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     por Arturo LedeZma

    Un tranvía llamado deseo habla de temas horribles que no han pasado de moda y nos podemos dar cuenta de ello viéndola en el 2014 y adaptada para un Chile común y corriente. Alfredo Castro trajo de vuelta un clásico y lo puso a la altura de una sociedad como la nuestra que aún se viste de perlas para comer jurel en lata. 

    foto de Cristián Reyes

    Un escenario impecable e imponente, construido por un container rojo e iluminado hermosamente por un cielo cerrado por ampolletas corrientes, nos recibe para dar cuenta de una historia que ocurre entre cuatro paredes mugrientas. Esto es una bella metáfora para comprender que Un tranvía llamado Deseo es la historia de la mala suerte y la violencia que habitan en la intimidad más triste de la sociedad de hace 50, 30 o 20 años y también hasta el día de hoy. Aquella que cuaja la pobreza con la arrogancia y que es una muestra representativa de miles de historias que ocurren en tiempo real en muchas casas, cada cual contenida en las soluciones habitaciones de la clase media venida a menos de este o de cualquier país. 

    Un contenedor, como cualquier casa cerrada donde ocurre la vida que no se puede ver o que no se debe ver. 

    Es agradable poder presenciar nuevamente estas historias, pero sobre todo porque están presentadas y construidas desde una similitud con nuestro tiempo. Se agradece que la dirección no pretenda hacer un remake y menos aún que nos ponga en situación de un innecesario ejercicio vintage, sobre todo y considerando que todos los tópicos que se abordan en la obra (machismo, arrogancia, desamparo, homofobia, decadencia social, arribismo y hasta deseo) son tan actuales, tan vigentes, que por mucho que pensemos que los hemos superado basta darle un toquecito suave al noticiario  para que salgan a la superficie y se muestren tal cual los vemos día a día a pesar del maquillaje que han sabido ponerle los gobiernos, la publicidad y las instituciones con el fin de hacernos creer que esas cosas ya no pasan.  

    Cuatro arquetipos para una historia  

    Marcelo Alonso es un brillante Stanley Kowalski. Muy torpe, muy bruto, muy macho en su crudeza de operario chilensis. No tiene nada que envidiarle ni a Marlon Brando ni tampoco al tipo que vive junto a mi casa y arregla motores, porque la marginalidad masculina le brota sencillamente limpia y sabe conducir con ligereza un personaje que en todo momento está a punto de estallar. En él están todos los hombres que compran Axe y se tiran un polvo a la salida de un barucho; los que al llegar a casa le pegan un toque en el poto a la señora, se toman una cerveza de litro y rompen con la uña el forro de un sillón que jamás van a reparar. 

    Amparo Noguera logra con elegancia el que, a mi juicio, es uno de los personajes más hermosos de entre los roles femeninos del teatro o el cine: Blanche DuBois que no es otra cosa que el modelo fotográfico de cuatro décadas de mujeres que han permanecido intactas al paso de la historia política y social, aquellas que han lucido collares y zorros al cuello aún cuando no haya nada para comer y que han asistido a fiestas de caridad en medio de una población llena de muertos. De ellas deriva, no la locura, sino la ceguera de no querer mirar lo que está en frente de sus ojos. En Blanche opera esa demencia que nace precisamente de la ilusión de ver el polvo como parte del decorado.

    Alvaro Morales acierta con una excelente interpretación de Mitch, que es el típico hombre pegado a la norma, el mamón, el sueldofijo, el clásico compañero de trabajo, el bolas tristes que cualquier madre quiere como marido para su hija y que, a pesar de todo, se contenta con sacar la parte fea al nunca dar el ancho (a pesar de tener todo a su favor en el papel) de entregar lo que cualquier mujer dominada quiere al final de la historia: un tipo rudo, torpe, brutal, que le tire del pelo antes de dejarla dormir. Una gran actuación la de Morales, un impecable y correctísimo Mitch. 

    Paloma Moreno interpreta a Stella que es, por decirlo de alguna manera, la esposa ideal. Bella, pálida, simple. Sacada de cualquier manual de esposa de la década del 50 y con esa paciencia arremetida por los golpes y el sexo que hicieron que la feminidad fuera vista como una materia de uso. Moreno realiza un papel tan fino que a veces parece parte de la escenografía y eso la convierte en imprescindible ya que ejemplifica precisamente lo que tiene que ser. Una mujer común y corriente que sabe callar, que sabe omitir y que sabe pasar hermosamente inadvertida entre las piezas que se caen a gritos a su lado.  

    Probablemente Alfredo Castro quiso hacer lo más difícil y lo consiguió. Una obra extensa de dos horas y un cuarto que se pasan volando sin traspiés y sin ningún tipo de elemento azaroso. Interpretaciones que están constantemente al borde del exceso y que se saben contraer delicadamente en el momento oportuno; sístole y diástole de un ejercicio narrativo feroz que se cierra con un montaje que es dialogante, extremadamente llamativo, pero a la vez profundo y sencillo como algo que se apaga antes de arder. Sin duda una apuesta compleja, pero muy bien lograda que aprovecha un teatro en el que cabe justa y precisa una obra de esa magnitud.  

    Recomendable cien veces precisamente por lo actual de la temática y por lo crudo del guión. Una sandía calada que bien vale la pena repetirse para aquellos que ya la han visto o para verla por primera vez y entrar en un pequeño mundo de cuatro paredes que supera con creces los titulares más sórdidos de La Cuarta o la mentira precalentada de los realityshows.   

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