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    Captura de pantalla 2016-05-09 a las 12.00.26Ediciones Ajiaco, últimos días de 2015.

    Año 1980 y tanto. Lugar, el “Gatsby” de Concepción. Antes el cine Cervantes, ahora es un centro de evento elegante y siútico, con amoblado de tapizado en terciopelo rojo sintético y grandes espejos de marco dorado. En esa tarde, una productora de modas – recuerdo los apellidos Geisse e Insense- organiza un evento para el plumerío de plata local. Como parte del decorado y la entretención, han contratado a alguna gente de teatro, los que resultan pertenecer al “Teatro Urbano Experimental” de Concepción. Grupo de honrosa y valiente memoria- al cual pertenecí alguna vez- en los tiempos y años de la agitación callejera, ve en esta actividad una fuente provisoria de financiamiento, por lo que disfrazados, maquillados y en trance, pasan a oficiar de garzones. Son cuatro o cinco los que atienden el evento. Poco a poco el asunto se hace cuesta arriba. Los gritos menudean y cunde la histeria organizativa; los contratantes, empoderados en su pachorra de gente bien, mandonean e imparten órdenes absurdas. La cosa está fome. Hasta que uno de nosotros tiene una idea brillante. En el trasfondo del local, en donde debemos armar y servir el coctel, realizaremos una discreta y secreta broma. Mesclaremos nuestras salivas y expectoraciones con los sugestivos tragos, para servirlos con su parafernalia, en las doradas y brillantes copas. Luego, a disfrutar, con una sonrisa oculta en los labios. Lo recuerdo, al encontrar una anécdota casi idéntica – cambian las fechas, los lugares, pero el sentimiento es el mismo- en la crónica “Pollo caballo” del libro Ir a la trinchera de Juan Carreño. Publicado recientemente por Ajiaco Ediciones, se trata de un libro de crónicas, que andando un poco se desborda por todos los géneros, situándose a veces en una tradición de cronista mucho más cercana al estilo de Enrique Bunster y Joaquín Edwards antes que a la jerga barroca de Lemebel. Se proyecta, explotando, ya en libro de viajes, ya en episodios extraordinarios, ya en diálogos descocantes o prosas que por momentos evocan el espíritu de apostasía ciudadana que inaugurara Marcelo Mellado, amén de eficientes atentados casi surrealistas a la prosa nacional. Lo que Juan Carreño hace- para decirlo en un par de líneas- es una crónica fantástica de sí mismo, en la que nunca permite que la anécdota o los personajes se distancien del núcleo duro de su escritura: su consciente yo, imbuido de su voluntad de escribir. Esta programática, expresada por medio de una habilidad de mutación literaria en pleno desarrollo, entrega un libro sólido –valga la comparación metafórica- que no cultiva ni necesita un pintoresquismo corsario y funanbulesco para hacerse ver. Hace unos años en un evento de poetas y críticos sostuve que la crítica literaria que me interesaba – en el sentido de su hacer- era aquella que en su estructura y despliegue ofreciera la posibilidad de integrar tanto la reflexión sobre el texto como la exposición de las reglas y procedimientos en que reconociese las condiciones de su posibilidad. Y así, estas reseñas, serán simples, pero no incautas, basadas en la apreciación personal y por tanto, opinión, mas no opinión sin sentido: se basarán en experiencia lectora, conocimiento de las posibilidades de una tradición y en una práctica escritural sostenida. Hablo de sensibilidad estética, a la vez de la capacidad de observar el comportamiento y raíz de esa sensibilidad. Dice Carreño: Había que forjar la escritura como un robo hormiga de la experiencia, una especie de alunizaje para reventar un cajero automático y escribir tirando miguelitos a los críticos y pacos. ¿Se ve que es difícil meterse a crítico, no? Difícil… pero necesario. Pues sin lectura y sin opinión, los libros se quedarían en los anaqueles, sin decir ni pío.

    Por Alexis Figueroa
    Bufé / Concepción

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