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    Escribo así como contándole a un amigo las cosas bacanes que me pasaron tras ver en vivo a un artista que admiro y por eso es que este texto quizá no califique como una reseña de tradición periodística. Así es como quiero escribir sobre la primera presentación de Mondo Cane este fin de semana.

    Imposible no empezar comentando acerca del amago de concierto que sufrimos quienes asistimos a la jornada inaugural de Patton en Chile. El Coliseo estaba absolutamente lleno por un público heterogéneo en que se mezclaban edades, poleras y accesorios pero hermanado en la devoción hacia la música de este gringo chileno. Alain Johannes fue el encargado de abrir el show, con una copa de vino y su cigar box, este recuperado compatriota mostró porqué es tan relevante en la escena musical internacional. De una sencillez conmovedora, Johannes se mandó un set de canciones la raja -¡cómo sonó “Spider”!- pero que fue bruscamente interrumpido cuando le indicaron que no iría el último tema anunciado. Acto seguido, un robusto productor argentino nos informó que Patton iba de camino a la clínica por una intoxicación estomacal y que se reagendaba la presentación para el domingo a las 18 horas. Todo mal, sobre todo pensando en quienes viajaron de regiones para ver este Perro Mundo.

     

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    Ahora tenía que ser diferente. Faltaba poco para las 6 de la tarde y el teatro de calle Nataniel mostraba notoriamente menos gente que el sábado. Mientras tanto, el hombre responsable de habernos comunicarnos esa mala noticia, era objeto de pifias y hueveos por parte de un nervioso público hasta que por fin entró la tropa a escena.

    Patton nunca deja de sorprender, nunca. Esta vez en modo crooner y luciendo un impecable traje blanco, abrió la experiencia Mondo Cane con la hermosa “Il cielo in una stanza” mientras los presentes coreábamos a la pata Suona un’armonica: / mi sembra un organo / che vibra per te, per me / su nell’immensità del ciel” y olvidando de inmediato el desaire del día anterior.

    La estrechez del escenario en que incluso se perdían de escena algunos músicos importó bien poco y fue esa misma pequeñez la que lograba una energía íntima, familiar. Ver tan juntitos a los miembros de la orquesta, era una oportunidad de apreciarlos en el detalle de sus movimientos o en cómo atacaban sus instrumentos mientras se miraban felices y conectados. Pienso en la risa imborrable del baterista Scott Amendola, en la calma de Enrico Gabrielli y sus instrumentos de viento o en las miradas cómplices de las coristas Valeria Vasta, Roberta Lizzio y Claudia Puglisi con el maestro de ceremonia y su vistosa performance.

    Pensar alguna razón de porqué la propuesta estilística y estética de Mondo Cane logra tal sintonía con la audiencia, seguro radica en que recupera toda esa tradición del cancionero popular italiano -a veces olvidado entre tanta nueva oferta- a punta de oportunos riesgos, cruzando en dosis perfectas el espíritu original de aquellas viejas canciones con arreglos desprejuiciados que se abren a lugares como el jazz, el rock o la inquietud avant-garde. Es en esa mixtura desde donde este proyecto cautiva a todo su público, como tocando a cada quien en su íntimo afán.

    Escenas que confirmen la grandeza de este show, sobran: a mi lado figuraba un tipo de unos cincuenta años, polera de Moonchild y rostro rígido y bastó que sonara delicada “Scalinatella” para que esa aparente adustez se rompiera entre lágrimas y aplausos; Patito, amigo y ex compañero de pega al que no veía hacía rato -y que recuerdo como amante de la electrónica-, cabeceaba feliz “Storia d’Amore” junto a su novia Marti; a un par de metros una chiquilla bajita luciendo la polera del King for a Day, abría su boca cada vez que la voz de la corista Puglisi junto a la flauta dulce de Gabrielli se empinaban en los agudos perturbadores de “O Venezia, Venaga, Venusia” de Nino Rota. Y así más, muchas más.

    La dulce “Sole Malato” de Modugno más la presentación de cada una de las músicas y músicos en escena, fueron el cierre de un espectáculo soberbio, uno en que cada una de sus partes -desde los que estaban en el escenario y de los que no- era perfecta en su conjunto.

     

    Corazón valiente

    Cada vez me convenzo de que Mike Patton llegó a nuestra historia cultural popular como un impensado guía, uno que desde su inquietud creativa logró que lo quisiéramos sin miramientos y que va mucho más allá de su indiscutible calidad. Desde su primer arribo a Chile en ese Festival de Viña del ‘91 y sin siquiera proponérselo, él nos ayudó a recordar el amor por la locura, por el vértigo. El amigo Patton nos dijo entre pollos, guturales y agarrones de poto que no hay terremotos ni milicos suficientes como para que nos olvidemos de cuánto nos gusta la belleza de toda aventura.


    Carlos Montes Arévalo

    Instagram: @montes.arevalo

    Twitter:@carlos_montes_a

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