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    Freddy mira con una sonrisa burlona a sus tres amigos de “Sanbeka” que intentan de cualquier modo bailar con alguna de las tantas niñas que la tarde primaveral de septiembre ha traído al Galpón Víctor Jara a escuchar y disfrutar con las letras y ritmos contagiosos que Chico Trujillo ofrece a su regreso de Europa. Es el retorno de las ratas como lo anunciaban los carteles, que desde hace unas tres semanas se ubicaban en las calles o circulaban por Facebook. La sala no está tan llena como ocurrió viernes y sábado, pero el ánimo es el mismo, tanto de los músicos como de los asistentes, entre los que destacan amigos y ajenos, todos mezclados con una sola búsqueda: el bailar y disfrutar del trabajo de Aldo “Macha” Asenjo, Juan Gronemeyer, “Tuto” Vargas y los demás integrantes de la banda, que ya hace un buen tiempo vienen construyendo un trabajo que no para de conseguir aplausos, loas, seguidores, imitadores y nuevos y sorprendidos espectadores. Como es el caso de Freddy, mi vecino de pista, un declarado metalero, que termina confesando que “son buenos estos huevones”.

    Los casi tres meses en Europa no traen una banda nueva, sino que Chico Trujillo se presenta igual como lo hizo en el invierno en sus conciertos de despedida. Incluso la no presencia de Camilo Salinas no hace merma en lo que el grupo muestra de manera casi perfecta, algo que también se espera recoja el nuevo disco “Plato único bailable” con que la banda y su sonido del Marga Marga amenaza para octubre.

    En los tiempos que corren es un lujo y satisfacción personal y casi siempre colectiva, gozar el trabajo que presenta en vivo Chico Trujillo, mentores del sonido jaranero, auténticos impulsores y promotores de varias bandas que hoy se hacen presente con sus versiones y variaciones de la cumbia chilombiana. Y ese lujo del que hablamos tiene que ver con la entrega, con la actitud desplegada sobre el escenario, donde cada integrante se da por entero, como lo hace Gronemeyer en sus solos de batería, o los bronces que entre juego y seriedad van construyendo una comunicación distante, pero armoniosa, lo mismo que hace Asenjo con sus idas y venidas, sus bailes, sus exactos silencios para que canten los asistentes y su voz que tanto hace bailar con “El conductor” o ese “Guarare” que despierta al público con tan solo iniciar sus primeros sonidos, o que es capaz de emocionar con “No me busques” o “Y si no fuera”, y sacar al cantor que todos creen llevar dentro.

    Pero también son el conjunto, son la totalidad que se refleja en “El eléctrico” o en “La Guayabera”; conjunto que también se construye con el público, con esa complicidad que requiere de la reafirmación de lo acertado que resulta tal o cual sonido, puesto en ese mismo momento en un contexto de pasión, de alegría sin medición o en esos ajenos que ya no lo son y que saben que “La escoba” compartida en ese espacio de libertad que proporciona el Galpón -confiesen que por eso lo quieren cerrar- se construye para siempre, ya que un trabajo solvente, bien armado no tiene olvido posible, y será siempre una satisfacción garantizada.

    Chico Trujillo

    Domingo 14 de septiembre

    Galpón Víctor Jara

    $ 3.000

    Por Jordi Berenguer

    Foto: Carlos Varela

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