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    La gracia de comentar algo, cualquier cosa, es que esa forma de discurso debe estar instalada desde una posición, desde una parcialidad que sea el eje y que le otorgue un sentido a un hecho, a una experiencia concreta y hablar sobre lo que pasó en la tercera presentación de Opeth en nuestro país el viernes recién pasado es permitirme transitar entre mi guata melómana y su presentación tal como pasó para todos los que ahí estuvimos.

    El primer disco de Opeth que escuché fue el Morningrise, allá por el ’97. Me armé criado entre los sonidos de la Nueva Canción Chilena y mi búsqueda particular de una sonoridad que empecé a urdir entre la lisergia de Pink Floyd, los sonidos en bruto de los primeros Metallica y el pop rock amable de Soda Stereo. Y por esos tiempos mi primo Pepe de Temuco me pasó ese caset de los suecos. La voladura mental fue instantánea. No podía entender cómo podían convivir en una misma historia, en una misma canción tantas texturas y escenas. Juntar lo sacro y lo profano era posible y desde ese momento mi devoción por Opeth nunca ha cesado.

    Con un ojo mirando pa’ atrás

    Partamos diciendo que el Caupolicán no estaba tan invadido por el chasconaje cuando todavía no daban las 8 de la noche y fumaba un pucho en la entrada. Pensé que no iba a lograr llenarse el teatro como en las ocasiones anteriores, sin embargo mi pronóstico fue erróneo.

    Poema Arcanus empezó a eso de las ocho y cuarto y lo ofrecido fue consistente y en consonancia con lo que imaginaba que iba a pasar con los escandinavos.

    Mientras oía “Omniscient Opponent”, me acordaba de algún viejo caset de Garbage y después Garbage Breed, y me encantaba cachar cómo estos cabros habían madurado en sus afanes musicales. Sonaron tremendos, con una solidez que solo se consigue con harta pega, convicción en lo que se quiere y disciplina.  Aplaudí fuerte y feliz “Elegía”, canción que cerró la presentación de estos chilenos y que simplemente confirmó que gran parte de nuestras grandezas musicales están paridas en el imaginario metal. Los sigo aplaudiendo.

    La primera vez que compré una entrada para ver a Opeth, si mal no recuerdo, fue cuando venían en el marco de la gira del Damnation y presentarían el setlist acústico de este disco y uno brutal performando el primero de este tándem, Deliverance. Recuerdo que tocarían en un local de Vicuña Mackenna y todo resultó en un concierto que no se hizo y en no sé cuántas lucas perdidas porque la productora -recuerdo a alguien de apellido Quezada- no devolvió la sacrificada inversión. Lo bueno es que ahora estaba en un teatro repleto, lleno de pendejos y de viejos, todos atentos a la tromba que estaba por llegar.

    La música juega con distintas cartas a la hora de sorprender y ser validada. Pirotecnia, luces, disfraces, preciosismo instrumental, en fin. Lo que pasó con Opeth fue la supremacía de una música atrevida que se desmarca de molestas categorizaciones, purismos odiosos y que con una ejecución superlativa, orgánica, conmueve a cualquier persona que esté dispuesta a oír música de calibre.

    Opeth en esta ocasión mostró una grandeza que traía las impecables sonoridades progresivas de su Pale Communion y las carajas cruzas de sus viejos tiempos en donde hacían convivir la guturalidad con la dulzura. La verdad es que no pretendo hacer un mapeo de todo el setlist y su correspondiente comentario, pero es imposible no señalar que la curatoría hecha al momento de decidir las canciones fue perfecta.

    Las canciones que podrían haber generado algo parecido a una resistencia por parte de la fanaticada dogmática y que salen de sus dos últimos trabajos, Heritage y Pale Communion, fueron simplemente atronadoras. Y aquí es donde uno confirma el amor profeso por estos suecos, porque sin dar explicaciones ni excusas, Akerfeldt dirige una nueva construcción sonora que se aleja de la old school metalera para abrirse a sus búsquedas casi arqueológicas, en donde el progresivo y el hard rock son el nuevo disfraz con que busca mostrar su propuesta.

    Lo que pasó con viejas canciones como “Advent”, “The Leper Afinity”, “The Moor” o “April Ethereal”, fue una ofrenda para los que nos enamoramos de su trabajo hace muchos años atrás. El flaco Mikael es un capo y nos supo invitar junto a su banda a esa mágica experiencia que camina entre la brutalidad, los staccatos, síncopas, los limpios arpegios y sobre todo, la patudez de repensar un género musical tan ultrón como lo es el metal y que en muchas ocasiones pecó de ser acomodaticio frente a las infinitas posibilidades que significa cualquier ejercicio creativo.

    Me encanta creer en Opeth porque es un banda que logra convencerme de que son el desparpajo compositivo que debe siempre estar en cualquier discografía lúcida. Escuchaba la exquisita “Windowpane” y me acordaba un micro segundo en mi vieja, profesora y melómana de la grandiosa y antigua escuela musical chilena y pensaba que el Damnation se convirtió en uno de sus discos favoritos, porque ese sonido en clave rock era capaz de enternecerla, de invitarla a consumir nuevos formatos y validarlos hasta el punto de oírlo mientras cocina o pasea en sus tiempos de jubilada.

    Coda

    La gracia de estar vivos es alcanzar la experiencia sin ningún tipo de veladuras ni prejuiciosos frenos, abordar sin tanto miramiento las propuestas que los artistas anónimos y los consagrados nos ofrecen cada día y lo que pasó con Opeth este 17 de julio en el Caupolicán fue justamente eso: una experiencia total, la confirmación de que la música siempre se las va a arreglar para ser y sonar como se le dé la gana.

    Otra noche inolvidable.

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    Carlos Montes Arévalo

    @carlos_montes_a

    Fotos: Marcelo Collao Miranda

    @lacmore

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