donde metí tres o cuatro postales y las envíe, tenían una estampilla con un hombre desnudo que me hizo un amigo. El poema está situado en un contexto político dictatorial, no omite esa parte, pero pareciera que es un poema romántico.

    ¿Cómo elegías a tus lectores?   

    Eran mis amigos, no era el lector que tú quieres conquistar. Eran amigos que escribían, nuestro intercambio tenía un grado de fraternidad, de crítica frente a los modelos con los cuales nos vinculábamos. Éramos un grupo, de hecho estas meditaciones están escritas el año 89 donde yo me vínculo con una gran cantidad de escritoras después del Congreso de Escritores del 87, entonces se vio ampliado el círculo.

    Eres bastante generosa con las editoriales independientes. ¿Por qué entregas tus textos así? Uno ve escritores que tienen mucha estrategia, que son muy celosos. 

    Yo nunca quise hacer una carrera literaria. Debería hacer un registro de todo lo que hecho, no lo hago. Entonces me dicen por qué no haces una suerte de cronología, pero funciono muy al día. No estoy pensando que tengo que entregar un dossier de cosas para que me postulen a algo, no tengo nada. Siempre estoy entregando algo que esté inédito, porque eso permite hacer visible al grupo que hace un esfuerzo por publicar. Busco poemas inéditos y encuentro agendas de tiempos de la dictadura que surgen de repente. En una venía un poema de un momento en que las protestas arreciaban  y la dictadura decidió reprimirlas duramente. En la zona de Pudahuel ametrallaron una población y las balas atravesaron y mataron gente que estaba en un comedor. La dictadura se regocijaba de ese tipo de cosas, que hubiera una protesta por un lado y que alguien cayera muerto en otra. Que paguen justos por pecadores causa mucho temor. Había cosas que casi te hacían llorar, ese poema surge en ese momento. Un grupo de mujeres estaba sacando esa agenda y se las pasé. Lo hicimos varios. Ese poema no fue recogido por nadie.

    ¿Hay muchos textos más perdidos?

    Muchos más. Yo escribo, no estoy pensando en publicar.

    César Aira publica en muchas editoriales de distinto tamaño. Hace poco un coetáneo armó una bibliografía de él.

    No tengo memoria para ese tipo de cosas. Ni tampoco pienso que debería recordarlas.

    ¿Cómo absorbes políticamente la información de la realidad? En Santiago Waria (1992) incluso hay vaticinios que se cumplen en la transición.

    El poeta es alguien que está metido en la chuchoca, yo interpreto lo que dice Eliot: “El ser humano no soporta tanta realidad”. En ese momento yo me retraigo y escribo, estoy hasta las masas. Tengo una vida cotidiana como cualquier chileno o chilena que busca sobrevivir, entonces estoy percibiendo entremedio, no a distancia. Quizá mi única elección consciente es que mi espacio de escritura no iba a ser una subjetividad íntima sino que mi subjetividad se iba a dispersar en un objetivo común. Ese es el lugar que yo ocupo. El resto es la escritura, que no es algo que piense por anticipado, diciendo que voy a escribir de esto. Es un impulso, sorpresivamente al escribir aparecen ciertas cosas que no podía pensar previamente. En estos momentos en el GAM tengo un trabajo sobre la creación, tenía que elegir formato: libro de artista, performance, video, tablero de referencias. Yo elegí el tablero, adapté a eso  un pizarrón y lo saturé de cosas. Mientras estaba escribiéndolo logré hacer consciente que  cuando empecé a escribir tenía en la cabeza un alto de cosas y luego cuando alguien me preguntaba no podía verbalizar nada, porque traicionaba todo lo que había pensado, y decía cosas de las cuales luego me tenía que arrepentir. Con la escritura también. Con el tiempo determiné que mi sistema de traducción era imperfecto, y entonces finalmente logré hacer una suerte de movimiento en que la escritura fuera una cosa sin planificación, salía en el momento, pero se cruzaba con muchas cosas. Tengo una suerte de idioma pensante que no puedo traducir.

    Germán Carrasco menciona en un artículo de la Revista Santiago la biblioteca Bellarmino como importante en tu formación.

    Es donde está la Universidad Alberto Hurtado. Ahí había una biblioteca efectivamente clandestina, porque tenía libros y revistas que llegaban en valija diplomática autorizados por el Vaticano. Llegaba Casa de las Américas, libros de marxismo, etc. Las bibliotecas habían sido expurgadas. Este era un lugar agradable para ir, yo estudiaba en el Centro de los Estudios Humanísticos y odiábamos ir al Instituto Chileno Norteamericano porque éramos antiimperialistas, me dolía la guata sentarme. Copiábamos a mano poemas de Cummings, de Pound. La Biblioteca Nacional era atrozmente desagradable y parecía que esperaban a los sospechosos que buscaban leer, íbamos solo si el libro no estaba en ningún otro lugar. Daba la impresión que te observaban, en ese tiempo el estudiante era un sospechoso.

    ”Pájaros desde mi ventana”, último libro que publicaste, está también en la antología “Los trabajos y los días”. 

    Se fue armando hace mucho tiempo, desde el año 2012. Extraje de ahí unos cuantos en otra secuencia y en el último me interesó el que pudiera notarse la sintaxis del libro. Hay textos con valor de poema, pero hay otros que están más cercanos a una escritura que es nexo a otra de mayor envergadura. Quería que se notara que la escritura es una cosa irregular, con distintas temperaturas.

    Trilogía de deportes

    ¿Para ti existe una conexión entre literatura y deporte?

    Ambos son un espacio público, y ese es el que a mí me interesa explorar. Pensemos que los poetas en la Grecia antigua estaban en ese lugar, con muchos intereses también. El deporte es una zona que han intentado demarcar como una suerte de pureza para el ser humano. Si la persona está deprimida le recomiendan que haga deporte, si estuvo en proceso de drogadicción, si pasa mucho tiempo en el computador. No es un lugar ajeno a los intereses. Son muy utilizables, ya sea amateur o financiado. Los futbolistas son el gran negocio, sus cuerpos se transan en el mercado, valen miles de miles de millones, los examinan con lupa. Hay representantes, gente que los compra y los vende. Alguien pertenece un tanto por ciento a distintas empresas.  Todo está bastante lejos del origen del ejercicio, que estaba vinculado al cuerpo, y también al ámbito mental. Después cuando se empieza a hablar de competición, término que yo no uso, sino derechamente competencia, el asunto se extralimita. A algo que era gratuito, ahora puedes sacarle partido, hacer un negocio. Es un lugar de ilusión, de simulación, porque no es el lugar puro, a esta altura es de alienación, ha dado la vuelta.

    Estabas consciente que la literatura chilena no se había metido mucho en el deporte al escribir el Cuaderno…

    No, pero me metí sin pensarlo siquiera.

    ¿Aventurarías alguna idea de por qué no se acerca la literatura chilena al deporte?

    Quizá sea por el grado de percepción que se tenga de la literatura, de la poesía. Si la poesía es un mero trabajo estético no va a llegar a ese lugar. Si la poesía es la expresión de un yo, tampoco podría llegar a ese lugar tan fácilmente. Yo siento que mi poesía es también un lugar de conocimiento para mí y en ella descubro relaciones que de otra manera nos descubriría.

    ¿Hay algo que esté tomando una dirección?

    Sobre “Cuaderno de deportes” tengo que decirte que a veces uno habla de trilogías, la ciudad es una, hice Santiago, Valparaíso y luego salió “Santiago Rabia”, pero en deportes yo publiqué una parte. Después quedó un remanente que se llama “Pruebas de resistencia”, que es una transición a la que le doy vueltas a cada rato. Hay una tercera parte, la que más me interesa. Espero sacar “Pruebas de resistencia” luego, no es algo muy voluminoso.

    Fuiste a leer a una toma feminista en Valdivia ¿cuál es tu opinión de ese proceso?

    Es otra oleada reivindicativa de las mujeres en busca de derechos que no tienen, que no tenemos. Las mujeres carecemos de libertad personal, nuestros derechos están mutilados. Es absolutamente necesario, sobretodo porque se piden cosas a nivel educacional.

    Cuándo fuiste a leer a la toma ¿la gente te conoce, la gente lee?

    Había gente muy ligada a la lectura de autores chilenos, había una conexión.

    ¿Cómo ves la relación de universidad y sociedad?

    Yo la veo dentro de una gran complejidad, porque la universidad no tiene claro para qué está, cuál es su lugar. En mi época era el motor, principalmente porque había universidades como la Chile que se extendía hacia una función pública. Hoy con la privatización todo está confuso. La universidad rectora ya no lo es, se le aserruchó el piso en dictadura. Todos dicen que cumplen una función pública, todo se vuelve neblinoso, no se sabe dónde están los límites, no tenemos definiciones claras, no estamos en el mejor momento en esa relación.

    Hay algo particular, los autores de las nuevas generaciones te quieren, varios tienen anécdotas contigo.

    Es espontáneo. Nos reímos, coincidimos, estoy interesada en las cosas que hacen los más jóvenes porque uno ya hizo su parte, escribe desde ese tiempo, a pesar que somos coetáneos, que estamos todos en el mismo tiempo, uno viene desde antes y abandonará este tiempo luego. Y porque siempre está en mí el interés por saber cómo va a seguir esta cuestión, porque tenemos una suerte de tradición, una de las pocas cosas que todavía no se han destruido. Desde ahí me vínculo con ellos. Soy una observadora interesada.

    Es un interés que no debería perderse nunca.

    Se da también en Verónica Zondek, Carlos Cociña y Soledad Fariña.

    ¿Qué te interesa ahora?

    A modo muy general hay un fenómeno con la parte sonora de la palabra. Eso antes no se daba, en mi época la poesía estaba regida por el ojo y toda sintaxis era visual, como la poesía de Juan Luis Martínez, de Guillermo Deisler. El libro de Juan Luis detiene eso, es un libro muy proteico que detiene ese fenómeno. Luego comienzan los poetas más jóvenes a destaponar el oído en relación a la palabra. Este es un período en que los poetas tienen banda, y otros que no la tienen, pero que la cantan con ritmo. Todavía no se ha hablado de eso.

     Apuntes de destrucción y reconstrucción en la poesía de Elvira Hernández 

    Por Analaura Núñez

    Esta autora fue parte de la primera ola feminista de los 90 en Chile, escribió cuestionando los símbolos patrios de la bandera, se refirió a sí misma como “india”, contó la violencia que aquejaba el contexto de vuelta a la democracia, un tremendo cambio en Chile, después de haber vivido tanto tiempo en dictadura. Puedo vislumbrar humor en sus páginas, cuando escribe palabras como “chaíto”, como diciendo chaíto a toda la tradición deshojada para abrir puentes a otras formas de poesía, a otras formas de entendernos, de entender nuestro cuerpo, de cuestionarlo. De pensar en por qué nos maltratamos o nos dejamos maltratar.

    “¿La paz? La silueta que no se recorta ante los ojos de sus observadores. Estamos en el corredor del espectáculo. Al frente es la franja de Gaza.” Termina este verso el poema “Escenario de paz/escenario olímpico” del libro “Cuaderno de deportes”. Y pienso que todos somos espectadores, sobre todo ahora. La violencia se vivió y se sigue viviendo, ya sea en la calle, en las universidades, en la familia, en el rubro creativo y sin embargo, Hernández pareciera llamarnos, como encriptada, a dar cuenta de que además de ser espectadores, estamos siendo partícipes del mismo show. Combato cada día conmigo misma para observar y escuchar testimonios de mujeres que han sido violadas de tantas formas, de enfrentarme al sexismo de cercanos, de actitudes que uno quisiera que no existieran, las veo en amigos, en pololos, en padres, incluso en mí. Y es que hay que enfrentarlo todo, tirarse a la piscina de manera violenta, romperse a sí misma, descubrir nuevos espacios que habitar para salir del corredor del espectáculo y entrar al escenario no de paz, sino al escenario olímpico de lo derruido para reconstruir todo, una vez más.

    En la línea de fuego

    Por Flavio Dalmazzo

     

    Nunca escuchó “pequeño dios”, menos “pequeño yo”. Ajena a modas, narcisismos, cálculo y zonas de poder, la obra de Elvira Hernández ha crecido en una temporalidad propia, ramificándose inquieta, con el oído pegado al entorno y el ajetreo común. Su escritura descarnada, filosa y esquiva, surge a partir del ejercicio de una insobornable lucidez: aquí la piel piensa, los ojos tactan y la lengua cruje conforme al derrotero feroz de la modernidad occidental.

    Poesía de la deriva y la inconformidad, en ella todo es arrojado a la hoguera de la escritura: experiencia personal y colectiva, habla de la urbe, cosas oídas, memorias, topografías, citas, imágenes hechizas, discursos públicos y publicitarios. Incluso la identidad y el nombre propio se han sometido al estricto trabajo de las palabras, del silencio. Porque la poesía es una actividad que demanda una fidelidad radical al desarrollo interno de la materia del lenguaje. Su obra enseña así una cuestión que atañe a la tardanza: hay que demorarse lo necesario, pues en poesía la única urgencia que vale es la urgencia de la escritura.

    Hay que tener calle para descifrar a Elvira Hernández. Leerla implica arriesgarse, avanzar por lo inseguro y lo inestable. Contra la banalidad de los tiempos, a la intemperie, sus textos han apostado y siguen apostando por el hueso del fundamento: “Oh palabras, no es necesario traje / sino desnudez”, reclama. Me parece que su escritura es la más contemporánea de las que nos rodean. Y que leerla y releerla es una tarea impostergable: pues, parafraseando a Benjamin, su poesía también nos muestra cómo forjar palabras inútiles para los –siempre camaleónicos– fines del fascismo.

    Las venganzas hermosas de Elvira Hernández 

    Por Breno Donoso Betanzo

     

    Releída parte de su obra, “La Bandera de Chile” (1991), “Álbum de Valparaíso” (2002), “Cuaderno de deportes” (2010), a cada momento pareciera que Elvira me enseñara,  inculcara, la escritura y la poesía como oficio. No por eso, menos dada a ciertas cuchilladas.

    Esta escritura no se deja almacenar, huye de juicios vagos y primeras impresiones; merece no solo una buena capacidad de interpretación, amerita pasión y disciplina para palpar sus raíces amargas.

    Paródica, esperpéntica, política: los adjetivos no dan abasto con esta obra que entabla diálogos y develados juicios; que hace artesanía y desajusta las posibilidades del lenguaje.

    A reclusión e intemperie, sus poemas desprenden rayos de lucidez sobre las formas absurdas, sórdidas y violentas de la identidad chilena. La ironía, la mascarada, le surten la tribuna anónima y contingente a su falsa arenga, a su antipoesía.

    La obra de E.H es un chiste severo sobre la realidad. El permanecer año tras año entre estos zombis-urbe, la ha llevado a conocer muy bien las artimañas, mañas e injusticias del Empire Chilean.

     

    PUGILATO

    La tensión la mascan los dientes. Sin protector da lo mismo escupirlos si pronto nos iremos a las manos.

     

    Vana memoria es apuntar nombres: Eufemo, Bato –el tartamudo-

    Hierón, los anfictiones. Las ciudades nacen solas, sin nada que les cuadre y

    es un gozo destruirlas

     

    De paso, no hace falta que los contendores bajen al cuadrilátero. Las razones

    no están ni en las graderías ni en la platea. Vuelan por los aires. Son cascotes,

    fierros, tablones, mallas, cañerías. Pequeñas fogatas iluminan la tarde. Estamos

    presentes.

    De “Cuaderno de deportes” (2004-2010)

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