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    Santiago a mil se llama el mayor evento teatral del país. Cabe recordar que en su primera versión, hace ya trece años, el precio de las entradas a este festival, organizado por la fundación FITAM, era efectivamente de mil pesos; de allí se desprende obviamente su nombre. Sin embargo, a poco andar, su precio subió aceleradamente, tal cual lo hizo el globo de helio que inauguró el festival el 4 de enero, en el mismo lugar donde hasta hace no mucho flameaba aquel símbolo erigido por el difunto, la llama de la libertad.

    ¿Quién dijo que su nombre aludía al precio de las entradas? Pues no, alude a la cantidad, teatro a mil por hora, a full. Está claro que el nombre aludía al precio de las entradas, esa es la característica de todo festival, constituirse en un medio de acceso libre o más amplio a quienes carecen de dicho acceso, principalmente por tiempo y dinero. Pero están los espectáculos de calle, excelente, y son muy buenos, muy buenas compañías; bien, pero no es suficiente, las personas también tienen que acceder al teatro en salas, de otra forma nunca lo harán durante todo el año y los teatros seguirán vacíos, a excepción de las comedias light de temáticas sexuales, protagonizadas por rostros de tv, esas sí son consumidas. En oposición, la calle, el único espacio de acceso absolutamente libre y democrático para ver teatro, donde los actores y actrices se enfrentan a variadas dificultades por pocas lucas, sólo lo que el público “pueda dar”, siempre y cuando les haya gustado. El teatro de calle puede ser muy bueno, compañías nacionales y extranjeras han dado muestra de ello, pero el teatro de sala también puede serlo, lo que pasa es que no se le conoce, no se consume habitualmente, no hay cultura dicen algunos, se requiere educación y acceso digo yo. En relación a ello, el montaje de la compañía francesa Royal de Luxe clausura el festival realizando aportes cuantiosos y de envergadura. Instalando un cuento en medio de una gran ciudad, haciendo partícipes a miles de personas, intrigando a toda una urbe, otorgándole vida y poesía, magia para la gente, convirtiendo a Santiago, aunque sea por unos días, en Liliput, un pueblo de cuentos.
    De vuelta en la inauguración, donde se ubicaba la llama; allí, en ese mismo lugar, la compañía La Patogallina inauguró el evento dejando en claro su visión de la historia, la historia de lucha de los obreros del salitre y la tragedia que enrojeció Iquique en 1907. En aquella inauguración, frente a un público enfervorizado, La Patogallina se luce en cuanto a montaje, técnica, escenografía, vestuario, dirección, conciencia y consecuencia. Allí, inaugurando este festival que con sus elevados precios discrimina a su público, lo elige y selecciona, sólo tienen acceso los que les está económicamente permitido. Momento, esto a excepción de los espectáculos de calle, de libre acceso y consumo como una forma de calmar las masas ávidas de teatro, calmar a quienes gritan, empujan las barreras de aquel evento de inauguración, reclaman su lugar, su pequeño trozo de la torta cultural, de este pastel que no alcanza para todos. Como una forma de pedir disculpas por lo elevado de las entradas, que promediaban 5 mil, pasando por 12 mil y hasta 55 mil pesos. Con 15 centros de teatro, entre salas y espacios abiertos, este festival está absolutamente centralizado en Santiago, claro ese es su nombre. No obstante, con los recursos que maneja, bien podría llegar a otros lugares del país. Pero llega, ¿dónde? A Anfofagasta, sólo allí; bien por Antofagasta, excelente. ¿Por qué sólo allí? Porque auspicia el festival Minera Escondida, ellos ponen la plata y eligen el lugar, su casa. Bueno, Santiago a mil no fue el único festival de enero; de hecho estuvo plagado de festivales teatrales, todos en el mismo mes, la fiebre se propagó y surgieron muchas iniciativas, muchas en Santiago, pero también en otras ciudades.

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