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    No hay mucho que explicar. Sólo hay que ir dando algunas pistas de lo que ocurrió en el último concierto de Los Muertos de Cristo, y no sólo en Chile, sino para siempre, aunque uno nunca pueda asegurar eso.

    Vale partir diciendo que era una deuda, que la presentación del año pasado en el estadio Víctor Jara no los había dejado contentos. No pudieron tocar cómodos. Las bombas lacrimógenas que trataban de ahuyentar a los que intentaron saltar las vallas de control; los innumerables espectadores que se subieron al escenario a tratar de decir algo o a abrazar a los músicos; aquellos que colgaban desde lo más alto de las torres de sonido. Todo ello provocó un ambiente que en algunos momentos fue bastante tenso. Ahora no ocurrió nada de eso. Es más, la noche transcurrió en absoluta calma, y el grupo volvió todas las veces que fue necesario y plasmó gran parte de los temas que los asistentes querían escuchar. Durante las casi dos horas y media de concierto se pudo revisar sus temas más emblemáticos: “Abre los ojos”, “Obrero somos”, “A las barricadas” -la que el público ya había interpretado un par de veces antes-, “A galopar” –el poema de Rafael Alberti, musicalizado por Paco Ibáñez-, “Los solidarios” –la historia de Buenaventura Durruti, Ascaso y García Oliver-, y la lista podría seguir.

    Pero no sólo fueron capaces de entregar aquello esperado, sino que fueron construyendo un diálogo musical y afectivo en las ideas, que les permitió redondear la actuación. Fue posible escuchar su vinculación con el conflicto mapuche; con las muertes ocurridas en la supuesta democracia chilena; con la construcción de un orden que se encuentra muy lejos aún, pero al que la mayoría de los asistentes espera; con esa valoración del trabajo que responde a su devenir cultural; con aquellas imágenes que hablan de muerte y represión; y con esa construcción ética y valórica que viene desde los abuelos en el caso de ellos, o de los bisabuelos en otros tantos.

    También tuvieron tiempo para la emoción, para evidenciar su desánimo al saber que no podrían tocar en el Víctor Jara, y su sorpresa al saber que lo harían en un pequeño estadio de tenis, que se encuentra a pocos pasos “de donde se torturó y asesinó a mucha gente que fue víctima de la dictadura de Pinochet”, en sus propias palabras. Un momento para interpretar un tema del asesinado creador chileno. Una noche que no puede servir para cubrir los casi 20 años de Los Muertos de Cristo, pero que reconforta, al dar la posibilidad de haber tenido en menos de un año dos pasos que quedarán, según expresaron, en su recuerdo.

    Parecen suficientes pistas para evocar lo ocurrido. Seguir con más detalles sólo puede servir para entender que la banda al servicio de los contenidos resulta clave en cada entrega, en cada momento de aportar desde las guitarras, el bajo y la batería, que cada imagen que se proyecta es un refuerzo de “la idea”.

    Un espacio final para las bandas chilenas. Considerando el tiempo asignado y la urgencia que entrega el contar con media hora para cada una de ellas, resultan destacables las presentaciones de 10 botellas y Punkora. Entre los asistentes, quizás aquellos más fieles, aquellos que corearon desde la primera fila junto al escenario o que hacían un “pogo” que se agrandaba en cada vuelta, o que han ido a esas tocatas hechas a pulso, en lugares sin amplificación, sin luces, y sin una difusión masiva, valoran el que ambas bandas se hayan parado ahí y entregado su aporte al inagotable punk-rock.

    Tokaron Los Muertos de Cristo, 10 botellas y Punkora, Court Central del Estadio Nacional, sábado 28 de junio, valor entrada $ 8.000

    Jordi Berenguer
    Fotos: Eve Cazenave

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