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    Óscar Barrientos Bradasic (Punta Arenas, 1974) es un novelista, poeta y profesor chileno de origen croata. Ha publicado los libros de relatos: La ira y la abundancia (1998), El diccionario de las veletas y otros relatos portuarios (2003) Cuentos para murciélagos tristes (2004) Remoto navío con forma de ciudad (2007), la novela El viento es un país que se fue (2009), Quimera de Nariz Larga y Carabela portuguesa.  Ha recibido La beca de creación literaria del Fondo del Libro y la Lectura (2001), El Premio Municipal de la Ilustre Municipalidad de Valdivia “Fernando Santiván” (1998) y la mención honrosa del mismo premio el año 2002, así como el premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar en La Habana, en 2015.

    Esta vez, para Cuentos Ciudadanos, el autor nos ha cedido el relato “La heráldica de la carroña”.

     


    Imagen: Francis Bacon

    La heráldica de la carroña

    Una de las plazas más olvidadas de Puerto Peregrino lleva por nombre la Rambla de los Pájaros. Se trata de un espacio discreto y austero, que simula un museo de tiempos mejores.

    En la actualidad no es más que un sitio para enamorados furtivos que intercambian la gastada proeza de los labios entre la mierda de las palomas y los transeúntes que circulan diligentes por el paseo que irrumpe la calle. El monumento principal es un cóndor que extiende sus alas en dirección al océano.

    La inscripción a los pies de la estatua no puede ser más singular: En homenaje a Eulogio, el cóndor que hizo de la carroña, el arte de amar. Sus amigos que lo quisieron tanto. El pájaro de roñoso niquelado representa – según dicen – la victoria del recuerdo sobre los coros amnésicos, rescatando con ello un sentimiento cercano a la ternura.

    Pero yo creo que el cóndor Eulogio se ajusta más bien al triunfo de la carroña, como versa la inscripción. Vistas así las cosas, el tributo al pájaro desgarbado de otra época instala un espacio de niebla y ausencia que sólo la pútrida pero, en el fondo, sublime naturaleza humana es capaz de reeditar.

    Por ello, los que pasamos casi a diario frente a esa plaza podemos decir que aprobamos el blasón del buitre, la altivez raída de los viejos monumentos.

    Se hablan muchas cosas de ese cóndor y las historias algunas veces lindan en la leyenda.

    Hace no mucho, vi a un abuelo explicando a su nieto, con desleído tono pedagógico, la historia de Eulogio, mientras el niño de verde jardinera lamía un helado y observaba con impavidez la efigie alada.

    Pese a todo, es un imaginario que también le rinde cuentas a la realidad y todavía quedamos algunos testigos de su paso por la tierra.

    El cóndor Eulogio fue durante años casi el símbolo de Puerto Peregrino. Recuerdo sus grandes alas negras aleteando con torpeza para emprender el vuelo y su nariz ganchuda, los ojos húmedos como a punto de llorar, un rostro quebrado de pájaro que ha adquirido ya un semblante humano por su cercanía a las calles y a los trajines de la gente.

    Nadie sabe bien cómo llegó a Puerto Peregrino ni quién lo bautizó con ese nombre que le venía tan bien.

    Dicen que alguien lo obsequió siendo muy pequeño a un cuartel de policía que quedaba en los suburbios de la ciudad. Ahí- según he oído- los guardias ociosos lo cuidaron hasta que sus alas se extendieron lo suficiente. Incluso para no aburrirse en las infinitas noches de turno, lo azuzaban con un palo de escoba para que el pájaro desesperado intentara huir en el minúsculo calabozo sin lograrlo.

    A veces, solían encerrar a los borrachos que hallaban en las calles, junto al cóndor para que el discípulo de Baco escarmentara, despertando de su ebriedad junto a esa figura siniestra. Pero, en rigor, era Eulogio el que se asustaba replegándose en sus alas como cuando un niño triste se contrae en sus propios sueños.

    Imagino que desde ese tiempo – ya fundido en la mitología popular- nació la aceptación del cautiverio como escenario de su existencia. Una prisión de cielos abiertos y empedrados fríos, de edificios y puentes, de catedrales y sonrisas de niño.

    Finalmente lo soltaron. Debe haber aprendido a volar contemplando bajo su capa de plumas a los cadenciosos cormoranes del puerto y permaneció en Puerto Peregrino, haciendo de la ciudad su cárcel voluntaria. El ave libre y carroñera optó por la vieja urbe de los melancólicos.

    En aquellos años todos los habitantes de Puerto Peregrino veíamos a Eulogio casi a diario. Tan pronto se le encontraba en las plazas de la ciudad como posado en una antena observando la carretera con aire flemático. Era inquietante, eso sí, que en una ciudad portuaria como ésta, habitara con tanta naturalidad un ave propia de las remotas cordilleras andinas.

    Quizás algo de ese origen ignoto buscaba al sobrevolar las anchas dimensiones de la isla, bordeando el mar con los brazos abiertos como el Ave Roc que sorprendió a Simbad. Luego se hundía en la ciudad durante las tardes y los crepúsculos, de edificio en edificio, en esos tupidos árboles de la plaza o en los hombros de los próceres.

    Repelía verlo, en ocasiones, hundido en una cuneta bajo la lluvia invernal, mugroso y empapado con firmes garras en el borde de la alcantarilla o en los bancos de la plaza que hoy lleva su monumento, arrancándose con el pico las garrapatas que alojaba entre las plumas, en el fondo, rascándose el alma con una humanidad manifiesta.

    Otras veces la figura alada adquiría una estampa de innegable realeza y abolengo cuando al cruzar el puente, se divisaba al cóndor planeando sobre la ciudad como un ave heráldica y solemne, un enviado de las zonas celestiales ondeando su manta de Castilla sobre nuestras cabezas.

    Pero no fue esta paradoja lo que más sorprendía de Eulogio.

    En aquella misma plazuela, pasé algunas tardes besando a dulcíneas ocasionales o más bien doncellas transitorias de cine y café frío.

    Durante esos momentos, los niños jugaban con el cóndor en medio de una fiesta alegórica. Corrían tras el pájaro gigante y él hacía acrobáticas picadas para impresionarlos; incluso a veces parecía un gallinazo sin dientes explicando a unos pequeños discípulos el espíritu de la admiración.

    Y Eulogio era todo Puerto Peregrino, la pálida tarde en la costanera, el organillero y las ferias atestadas. Ahí va Eulogio repartiendo su miseria como quien ofrenda la alcurnia de las cordilleras blancas, ahí va Eulogio jugando al dragón con los niños que corren, ahí va Eulogio aleteando como un querubín con piojos, como una sombra del relámpago, como un avión de papel…

    Cabe agregar que era insoslayable la presencia de Eulogio en todos los desfiles y carnavales de la ciudad, y sobre todo los domingos, cuando el orfeón del Ejército ejecutaba las marchas que repite hace por lo menos cuarenta años en la plaza. Posado en los portones del Municipio oía la música de siempre.

    Otros aspectos lo volvían un animal desagradable para el mundo cívico de Puerto Peregrino. Sus atributos incluían tanto la prestancia de su ancho vuelo, como también sus suculentas viandas. Por eso, tampoco era extraño sorprenderlo escarbando en las vísceras de un animal muerto en pleno corazón de una alameda. Tal vez, ese acto de apropiarse de la carroña nos recordaba los vestigios de una sordidez muy cercana a los sabores de la bajeza humana.

    En una oportunidad apareció un artículo en el periódico que denunciaba al ave peregrina, diciendo que reposaba en los altos de las Torres de San Cipriano, arrojándose en picada contra gorriones y palomas, para despedazarlos y luego devorarlos, dando un espectáculo pavoroso a los vecinos de aquellos departamentos.

    Otros narraban episodios salidos de los bestiarios locales y de las historias truculentas de la fantasmagoría popular.

    Algunos pensaban que el dulce cóndor que ejercía de mascota para el divertimento de los niños era nada menos que un oscuro emisario de los imperios ultraterrenos, heraldo de Hades, señor del mundo subterráneo. Por ello se creía que cargaba su rapiña fantasmal cerca de la boca occidental del Estrecho de las Sirenas Tristes donde se dice que claman aquellas torturadas almas del Purgatorio en espera de redención. De esta manera, el cóndor encarnaba la prebenda del ángel caído, llevando una vez al año a estas ánimas, cargadas de cofres con cerrojos y pesadas aldabas, por los cielos de Puerto Peregrino.

    Cierta gente asegura haberlo visto volando con sus alas negras seguido por un espeluznante cortejo de fantasmas, consolidando dicho ritual.

    Otros sostenían que Eulogio, oficiaba de monarca en una corte de pájaros, como traductor de un universo de plumas y graznidos articulados en el cortante alfabeto rapaz. Por eso, solían decir que se posaba en la veleta de la Puerta del Viento cada nochebuena, esperando el momento en que el cura alzaba el cáliz durante la misa del gallo y desde allí convocaba a las águilas rapsodas, a las gaviotas, a las palomas municipales, al quebrantahuesos de isla Nereida, al caradás con cabeza de arpía, a los milanos y buitres del continente sumergido, al búho casi druida de los bosques de Bielovia y a los débiles gorriones viajeros.

    De igual manera hay una historia que nunca me aprendí acerca de Eulogio, vinculado a la reencarnación de un hechicero siniestro que fue quemado en esa plaza.

    Pero yo insisto en la idea de la carroña y digo con Baudelaire: “Tú serás algún día igual que esta basura/ que esta horrible infección/ estrella de mis ojos, calor de mi ternura “.

    Creo que ese cóndor de Puerto Peregrino nos recordaba a los paseantes sin corbata que la carroña de los días también se vincula a las cumbres gloriosas, a ese intento de ver la bajeza humana desde el nubarrón y el acantilado. Luego vendrá el sediento rastrojo del frenesí humano a ennoblecer las vísceras.

    Pero todos los navegantes de las alturas están destinados al naufragio y también los otros, los pájaros de tierra como yo, condenados a construir castillos de naipes con el único objetivo de derribarlos.

    Dicen que fue el vecino de un departamento o el marido de una vieja teñida que el cóndor le despedazó el gatito, quien le puso la bala al pájaro imperial de mi ciudad.

    Quienes lo vieron caer, relatan que el ave de impecable plumaje negro se sacudió dando varias vueltas en el aire antes de estrellarse. Había en ello, una extrañeza de recibir la muerte en la altura de la caída, escuchando el llamado del socavón que degradaba ese vuelo de arrasadora majestad.

    El hecho es que Eulogio apareció en la avenida que se intersecta con la plazuela con el proyectil entre las plumas.

    Denunciaba su propia carroña con ello. Había en ese cuerpo tal testimonio del paso de una empresa vana pero hermosa sobre la tierra que jamás olvidaré al cóndor rodeado por los niños que lloraban, como dando por terminado el juego.

    Aristófanes, en su comedia, dice que los pájaros entierran en sus cabezas los cadáveres de sus padres. Más que ello, Eulogio acrisolaba en su carroña la nobleza de los perdedores, de los constructores de harapientas empresas, de los rostros con que se topaba en las calles polvorientas de Puerto Peregrino.

    Ahí mismo se le erigió un monumento con el orfeón del Ejército y un pomposo discurso del Alcalde que en una parte de insoportable cursilería decía: “Egregio pájaro que surcabas las alturas hoy te marchas al Cielo desde donde nos observarás altivo”.

    Nada de eso se ajusta a cóndor displicente de cualquier justicia retórica.

    Cuando paso por la Rambla de los Pájaros pienso en la persistente carroña del olvido, articulo en mi mente el lenguaje indescifrable de los rapaces y creo que es verdad, que el cuerpo descompuesto no encierra espíritus ni tampoco espectros, que el recuerdo es sólo la osamenta, los huesos que se desintegran en el pedregal llevándose los sueños más allá del océano.

    Eulogio era hermoso porque se sabía efímero, porque nos recordaba nuestro paso fugaz en este disfraz de huesos. Y pienso que fue feliz, desconociendo esa constante angustia de trascender y la empresa vana de olvidar la carroña e insertar la luz en la dura tarea de vivir, que voló sobre nuestras cabezas con el viento soplando en su plumaje negro, dejando que niños y viejos le atribuyeran historias de un fenicio y ajeno alfabeto.

    Cuentos Ciudadanos

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