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    Puede parecer pretencioso. La idea de trabajar el lúpulo, dar a luz un sabroso, frío y espumoso brebaje y, mediante ello, transformar radicalmente el orden de las cosas, desliza un cierto aire de ingenuo optimismo. Porque las revoluciones siempre han connotado un remezón que transforma las estructuras y relaciones sociales, dejando por doquier a seres humanos abatidos y a otros triunfantes. El sudor de la conquista y la tragedia de la derrota, nunca habían sido significativamente extrapoladas –en el sur de Chile- a una pretensión revolucionaria, surgida a partir de unos burbujeantes vasos de cerveza artesanal. Importada desde Estados Unidos, Europa y de algunos países latinoamericanos, la intención revolucionaria permeó las cosmovisiones de los productores locales en la Región de La Araucanía. Y les otorgó un sentido compartido a sus labores de creación, erigiendo esta bebida artesanal como símbolo de una nueva forma de producir y consumir cerveza.

    Si se piensa que el concepto de “Revolución Cervecera” puede exhalar algún perfume marxista, lo recomendable es despejarse la nariz. Los alquimistas de este brebaje sin pasteurizar, han puesto su mirada en los cambios culturales asociados a la producción y al consumo de calidad. Marx podría oír con desconfianza esta afirmación. Pero, el aroma es ineludiblemente reconocible en las amargas líneas gramscianas, que expelen con nitidez la necesidad búsqueda de hegemonía cultural. Antonio Gramsci anclaba su idea de hegemonía en la capacidad de generar un “consenso espóntáneo” en la vida social de la población. Y aunque el intelectual italiano atribuía esa capacidad a un sector o grupo dominante, los revolucionarios de la cerveza –desde el Wallmapu- apuestan a una variación. La hegemonía que refieren es concebida, no desde una posición de poder, sino que desde una horizontalidad destinada a introducir en la cultura social otra forma de producir y de consumir la “chela”.

    ¿De qué revolución hablarían estos guerrilleros de la faena artesanal? Al reunirme con cuatro productores de cerveza artesanal de Temuco, esperaba encontrarme con sus miradas afiladas puestas en los monopolios; es decir, en la Compañía de Cervecerías Unidas (CCU) y en Cervecería Chile, los dos Goliath que controlan casi todo el mercado cervecero del país. Las asimetrías en un mercado nacional de la cerveza colmado por la producción industrializada, hacía pensar en un grupo de partisanos de la fórmula artesanal timoneando unos frágiles barcos, frente a dos imponentes buques de guerra. Uno a uno fueron arribando al lugar de reunión, después de un día de arduo trabajo. Rodrigo Leiva (BIRREL), Camilo Klein (KLEIN), Duberli Fernández y Leonardo Miranda (CASSUNI), destaparon sus botellas de vidrios mientras se acomodaban en los sillones. Al observarlos, no parecían precarias embarcaciones lidiando con el furioso oleaje del océano, sino que cuatro confiados barcos que se desplazaban hacia puerto seguro.

    En la Región de La Araucanía, la revolución cervecera es un movimiento de productores de cerveza artesanal que han adoptado, como instrumentos estratégicos, el asociativismo, el encuentro con otros productores del mundo y la exposición de sus brebajes en diferentes ferias regionales, nacionales e internacionales. Les pregunto directamente qué ocurre con la producción de cerveza artesanal frente a la CCU y Cervecería Chile; si sienten el fragor de la presión monopólica, en términos de intentar desplazarlos del mercado de consumidores. Imagino que la interrogante desatará todo un relato anticapitalista, de reivindicación de los productores cerveceros pequeños, de una lucha desigual entre aquellos que concentran el gran capital y aquellos que, a pulso y con una rentabilidad mucho menor, levantan alternativas de consumo y de deleite. Los veo mirarse entre ellos y, para mi sorpresa, se encogen de hombros: “ellos tienen sus mercados, nosotros los nuestros. No nos topamos. Hacer cerveza artesanal no es un mal negocio, es más, es también un desafío que nos apasiona”.

    La respuesta no satisface. Muchas revolucionarias y revolucionarios del mundo han sobrellevado con una pasión inusitada sus luchas contra poderes fácticos muy poderosos. Gramnsci sobrellevó con pasión inclaudicable los diez años de cárcel a los que se vio sometido por la dictadura fascista italiana. Entonces ¿cuál es el carácter revolucionario de esa pasión que los inspira? ¿Qué hace que la revolución cervecera tome prestado el término “revolución”? Los miro cómodos mientras saborean sus cervezas y la pregunta. Señalan que son independientes, que no son asalariados, ni apatronados; que ellos mismos se encargan de la producción y distribución, en bares y en pequeños negocios locales. En otras palabras, son el capital y el trabajo entrecruzados en una misma persona, donde nadie (todavía) se apropia del valor del trabajo del otro. Pareciera un proto-capitalismo o un pre-capitalismo, ya que la exigencia de un mayor volumen de producción, que llevaría a instituir el trabajo asalariado dentro de sus relaciones de producción, aún no ha colonizado a sus pequeñas plantas de alquimia cervecera.

    Los miro abrir otras botellas y distenderse un poco más. El eventual temor frente a los dos monopolios nacionales, perece ser un exótico prejuicio forjado en el desmesurado oleaje de mi imaginación. Sin embargo, los comensales rompen el silencio para arrojar en la mesa otra disquisición. Saben que no pueden competir en las cadenas de supermercados frente a la industria nacional, donde una cerveza Escudo o una Budweiser tiene un valor comercial inferior a la de una botella de cerveza artesanal. Además, tácitamente estos gigantes sugieren al retail “privilegiar” la venta de sus propios productos. Por eso los bares y los pequeños negocios son el destino predilecto de la cerveza artesanal, acordes a sus niveles de producción. Lo que ven con preocupación, es la introducción inminente -en el mercado nacional- de los grandes conglomerados transnacionales, los cuales podrían afectar, no sólo sus pequeñas cadenas de distribución, sino que también pondrían a prueba la resistencia telúrica de ambos monopolios nacionales.

    Sin mercados que se intersecten, sin batallas antimonopólicas, pareciera que la revolución ocurre plácidamente en inmutables y poco concurridas plantas de producción artesanal. Pero, rápidamente refutan esa afirmación. Transformar -individual y colectivamente- la cultura de la producción, es decir, centrar el esfuerzo en la calidad del proceso productivo, surge como meta compartida por este variopinto grupo de cerveceros. Mejor calidad en la producción significa para ellos mejor calidad de la cerveza y, con ello, más posibilidades de permear el gusto de las consumidoras y consumidores. Se trata, entonces, de alcanzar el paladar de la persona que bebe con una cerveza de gran calidad, con el fin de transformar la cultura y las preferencias de consumo. La CCU y Cervecerías Chile pueden continuar atiborrando las góndolas de los supermercados con su bebida pasteurizada. Sin embargo, el eje de la sustentabilidad de la producción de cerveza artesanal, es visualizado en el vínculo virtuoso entre la producción del brebaje y su destino final en los labios de la concurrencia local. La revolución en torno a la cerveza es concebida, entonces, como una paulatina transformación cultural.

    Revolucionarios o no revolucionarios, los productores de cerveza artesanal del Wallmapu han sido reconocidos por su ímpetu asociativo y por sus metas de calidad. Pero, no se le puede exigir a ellos la responsabilidad de que sus procesos de producción y distribución irrumpan con una verdadera impronta revolucionaria. Tal como dice Víctor Hugo, en su obra El Noventa y Tres, “imputar la revolución a los hombres es echarle la culpa de las mareas a las olas”. Es que la producción de cerveza artesanal en La Araucanía, golpea quizás como aquel oleaje enfrentado a las afiladas rocas del status quo de la cultura local y regional. Pero, hasta la geología más pura reconoce que, con el paso del tiempo, la persistencia de las olas va modificando hasta la más indomable estructura rocosa. Saben que, aunque el proceso de cambio cultural puede ser paulatino e incluso transgeneracional, no deja de ser relevante la intención de transformar las formas establecidas de producción y de consumo, generando una nueva identidad cultural.

    La trágica vida y el legado de Gramsci, en este sentido, nos deja lecciones de envergadura. La capacidad de transformar -paulatina y progresivamente- las pautas de consumo y de producción de la población, es testimonio de una acción política con claras intenciones hegemónicas. E independiente de que los cerveceros artesanales se sustraigan de la verticalidad que supone la concepción gramsciana, la influencia cultural como meta estratégica los conduce a los salones de las transformaciones sociales, al menos en el nivel local. Levantar la producción artesanal ha implicado un gran esfuerzo para la fuerza cervecera. Sin embargo, con la persistencia el deleite vendrá después. Al fin y al cabo, la Revolución Cervecera está comenzando a cambiar las pautas culturales de una población, que verá en el consumo artesanal una experiencia de placer sensorial y mental. Bienvenida, entonces, la Revolución Cervecera, esa suerte de revolución gramsciana o de metamorfosis cultural.

    Por Oscar Vivallo
    Bufé / Concepción

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