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    Argentina es un país de cicatrices diversas, muchas de ellas autoinfligidas. Malvinas es de esa especie de herida reciente con la que una sociedad carga entre el sentimiento de soberanía y la triste experiencia bélica llevada a cabo por la última dictadura cívico militar, que empezaba a ver el ocaso de su régimen en el horizonte. En esa dirección, ficcionar y escribir historias de ficción sobre Malvinas es un paso natural que la literatura agentina dio y basta con nombrar el célebre Los pichiciegos del ya fallecido Rodolfo Fogwill.
    Sin embargo, escribir sobre la historia reciente trae sus riesgos y más cuando el tema es una guerra perdida como Malvinas. Puerto Belgrano (Random House, 2017) de Juan Terranova logra esquivar los lugares comunes que pueden minar a una historia que tenga a las islas del Atlántico Sur como posible escenario. En el caso de esta novela,  la apuesta es todavía más fuerte: ¿cómo narrar una guerra desde un barco que nunca llegó a Malvinas? Hablamos, claro, del Crucero ARA General Belgrano, hundido el 2 de mayo por un submarino inglés cuando se encontraba por fuera de la línea de combate.

    Manejando con precisión de cirujano -profesión que tiene el protagonista de Puerto Belgrano, Eduardo Dumrauf- los recursos propios de una novela, un diario personal y libro con una importante cantidad de datos históricos, Terranova introduce al lector en el ambiente de la época a través de la visión y psiquis del personaje principal. Dumrauf es un cirujano militar de padres alemanes e historia naval, con una vida chata pero de pensamientos profundos. Ese tipo de personas que antes de hablar esperan 5 segundos hasta que aparezca la palabra adecuada.

    Puerto Belgrano (Random House, 2017) de Juan Terranova logra esquivar los lugares comunes que pueden minar a una historia que tenga a las islas del Atlántico Sur como posible escenario. En el caso de esta novela,  la apuesta es todavía más fuerte: ¿cómo narrar una guerra desde un barco que nunca llegó a Malvinas?

    Lejos de apoyarse en lugares comunes y nacionalismos exagerados, Puerto Belgrano ayuda a comprender desde la ficción el clima desordenado y alborotado que tiene lugar durante una guerra, donde nada es como era en los días previos. La camadería de estar en altamar arriba del Belgrano y el instinto de supervivencia que une a los personajes una vez en las balsas se encuentran narrados con una astucia que logra, por momentos, hacer olvidar al lector que ya conoce el final.

    Otro de los logros de esta novela que resulta importante destacar es la habilidad de no caer en una novela histórica o realista al extremo. Terranova abre el juego a lo fantástico, a un juego de espías y a lo onírico sin desviar la atención de la historia central, sino enriqueciéndola. En esa dirección, el relato no pierde la oportunidad de denunciar -sin caer en estilos panfletarios- los crímenes de la última dictadura cívico militar, sobre todo los ocurridos en la guerra de Malvinas por parte de los altos cargos militares a los soldados.

    A pesar del espesor del tema elegido, Puerto Belgrano también cuenta a lo largo del relato con descripciones que rozan lo poético. Puede leerse: “Uno de los miedos más antiguos del hombre es la oscuridad. Y la más antigua y perfecta oscuridad está en la noche del mar”.  O también: “Lo más hermoso del barco era su silencio. Un silencio sólido como las cuadernas de acero. Un silencio lleno de ruidos monótonos como un continuo, como una fuente en verano, un silencio previsible, espeso, puro”.

    El relato no pierde la oportunidad de denunciar -sin caer en estilos panfletarios- los crímenes de la última dictadura cívico militar, sobre todo los ocurridos en la guerra de Malvinas por parte de los altos cargos militares a los soldados.

    La aventura de convertir en ficción la historia reciente es un riesgo que Terranova eligió tomar y que, gracias a hacerse de los recursos propios de la novela, pudo resolver de manera satisfactoria. Puerto Belgrano puede ser una muestra de la madurez de la narrativa argentina para tomar distancia de la realidad sin volverse liviana y sin filo. Como si fuera un misil teledirigido, los efectos de este libro sobre el lector parecían estar preestablecidos con una precisión propia de la racionalidad de las máquinas.


    Sobre el autor

    Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Es autor de las novelas El vampiro argentino, La piel y Los amigos soviéticos (Mondadori, 2013), entre otras. También publicó libros de ensayos como Los gauchos irónicos y Sexo, nazismo y astrología.

    Actualmente coordina el área de investigación del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.


    Por Gustavo Yuste, desde Argentina
    @gusyuste

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