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    Algunas veces, no pocas, la mejor manera de comprender las cosas se encuentra en las metáforas, en el sentido figurado, en la literatura o el arte. Más aún cuando se trata de sentidos o historias trascendentes, como el amor o la muerte. El cine, como muchos autores han señalado, ha perdido esa capacidad de ser arte para transformarse en entretención pura. Y sólo algunas historias recrean a través de parábolas el sin sentido de la vida. ¿Es negativo esto? No, no habría porque pensarlo así, si mal que mal a veces el sentido se encuentra más en la evasión de prender el televisor y reír, que en la discusión con el jefe o los problemas económicos. Más aún, por ejemplo las historias de las infidelidades, no se agotaron con Shakespeare, y si fue así, podrían ser recreadas mil veces más. Independientemente de la profundidad de la historia de una infidelidad, sean cuernos con efectos especiales, o se recree la tortura de los engaños, que puede vivir cualquiera.
    El cruce de géneros como el melodrama, lo tragicómico, y hoy, docu-drama, etcétera, también es utilizado en el teatro cinematografizado de esta película del chileno Fernando Valenzuela. El estreno de “1973 revoluciones por minuto” puede aludir entonces a todas estas búsquedas de significados. Brevemente, la película trata del último día de Salvador Allende, vivido a través de la experiencia de un actor. Ramiro Sandoval (que se interpreta casi a sí mismo como un actor en forma) vive el 11 de Septiembre encarnando al ex Presidente ante un teatro vacío, en el que a veces un niño lo mira casi como un fantasma del futuro. En este caso, el sentido del 11 de Septiembre de 1973 es aludido a través de la experiencia radical de Salvador Allende y su suicidio, “su soledad”, y el hecho de haber quedado en la memoria.

    A partir del formato y de la actuación de Sandoval -posesionada, teatral y facialmente correcta ante buenos ángulos de cámara- “1973…” habla también entonces de la locura de los actores: personas que dejan de ser para ser otro ser humano. Al entrar al teatro en una ciudad de Estados Unidos un personaje de la calle le pregunta “¿Te matan de nuevo hoy? No te preocupes, todo va a salir bien”. De alguna manera, “1973…” es entonces una película sobre el arte dramático, sobre la soledad casi inentendible del actor. Y es así una película de muchas parábolas sobre la soledad: la de los actores, la de Allende, la de los chilenos.

    La canción “La enfermedad de los ojos” de Gepe en los créditos tampoco es casual. El sentido figurado de ver a través de ojos enfermos ya no se sugiere sino que se evidencia. Es la misma relevancia de Sandoval revisando primero los anteojos sin trizaduras, los anteojos después quebrados de Allende, mientras él se maquilla. Tal vez, de alguna manera, la mirada del ex mandatario es a veces la que más se acercaría (¿la que faltaba?, ¿la de sentido?) a comprender el 11 de Septiembre de 1973.

    El texto de Rodolfo Queblen sobre el ex presidente, mezcla trazos de la “Divina Comedia”. Y así retrata mejor que otras cintas, como “Machuca” de Andrés Wood, un significado elusivo de una de las tragedias más grandes de este país.

    Aunque como todo teatro en el cine, la película puede decaer en su intensidad rítmica -más aún con las comparaciones de otras películas en cartelera- la recreación histórica se hace menos pesada, y curiosamente, los significados aparecen más lúcidos, como el niño que mira expectante a este actor, viendo cerca su fin, sabiendo, que lo matan una vez más en un teatro vacío.

    Traición, anteojos de Allende, la mitología y “La Divina Comedia”. El teléfono, el fusil, los ojos después de los lentes quebrados de Allende. Una película que intenta una historia secreta y solitaria, contada para todos, pero con un sentido casi…, casi sólo para la soledad de sí mismo.

    Por Sebastián Ortiz

    Dirección: Fernando Valenzuela.

    Con: Ramiro Sandoval.

    Andes Films, 2008.

    70 minutos aprox.

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