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    Hay que ser ciego y bastante temeroso, negar la vanidad y esconder en los sucios bolsillos la idolatría narcisista, hay que engañarse y entregarse lentamente a la muerte como entregándose a la pesadilla de una doble existencia; y todo, apenas, para terminar siendo un pobre insensato que no reconoce su compulsivo deseo, la de mirar su propio rostro frente a ese cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos. Así, de esa manera sutil, el viejo y casi ciego Borges, se refería bellamente a los espejos.


    Desde siempre los espejos me han causado fascinación, sobre todo, por su extraña manera de reflejar nuestra imagen invertida: por un lado está mi cuerpo, del otro lado y frente a mi, la imagen invertida; mi brazo derecho está, del otro lado, en el izquierdo. Mi brazo izquierdo está, del otro lado, en el derecho.

    Por merito del desdoblamiento y de la inversión, puedo especular: me miro y veo como me miro, me muevo y veo como me muevo. Sin embargo, no es mi cuerpo al que miro moverse, no son mis ojos los que me miran, sino, es mi propia imagen la que veo moverse y la que veo mirándome. Como dice Borges, Todo acontece y nada se recuerda en esos gabinetes cristalinos donde, como fantásticos rabinos, leemos los libros de derecha a izquierda. Miramos al doble que se consagra como una imagen recortada de nosotros mismos que se encuentra pegada sobre la superficie del cristal.

    En esta densa divagación, se me han ido los días y las noches, he perdido la noción del tiempo, se me ha quitado el sueño, y todo, tan sólo, para escribir acerca del Espejo.

    No me queda otra que trasladar esa espesa reflexión a la liviandad de lo cotidiano.

    Lo primero que hago en el día, después de levantarme, es mirar el espejo. Emprendo varias acciones frente a la perpleja superficie: me lavo los dientes, me peino o me despeino, me visto y me disfrazo. Cuando estoy a punto de salir, posado bajo el marco de la puerta, retrocedo, y vuelvo hacia mis pasos, encaminándome directamente hacia el baño para echarme un último vistazo. Si no alcanzo, me las ingenio para mirarme en los vidrios de los autos o en las vitrinas de las tiendas, que van apareciendo a medida que avanzan mis pies.

    Cuando tengo una cita con alguien especial, me paro frente al espejo por largo rato y me dedico a esa minuciosa labor de producir mi propia imagen. Me desplazo sobre el espacio y busco mis mejores ángulos, encuentro distintas perspectivas; pongo el rostro más seductor y calculo perfectas poses; pruebo distintas formas de expresión gestual y veo en ellos perfectos resultados.

    Toda esta serie de pantomimas corporales, no serían otra cosa que el gran preámbulo de un estreno teatral: el espejo se convierte en mi referente, frente a él ensayo rigurosamente y actúo exactamente como actuaría ante los demás, transformándose en un ojo crítico que observa cada uno de mis movimientos, devolviéndome, instantáneamente, el reflejo de este acto desde el cual puedo ver como actuaría frente a los otros.

    La superficie especular encarnaría dos papeles antagónicos: por una parte, se constituye en la objetivación de la mirada que se encarnarían en los ojos de la sociedad que, paradójicamente y por otro lado, se desdoblaría en la subjetivación de mi propio juicio proyectado por mi deseo en la hipotética mirada del otro, digamos más bien, en el juicio de la mirada que los otros harían de mi. Los otros –que me miran desde el espejo-, se convierten sino potencialmente, al menos en espectadores virtuales que pueden emitir un juicio respecto de mi imagen, pues no soy más que yo mismo quien emite un juicio de mi mismo como si fuese el juicio de los otros.

    Como no tengo certeza alguna de los juicios o los pensamientos que emitirían sobre mi todos los espectadores, comienzo a especular desde dos extremos contrarios; o bien habrá un juicio demoledor, o bien halagador. Todas esas confabulaciones creada por mi conciencia, incluso en un nivel inconciente, provoca todo tipo de temores e inseguridades infundadas, o bien, funda una seguridad en mi, en tanto que tengo la posibilidad de mirar en él mi propia imagen y sentirme conforme a ella para enfrentar al mundo con la más fuerte de las confianzas. En cualquiera de los dos casos, el espejo ejercería un poder sobre mi y cuyo efecto se manifestaría en una subordinación hacia él.

    Si reconocemos una de las tantas virtudes que posee esa superficie engañosa, tendríamos que decir, sin duda alguna, que tiene la capacidad de suplir nuestras propias limitaciones físicas. No es de extrañar, entonces, que los automóviles tengan tres retrovisores: dos laterales y uno en el centro, convirtiéndose, sencillamente, en extensiones de nuestros ojos, como el vestuario lo es a la piel. Éste, en otras palabras, no es más que una prótesis que nos ayuda a vencer nuestras limitaciones constitutivas, pero además, nos permite extender nuestras capacidades cognitivas. Gracias a su don y a su infalible y afable ayuda, nuestros ojos tienen acceso a lugares de nuestros cuerpo que antes la mirada no tenía, y así, de esta bella manera, nuestro cuerpo se abre y se transforma en un infinito universo de perspectivas.

    Pero hay quienes ven defectos en los espejos, ojo!, no es lo mismo que nos encontremos defectos cuando nos miramos en él. El viejo Platón sostenía que los espejos constituían una amenaza y un peligro para todas las cosas y todos los seres. Pues bien, el espejo tendría la capacidad de producir rápidamente todas las cosas existentes, todos los seres. Si volcamos el espejo hacia el cielo, duplica el cielo; si lo volcamos hacia nuestro cuerpo, duplica nuestro cuerpo. Lo que produce este artefacto, en otras palabras y en boca de nuestro zorro y viejo amigo, es el reflejo de las apariencias de los seres y no los seres mismos, creándose una extraña paradoja, en que no se podrían diferenciar las cosas de las apariencias. Ambas cosas aparecerían como equivalentes, restando toda posibilidad de diferenciación, y de esta manera, se desmoronaría el universo platónica respecto de la unidad en las ideas. Por todos los motivos anteriores, la imagen que brota del espejo, se encarnaría en un problema que comprometería y amenazaría a toda la realidad.

    Desde un punto de vista poético, los espejos han sido objeto de múltiples metáforas.

    Los espejos nos fascinan porque son capaces de multiplicar la imposible imagen de Dios. Pero a esa imposible imagen que se sustrae a su duplicación, el astuto espejo ha encontrado su encarnación, y entonces, ha multiplicado a los hombres que son imagen y semejanza del Dios Todo Poderoso. El espejo es, al igual que los hombres, obras suyas.

    No nos puede dejar de encantar ese misterioso espejismo de perplejidades que nos confunde y nos funde en sueños engañosos de desdoblamientos ficticios. Hermoso artefacto que vive entre nosotros y entre las cosas. El espejo es una especie de inventario del mundo que lo duplica sobre su secreta superficie.

    Nos fascina mirar nuestra imagen, pero cuando lo hacemos, nos olvidamos que en el fondo miramos al espejo, ya que éste desaparece en la superficie de nuestra imagen. El espejo desaparece cuando nos miramos en él, se borra y se oculta en sí mismo, para tan sólo, engañosamente, devolvernos un doble, un recorte de nosotros mismos pegado sobre su superficie. La duplicación es a la imagen del espejo lo que el cuerpo es a la sombra.

    Finalmente, bajo una angustiosa incertidumbre acerca de nuestro cuerpo y de nuestra imagen, nos convertimos en unos perfectos iconoclastas y terminamos quebrando y pisoteando nuestra propia imagen que no es nuestra, sino de los espejos.

    Sebastián Morales.

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