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    Muy peculiar es el hecho que Vicente Huidobro, uno de los mayores poetas chilenos, siendo un ateo declarado, haya pretendido a Juana Fernández, hoy convertida en Sor Teresa de los Andes.

    Empiezo señalando la verdad. No sé en que medio leí hace unos años de la singular historia del terrible Vicente García Huidobro Fernández, el dandy de la poesía chilena, y su amor no correspondido por una joven bella: Juanita Fernández, hoy célebre aquí y allá como Sor Teresa de los Andes.

    Lo cierto es que este mujeriego y maravilloso poeta “creacionista” creyó que las niñas bellas siempre se rendirían ante sus cualidades que no eran pocas: inteligencia, talento, atractivo físico y, para rematar, millonario.

    El enemigo declarado de Pablo de Rokha y de Pablo Neruda era un hombre muy, pero muy bullicioso. De allí que sus amigos hubieran pensado que hubiera sido un magnífico Presidente de la República y por ello lo hayan proclamado unos pocos centenares de personas en un teatro pequeño, al parecer ubicado en la hoy creciente calle San Diego antes de llegar a la Alameda, cuando la Alameda aún se llamaba así hasta que después don Pedro Aguirre Cerda –ejerciendo el magisterio de la Presidencia- la bautizó justicieramente con el nombre del Libertador Bernardo O’Higgins.

    No hay fotografía en la que Huidobro no luzca como un actor de cine. Físico delicado, sonrisa esencial y vestimenta perfecta. Hay imágenes en que aparece rodeado de varias “preciosuras” jóvenes.

    ¿Tanto le amaban ellas?

    Talvez no. Iban tras el hombre célebre que ya era, sobre el hombre rico, que también era. Su familia, al igual que los Alessandri, eran dueños de la mayoría de los terrenos que se ubicaban en la costa de la Quinta Región.

    Pero el enorme poeta amaba más a la poesía y a las mujeres que a la fortuna de su familia.

    De esa manera un día, entiendo, a través de un hermano de Juanita Fernández, él conoció a esa chica, una niña, muy niña y muy bella. El poeta le proclamó su amor, pero ella le dijo que en su corazón sólo estaba Dios. ¿Dios? ¿A un ateo decirle eso?

    Las amarguras de nuestro querido dandy fueron aún peores. Tenía un rival de peso mayor. ¡Qué Joe Louis, qué Jack Dempsey, qué Rocky Marciano!…Ese rival era Dios y Dios tenía en la tierra a Cristo…

    Y la bella Juanita ya había cedido sus dones a las Carmelitas descalzas…¡Qué tristeza para el gran poeta!

    Su rival era enorme.

    No sabemos si el poeta lloró. Era un poquito duro, al revés de Pablo de Rokha que, con su palabra demolía, pero que en su intimidad cada dolor le hacía llorar…

    Pero que se haya indignado o su ego haya sido hecho trizas era posible.

    Muchos años después, cuando Huidobro se acercaba a una muerte juvenil, en su casa de Cartagena vivió una singular anécdota que denotó su fiereza contra el teísmo y su celo en mantener vigente sus ideas antireligiosas.

    Quien contó la historia fue el imprudente Eduardo Anguita.

    Señala el autor de “Venus en el pudridero” que estando en casa del aeda del creacionismo éste se largó un discurso contra Dios. Anguita, que era un creyente acérrimo, le dijo:

    -Hombre…¿Y si ahora se te apareciera Dios que harías?

    -Pues saco el revólver y lo mato- fue la dura respuesta de Vicente.

    ¿Cuánto pesó en su corazón de hombre el rechazo de la bella Juanita Fernández?

    No lo sabemos.

    Pero su declaración de ateísmo, independiente de esa frustración o capricho, siempre estuvo en él.

    Ella es, ahora, una Santa, la primera de Chile.

    Y él, un poeta, uno de los cuatro grandes de Chile.

    Ay, el amor…El amor…el amor…el amor… Como en la canción.

    Nota: Escribí esta nota en quince minutos, acompañado de una piscola.

    ¡Salud!

    A todos mis amigos mayores, salud, aunque no tomen. A Bellamín Silva, a Fernando Herrera, a Daniel Rojas Pachas, a Mayo Muñoz…trabajadores de la palabra todos ellos y salud a Patty Figueredo y Luis Colina Campos…

    Puchas ¡se me terminó la piscola! Voy por otra.

    Y Vicente, estés donde estés, SALUD… Juanita vive en su cielo imaginario, y tú en tu cielo de poesía.

    Nosotros te leemos, te queremos…


    Por José Martínez Fernández

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